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Debate
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Porque los requerimientos ecológicos no nacen solo del deseo de construir mejor: nacen también del miedo. Del miedo a que algo cambie.
Construir es destruir. Y, en promedio, una casas tipo Heidi tiene un impactohttps://www.sencillezyorden.es/wp-content/uploads/2025/04/2.png medioambiental mucho mayor que un rascacielos en una gran ciudad. Pero construir, sea lo que sea, es destruir. La cuestión es de qué forma definimos la destrucción y hasta qué punto somos capaces de determinar los efectos.
Uno de los argumentos más férreos, casi sagrados, que se oponen a la construcción masiva de viviendas asequibles es el impacto ambiental. Y, sin embargo, comemos.
Comemos todos los días. Tres veces al día. Algunos, incluso más. Hemos conquistado el hambre no con jardines zen ni con dietas de subsistencia, sino con monocultivos a escala industrial, pesticidas, fertilizantes nitrogenados que envenenan ríos y lagunas, con el desangramiento de los suelos y el sacrificio de los polinizadores. Y aun así lo celebramos: el precio de los alimentos se ha desplomado durante el último siglo. La proporción del ingreso que una familia promedio destina a comer es apenas una sombra de lo que era en 1900.
El coste fue alto: la agricultura industrial es responsable de aproximadamente un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según datos del IPCC. Pero nadie —o casi nadie— propone dejar de cultivar. Nadie propone comer menos. O alimentar a menos bocas. Tampoco se suele proponer que dejemos de tener hijos.
¿Por qué, entonces, ese doble rasero con la vivienda? Si aceptamos —como deberíamos— que un techo digno es tan vital como una caloría, que el hogar es una extensión de la piel, una cáscara donde se incuba la vida, entonces deberíamos atrevernos a aplicar la misma lógica brutal que usamos con los alimentos. Construir, sí. Aunque duela. Aunque escueza. Aunque los ríos lloren.
¿No fue acaso eso lo que hicimos con la comida? Nos enfrentamos al dilema malthusiano con una fe ciega en la técnica: pesticidas, irrigación, manipulación genética. Un atajo por el bosque de las limitaciones naturales. ¿Por qué no hacerlo también con la vivienda? La ONU calcula que casi mil millones de personas viven hoy en condiciones de hacinamiento, insalubridad o informalidad urbana. Mil millones: una cifra que no cabe en la imaginación ni en los presupuestos de las ciudades. Y sin embargo, seguimos discutiendo si es «ecológico» construir.
Claro que no lo es.
Pero, además, ¿qué es más ecológico: una persona viviendo en una choza de cartón, desplazándose horas en autobús para llegar a su trabajo, o esa misma persona habitando una vivienda digna, cercana, eficiente energéticamente? El ecologismo que se niega a construir es un ecologismo de ricos: de aquellos que ya tienen casa y pueden permitirse preocuparse por las aves migratorias. La piedra angular del urbanismo no puede ser solo la conservación: también debe ser la inclusión.
Construir viviendas no es el fin del mundo. No hacerlo, sí lo es. Porque las ciudades que no construyen se revientan por dentro: se pudren, se fragmentan, expulsan. La crisis de la vivienda es también una crisis moral: ¿estamos dispuestos a aceptar el daño ecológico que implica ofrecer dignidad, al igual que aceptamos el de producir trigo y carne para que no pasemos hambre? Esa es la pregunta. Y la respuesta debería ser la misma. Aunque duela. Aunque contamine. Aunque cortemos árboles. Porque dormir bajo techo debería ser, como comer, un derecho incuestionable. Un derecho por el cual incluso valga la pena incendiar un poco el cielo.
Houston: una anomalía urbana
Houston es un arquetipo herético. Un espacio donde la geometría de la ciudad no está dictada por el dogma ni por las sutilezas normativas de las élites progresistas, sino por una suerte de caos ordenado que, a fuerza de ser permisivo, resulta funcional. Allí no hay zonificación tradicional. El suelo no está encorsetado por las mismas reglas que en las metrópolis ilustradas del norte progresista. Como si Houston se hubiese escapado de la jaula normativa para vivir, no sin cicatrices, una versión acelerada del capitalismo urbanístico.
Y el resultado, por brutal que sea, habla por sí solo.
Mientras el Área Metropolitana de San Francisco —la misma que se jacta de ser el epicentro de la innovación global— apenas logró emitir 7.500 permisos de vivienda en 2023, y Boston, apenas algo más generosa, llegó a 10.500, Houston arrojó casi 70.000. No es un error de cálculo, es una disonancia estructural. Nueva York, Newark y Jersey City, juntas, con todo su músculo, apenas llegaron a 40.000. Houston los eclipsa. Les pasa por encima. No por ser mejor, sino por ser menos reacia al cambio.
Y lo más perturbador no son los números, sino las consecuencias humanas. En Houston, la tasa de personas sin hogar es la más baja entre las grandes ciudades de Estados Unidos. ¿Cómo? ¿Por qué? Porque allí, por $17.000 o $19.000 al año —de los cuales $12.000 van a vivienda—, se puede alojar a una persona sin techo. En San Francisco, esa cifra se eleva a entre $40.000 y $47.000, siendo $35.000 el coste exclusivo de la vivienda. Es decir: en San Francisco, la pobreza cuesta el doble. La caridad, el triple. La burocracia, infinito.
El precio medio de una vivienda en San Francisco: $1.7 millones. En Houston: poco más de $300.000. Una diferencia abismal que no puede explicarse solamente por la demanda o por la geografía. Es una diferencia de filosofía. De ontología urbana. Porque mientras en las ciudades «superestrella» como Boston, Seattle o San Francisco se protege a los vecindarios de cualquier alteración —como si los barrios fuesen reservas ecológicas en peligro—, en Houston se construye. Se permite construir. Se tolera el ruido, la grúa, el hormigón.
¿Es Houston perfecta? No. La asequibilidad sigue siendo un desafío. Pero el problema no ha alcanzado proporciones de tragedia épica como en las costas. Porque allí, al menos, la vivienda aún puede crecer.
Los liberales —que en muchos casos dominan las administraciones de las ciudades más excluyentes del país— se horrorizan cuando los desarrolladores privados construyen donde ven rentabilidad, en vez de hacerlo donde hay más necesidad. Pero omiten una verdad incómoda: construir es caro, y sus propias regulaciones han hecho que lo sea aún más. En San Francisco, se necesitan 523 días para conseguir una autorización de construcción. Y luego otros 605 días para obtener los permisos finales. Más de tres años. Para empezar. Si los vecinos no se oponen, claro está. Porque si lo hacen, el proceso puede volverse eterno. Kafka hubiese encontrado allí su paraíso.
El resultado es previsible: solo los proyectos más lucrativos —condominios de lujo, torres para millonarios— sobreviven al viacrucis normativo. Los demás se desvanecen. No hay lugar para el modesto, el ordinario, el asequible. Porque el sistema, como un dios caprichoso, castiga la economía, castiga la urgencia, castiga al que quiere construir para quienes más lo necesitan.
Houston, con todas sus sombras, parece entender algo fundamental: que la vivienda no puede seguir tratándose como un bien de lujo, un capricho de boutique regulatoria, sino como lo que realmente es: una necesidad, casi tan primaria como el pan o el aire. Y, como tal, debe ser posible multiplicarla, incluso a costa del desorden, del ruido, del caos aparente. Porque a veces el desorden construye, mientras que el orden —cuando se vuelve sagrado— solo destruye.
Ecología, no ecologismo
En California, construir vivienda asequible es como intentar armar una balsa en medio de un huracán con instrucciones impresas en papiro, escritas en sánscrito, y vigilado por un comité de ángeles veganos. Porque aquí no basta con levantar muros y techos: hay que hacerlo según los estándares más estrictos de construcción ecológica del país. Estándares que no solo exigen cumplir, sino también demostrar el cumplimiento a través de un consultor externo —una figura casi sacerdotal, un notario del carbono, cuya sola presencia multiplica los costes.
Nadie discute que estos objetivos —eficiencia energética, filtración de aire, materiales reciclados, reducción de emisiones— son nobles. Son loables, incluso necesarios. Pero hay otra necesidad que también lo es: la urgencia brutal, indiscutible, de construir vivienda asequible, en masa, ahora. Y Los Ángeles, la ciudad de las promesas incumplidas y las avenidas infinitas, está fracasando en ello de manera espectacular. Fracasa no solo en lo técnico, sino en lo moral.
Porque, mientras discutimos sobre la calidad del aire que debería tener un departamento cercano a la autopista, miles de personas viven justo debajo de esa autopista, inhalando directamente el hollín, el ozono, el polvo, las partículas finas que se incrustan en los pulmones como astillas invisibles. ¿Tiene sentido exigir sistemas avanzados de filtración de aire para edificios que ni siquiera existen todavía, cuando la alternativa para sus futuros ocupantes es una tienda de campaña entre ratas, concreto y desesperación?
Plantear esa pregunta parece cruel. Pero lo verdaderamente cruel es negarse a plantearla. Fingir que las restricciones no matan. Ignorar que, a veces, la obsesión por la pureza termina contaminando todo lo que toca. Porque estos requerimientos no nacen solo del deseo de construir mejor: nacen también del miedo. Del miedo a que algo cambie. Del rechazo instintivo de quienes ya tienen casa y no quieren ver otras nuevas crecer a su lado. Son vecinos bienintencionados que hablan de “densidad responsable”, “armonía del entorno”, “impacto en la comunidad”, pero lo que en realidad desean es simple: que no se construya nada. Nunca. Cerca suyo.
Y así, entre normativas imposibles, exigencias verdes, consultas vecinales y el miedo a mover un ladrillo sin pedir permiso tres veces, la vivienda no nace. O nace deforme, cara, tardía. Y cada día de retraso es una vida bajo la lona. Un niño sin cuarto. Un anciano sin puerta que cerrar. Porque hay algo que los formularios no miden, que los consultores ecológicos no certifican, pero que también importa: la urgencia. Que solo en la abundancia podemos encontrar lo asequible para todos.
Sí, queremos un planeta habitable. Pero también queremos que esté habitado por personas que puedan vivir bajo techo. ¿Dónde está el punto medio entre la casa sostenible y la que nunca se construye? Tal vez ahí, justo en ese dilema, se juega el futuro de nuestras ciudades. No entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre lo imposible y lo urgente.
Más que construir: inventar
La invención —ese fuego robado a los dioses, domesticado por manos humanas para torcerle el curso a la historia— es la única alquimia verdadera. No es el azar ni la selección natural lo que nos ha llevado de la cueva al satélite, sino el hecho monstruoso, casi profano, de que podemos crear lo que no existe. Resolver lo irresoluble. Hacer surgir, como por encantamiento, un mundo que antes no era ni siquiera imaginable.
Imaginemos esto: la esperanza de vida promedio hoy, en Estados Unidos, ronda los ochenta años. Ocho décadas. Lo que significa que solo tres vidas humanas tomadas de la mano nos separan de 1785. Tres ancianos que se pasaran la antorcha del tiempo desde la Revolución Francesa hasta TikTok. Y lo que hallamos al otro lado de ese puente no es una diferencia de esencias humanas —no somos más sabios, ni más buenos, ni menos feroces—, sino una diferencia de mundo. De herramientas. De medios.
1785 era un planeta sin papel higiénico, sin abrelatas, sin refrigeradores. Un mundo donde la infección era una sentencia, donde los partos se hacían entre alaridos, donde la cirugía era una carnicería y la medicina, un juego de ruleta con sanguijuelas. Un mundo sin anestesia, sin antibióticos, sin vacunas. No hay allí ningún romanticismo: solo dolor, incertidumbre y muerte precoz.
La distancia entre ese mundo y este no es un abismo espiritual. Es un abismo técnico.
Y, sin embargo, nos hemos acostumbrado a este milagro, como el pez que no percibe el agua que lo rodea. Hemos olvidado que casi todo lo que damos por sentado —la luz eléctrica, el agua potable, los vuelos comerciales, internet, los trasplantes, las videollamadas, los marcapasos, el pan de molde— es una invención reciente, muchas veces hija del azar, la locura o la desesperación. Y todo es contaminante, antiecológico.
Incluso la política moderna —especialmente la política progresista— es hija bastarda de la invención. Medicare y Medicaid no tendrían sentido en 1900, porque no había hospitales modernos ni tecnologías que distribuir. La justicia social requiere infraestructura. No se puede universalizar lo que no existe. No se puede democratizar la nada.
Por eso, decir que ya es suficiente, que ya tenemos todo lo que necesitamos y que es hora de dejar de inventar para dedicarnos a repartir lo que hay, no es solo una ingenuidad: es un acto de traición. Un robo al porvenir. Porque sin invención, la política se convierte en guerra de rapiña: un juego de suma cero donde cada avance de uno implica una pérdida para el otro. Un reparto mezquino de un pastel que se ha prohibido crecer.
Y el pastel, amigos, se está encogiendo.
La lucha contra el cambio climático no se ganará reciclando botellas. Requiere tecnologías que aún no existen o que apenas gatean: biocombustibles aeronáuticos, cementos de carbono negativo, máquinas que chupen CO₂ del aire como dragones industriales. Nada de eso está listo. Nada de eso es barato. Pero todo eso es necesario. Sin esas herramientas, nuestra política climática será apenas un simulacro, un gesto estético en una tragedia terminal.
La pregunta no es si debemos seguir inventando. La pregunta es si podemos darnos el lujo de no hacerlo. Porque sin más ideas, sin más soluciones, sin más apuestas osadas por lo nuevo, todo lo que queda es gestionar el declive. Ponerle parches al Titanic. Repartir salvavidas cuando lo que se necesita es construir un nuevo barco. Más grande. Más raro. Más improbable.
Y esa, precisamente, es la tarea del siglo XXI. Inventar el futuro antes de que nos lo trague el pasado.
SERGIO PARRA
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