DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros NOTAS DE PRENSA ¿Por qué odias a los multimillonarios? Sí pero no, no pero sí.

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    sergio parra
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    Una encuesta del Cato Institute y YouGov muestra que el 62 % de los estadounidenses de entre 18 y 29 años ve con buenos ojos el socialismo y un 40 % considera justificable la violencia contra los ricos. Este giro no se debe a que los jóvenes se hayan vuelto socialistas de repente, sino a que las generaciones mayores asociaron el socialismo con los fracasos de la Guerra Fría y la caída soviética, mientras que los jóvenes apenas han recibido educación sobre esos hechos. Saben muy bien quién es Hitler, pero apenas conocen las figuras de Stalin, Mao y Pol Pot.

    Para ellos, el socialismo suena atractivo porque promete justicia y redistribución. Pero, como señaló Tocqueville, cuanto más igualitaria se vuelve una sociedad, más agudo es su sentido de la injusticia. Esta “paradoja de Tocqueville” explica por qué en una época de prosperidad sin precedentes crece la indignación ante desigualdades cada vez menores.

    Si hablamos de la sociedad en general, son precisamente los ricos los que, paradójicamente, más alardean de su animadversión hacia los ricos. Esto es así porque la protesta, aunque ya es un cliché, sigue otorgando rédito en ámbitos sociales. Pero una cosa es lo que se dice y otra muy distinta lo que se hace. Las personas no solo se agrupan por azar, sino que lo hacen de forma coherente con arreglo a su estatus y sus preferencias, aunque luego denuncien las consecuencias de ese mismo comportamiento.

    Los datos indican que quienes tienen más dinero o un nivel educativo alto tienden a concentrarse en vecindarios con otros como ellos, creando entornos homogéneos y de alto capital social.

    Esa tendencia a la autosegregación también se observa entre los votantes de izquierdas en Estados Unidos y entre quienes pertenecen a la llamada «clase creativa» (profesionales del conocimiento, la cultura o la tecnología), que suelen agruparse más entre sí que la clase trabajadora.

    El resultado es paradójico: los grupos que más defienden la diversidad y critican la desigualdad son, en la práctica, los que más contribuyen a reproducirla. Sin proponérselo, votan con los pies lo contrario de lo que proclaman con la voz. Al elegir barrios con buenos colegios, baja criminalidad y vecinos con intereses afines, refuerzan las fronteras sociales que dicen querer derribar. Un ejemplo paradigmático es el de Pablo Iglesias, que cuestionó siempre a quienes viven en un chalet en las afueras (pero vive ya en uno), ha arremetido contra la educación privada (pero sus hijos acuden a la misma) o ha criticado el boato y los privilegios asociados al poder (pero no renunció a escoltas, coche oficial o residencia protegida).

    Los millonarios no son como crees

    La mayoría de los millonarios y multimillonarios han alcanzado su fortuna por méritos propios, y esta tendencia se ha acentuado en los últimos años. Las ediciones más recientes de la lista Forbes 400 muestran una proporción creciente de personas hechas a sí mismas, procedentes de familias de clase media o media-alta, mientras que el dinero heredado de linajes antiguos ha ido desvaneciéndose.

    ¿Qué hacen hoy los multimillonarios para alcanzar su riqueza?

    En esencia, lo mismo que muchas personas exitosas: se forman. Contra la creencia popular, nunca han sido en su mayoría analfabetos ni abandonaron la educación formal.

    Pero lo que realmente hacen es crear empresas, a menudo en sectores donde las nuevas tecnologías permiten a los recién llegados crecer con rapidez y alcanzar una escala enorme. Esa es la fórmula, nada secreta, de la riqueza extrema: ofrecer algo que la gente desee.

    Ocho de cada diez millonarios no han recibido herencia alguna, y solo un 3 % heredó más de un millón de dólares. En general, los millonarios han generado su fortuna por cuenta propia.

    Por lo general, sus trayectorias profesionales tampoco se centran en fundar empresas. Son ingenieros, contables o incluso profesores. Menos de un tercio (31 %) ha llegado a percibir ingresos medios de 100 000 dólares a lo largo de su carrera, y otro tercio nunca ha superado las seis cifras en ningún año laboral. ¿Cómo se han hecho millonarios entonces?

    En su mayoría, simplemente invirtiendo y teniendo paciencia. El 80 % ha invertido en los planes 401(k) de su empresa y el 75 % también lo ha hecho fuera de ellos.

    Además, hoy ser millonario no es algo tan excepcional. Aproximadamente el 7 % de la población estadounidense lo es, y esa proporción sigue creciendo. Entre la población blanca y asiática, uno de cada cinco alcanza ese nivel de riqueza en algún momento de su vida, mientras que entre los hispanos y los negros las cifras son de uno de cada catorce y uno de cada dieciséis, respectivamente.

    Críticas legítimas

    Todo esto no significa que los millonarios deban estar libres de toda crítica. Pero los que merecen oprobio no son los millonarios, en genérico, sino determinados tipos de millonarios, en función de cómo han alcanzado su fortuna.

    Hay varias maneras en que esto puede ocurrir, tal y como explica Walter Block en Defendiendo lo indefendible.

    Uno, mediante el capitalismo de laissez-faire. En este caso, el multimillonario obtiene una riqueza estratosférica, hasta el último centavo, gracias al sistema de libre empresa. Supongamos que estos multimillonarios nunca recibieron un solo centavo en subsidios gubernamentales. ¿Cómo, entonces, obtuvieron su enorme riqueza? Lo hicieron enteramente mediante intercambio voluntario, sin una sola excepción.

    El segundo tipo de multimillonario es el capitalista clientelista. Una categoría de estos incluye a Lynden Baines Johnson, los Clinton y todos los demás políticos cuyos salarios vitalicios documentados representan solo una pequeña proporción de sus activos totales. ¿De dónde salió el resto? De regulaciones, subsidios, gigantescos sobornos disfrazados de «honorarios por conferencias», venta de influencia, etc.

    Luego están las empresas que se beneficiaron no solo del suministro de productos valiosos, sino también de subsidios gubernamentales, regulaciones, contratos preferenciales, aranceles y otras restricciones a la competencia.

    Otra categoría del multimillonario injustificado es el socialista cleptómano. Por ejemplo, Idi Amin, los Marcos de Filipinas, los Duvalier de Haití. Sus ganancias ilícitas provienen de estafar a sus ciudadanos empobrecidos (parece que se puede sacar sangre de una piedra con la suficiente crueldad) y de confiscar la ayuda extranjera presuntamente destinada a ellos.

    ¿Constituían las acciones de estos compinches superricos un juego de suma positiva como las del primer tipo de multimillonario? Por supuesto que no. Más bien, eran indicativas de juegos de suma cero, donde las ganancias de todos los ganadores necesariamente equivalen a las pérdidas de todos los perdedores. Incluso, eran juegos de suma negativa donde la riqueza social disminuye (los ganadores ganan menos que los perdedores) debido a los costos de estas transacciones forzadas.

    ¿Cuál es la tercera fuente de riqueza, aparte del capitalismo liberal y el favoritismo? Es la herencia. Pero esta se reduce a las dos categorías anteriores. Es decir, si has heredado miles de millones de un empresario, deportista, estrella de cine o personalidad de la televisión honesto, te pertenecen por derecho.

    Algunos críticos podrían pensar que no los mereces, pero tus padres sin duda tenían derecho a dártelos. En cuanto a esto último, estás heredando riqueza robada, que, en efecto, debería serle arrebatada a tus padres y/o a ti, tras la transferencia intergeneracional.

    ¿Existe la lucha de clases?

    Durante más de un siglo, la teoría marxista ha sostenido que las revoluciones, tanto políticas como científicas, se explican principalmente por la lucha de clases. Según esta visión, el origen de los conflictos sociales y de los cambios históricos se encuentra en la confrontación entre explotadores y explotados, en la división entre burgueses y proletarios, en la dialéctica entre dominadores y dominados. Sin embargo, cuando esta hipótesis se ha sometido a pruebas empíricas rigurosas, los resultados no han confirmado de manera clara esa premisa.

    El psicólogo e historiador de la ciencia Frank Sulloway emprendió un análisis sistemático para comprobar si realmente la clase social era un factor determinante en las revoluciones. Para ello, recopiló datos de miles de individuos que habían participado en decenas de revoluciones a lo largo de la historia, clasificándolos según su origen social. Posteriormente aplicó métodos estadísticos para examinar si existía una correlación significativa entre el bando elegido en una revolución y la clase social de cada participante. El resultado fue contundente: no aparecían diferencias claras. Tanto en el campo de los revolucionarios como en el de los defensores del orden establecido se encontraban individuos de todas las clases sociales.

    Esto contradice de forma directa la hipótesis marxista. La pertenencia a una clase social no explica con solidez quién se suma a una revolución ni quién la combate. La tesis de Marx, por tanto, resulta incompleta cuando se contrasta con los datos.

    Pero Sulloway no se limitó a desmontar un paradigma. Propuso otro: lo que mejor predice la actitud ante las revoluciones no es la clase social, sino el orden de nacimiento. Su investigación muestra que los primogénitos, al haber crecido con privilegios dentro de la familia, tienden a ser más conservadores, obedientes y partidarios del statu quo. Los hermanos menores, en cambio, suelen ser más rebeldes, creativos y dispuestos a desafiar la autoridad, ya que su rol familiar los empuja a diferenciarse.

    Ejemplos históricos ilustran esta perspectiva. En la Revolución Francesa, nobles como La Fayette se unieron a los revolucionarios mientras campesinos defendían la monarquía, rompiendo el esquema de clase. En la revolución científica del darwinismo ocurrió lo mismo: hubo aceptación y rechazo a la nueva teoría en todas las clases sociales, pero los hermanos menores mostraron mayor apertura al cambio.

    Así, lo que Marx interpretó como lucha de clases, Sulloway lo replantea como una dinámica más profunda y personal: la lucha de individuos moldeados por su posición en la familia. Una hipótesis que, con datos en la mano, parece explicar mejor la psicología de las revoluciones.

    En resumidas cuentas, el resentimiento hacia los ricos dice menos sobre ellos que sobre quienes lo sienten. La historia muestra que las sociedades no se fracturan por una división nítida entre explotadores y explotados, sino por expectativas infladas, comparaciones constantes y ese malestar sutil que surge cuando creemos que alguien ha avanzado dos pasos mientras nosotros seguimos donde estábamos.

    Odiar a los ricos ofrece un desahogo inmediato, pero no explica nada y no mejora nada. Entender de dónde procede la riqueza, distinguir entre quienes la crean y quienes la saquean, y aceptar que gran parte de nuestras tensiones nace de la psicología humana más que de la economía política no es una invitación a la complacencia, sino a la lucidez.

    El capitalismo tiene sus debilidades. Pero es el capitalismo el que puso fin al estrangulamiento de las aristocracias hereditarias, elevó el nivel de vida para la mayor parte del mundo y permitió la emancipación de las mujeres. Camille Paglia

    SERGIO PARRA
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