DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] No sabes votar y no lo sabes (ni tampoco puedes saber que no lo sabes)

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    sergio parra
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    Si aceptamos que no tenemos del todo claro cuál es la forma correcta de gobernar un país, entonces se abren dos caminos razonables.

    La política, cuando uno se detiene a mirarla con calma (algo que no siempre ocurre en los debates televisivos, donde todo el mundo parece tener una certeza absoluta sobre todo) está llena de pequeños dilemas morales que resultan extraordinariamente incómodos. No son esas cuestiones sencillas del tipo «¿deberíamos poner más bancos en el parque?», sino preguntas del género que te hacen removerte en la silla.

    Por ejemplo:

    ¿Es el aborto moralmente comparable al infanticidio?

    ¿Deberían los animales no humanos tener derechos legales, quizá el derecho a no terminar convertidos en hamburguesa un martes cualquiera?

    ¿Tienen las naciones ricas la obligación moral de ayudar a las más pobres, o pueden mirar discretamente hacia otro lado?

    ¿En qué momento una intervención militar se convierte en un acto humanitario y no simplemente en una invasión con buena publicidad?

    ¿Y el derecho a defenderse implica necesariamente el derecho a tener un arma en el cajón de la mesilla?

    Incluso en la vida cotidiana aparecen enigmas de este tipo. Sabemos perfectamente que fumar cigarrillos no es una idea brillante (de hecho, es una de esas decisiones que el cuerpo suele reprochar con notable entusiasmo), pero aun así uno puede preguntarse: ¿no debería cada persona tener el derecho de tomar decisiones poco saludables por su cuenta?

    El verdadero problema de todas estas cuestiones es que pertenecen al territorio resbaladizo de la filosofía. Y la filosofía, como descubres a poco que leas a los grandes, tiene la irritante costumbre de complicar incluso las cosas que parecían sencillas.

    Los filósofos, por ejemplo, llevan siglos discutiendo qué es exactamente lo que convierte a una silla en una silla. No es broma. Uno pensaría que basta con sentarse en ella y asunto resuelto, pero al parecer no es tan simple. Hay teorías, contra-teorías y probablemente algún simposio internacional dedicado exclusivamente al tema.

    Si definimos una silla por su función (algo para sentarse), entonces un tronco, una roca o incluso el borde de una acera se convierten en sillas. Si la definimos por su estructura (cuatro patas y un respaldo), dejamos fuera a los taburetes de diseño o a las sillas de oficina con una sola base central. Al final, parece que una silla es silla solo mientras aceptemos colectivamente que lo es. En el momento en que un artista la cuelga en una pared de un museo, como hizo Joseph Kosuth en su famosa obra Una y tres sillas, el objeto deja de ser un mueble para convertirse en una pregunta sobre la representación y la realidad.

    De modo que, si ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en algo tan aparentemente inocente como la naturaleza de una silla, resulta prudente sospechar que determinar la forma correcta de gobernar un país de trescientos millones de personas es, digamos, un desafío ligeramente mayor. Y quizá por eso las discusiones políticas tienden a ser tan intensas: todos hablamos como si tuviéramos respuestas firmes, cuando en realidad estamos intentando resolver preguntas que ni siquiera los filósofos (personas que dedican su vida entera a pensar en estas cosas) han logrado resolver del todo.

    Aborto

    La mayoría de nosotros, conviene admitirlo con cierta modestia intelectual, no estamos precisamente empapados de la gigantesca literatura que existe sobre estos asuntos. Y cuando digo «gigantesca», no me refiero a un par de libros polvorientos en la estantería superior de una biblioteca universitaria, sino a una auténtica cordillera de artículos, ensayos y discusiones académicas que se extiende durante décadas. Una obra ciclópea, como si dijéramos.

    Tomemos solo un ejemplo. Desde que Judith Jarvis Thomson publicara su célebre defensa del aborto en 1971 se han publicado alrededor de ochocientos artículos filosóficos sobre el aborto en las principales revistas especializadas. Ochocientos. Es una cantidad suficiente de lectura como para hacer que cualquier persona normal mire por la ventana, suspire profundamente y decida mejor ordenar el cajón de los calcetines.

    Sospecho (y aquí me aventuro con moderada confianza) que el ciudadano promedio no ha leído ninguno de esos artículos. Si has tenido la suerte o la temeridad de cursar alguna asignatura de filosofía, quizá hayas leído uno. Con mucha suerte, dos.

    Si hacemos las cuentas, eso significa que probablemente hayas leído como máximo una cuarta parte del uno por ciento del análisis moral profesional sobre el aborto. Y, aunque uno puede formarse opiniones sobre muchas cosas con muy poca información (algo que Twitter demuestra todos los días con admirable constancia), quizá no sea la base más sólida para sostener una certeza absoluta sobre un asunto tan profundamente controvertido.

    Ahora bien, lo interesante es que este pequeño problema no se limita al aborto. Podemos repetir exactamente el mismo ejercicio con casi cualquier cuestión política espinosa: la posesión de armas, la redistribución del ingreso, la inmigración, la intervención militar, la política de drogas… El procedimiento es siempre el mismo: una montaña de investigación académica por un lado y, por el otro, nosotros, con nuestras opiniones firmemente asentadas sobre una cantidad de lectura que cabría cómodamente en un folleto turístico.

    En otras palabras (y lo digo con el máximo cariño hacia todos nosotros, incluido yo mismo), es bastante probable que la mayoría no hayamos hecho los deberes. Y, sin embargo, ahí estamos, opinando con admirable seguridad sobre algunos de los problemas morales más difíciles de nuestro tiempo. Lo cual, visto desde fuera, tiene algo de entrañable… y también ligeramente inquietante.

    Otros asuntos espinosos

    En resumen, para tomar decisiones políticas verdaderamente competentes haría falta una cantidad de investigación que, siendo sinceros, rivalizaría con preparar una tesis doctoral… o quizá dos. Y como es bastante probable que ninguno de nosotros haya hecho semejante trabajo previo, mi sugerencia (modesta pero práctica) es adoptar la antigua estrategia de Sócrates: reconocer que la sabiduría, en muchas ocasiones, consiste simplemente en saber lo que no sabemos.

    Si aceptamos que no tenemos del todo claro cuál es la forma correcta de gobernar un país, entonces se abren dos caminos razonables. El primero es abstenerse de opinar con excesiva seguridad. El segundo, algo más exigente, es ponerse a estudiar con verdadero empeño hasta entender mejor aquello sobre lo que queremos influir.

    Para ilustrarlo, pensemos en una medida aparentemente simple: la peatonalización de una arteria principal en el centro de la ciudad. A priori, la idea de reducir el ruido y la contaminación suena idílica, pero en cuanto rascamos la superficie surgen dilemas complejos. ¿Qué impacto real tendrá en el pequeño comercio local que depende del acceso en vehículo? ¿Estamos simplemente desplazando el tráfico y las emisiones a barrios periféricos menos favorecidos? ¿Es legítimo priorizar el ocio de unos frente a la movilidad laboral de otros?

    Incluso aceptando que la peatonalización es beneficiosa, el «cómo» es un laberinto técnico. ¿Se debe compensar económicamente a los negocios afectados? ¿Cómo se reestructurará el transporte público sin disparar el gasto municipal? ¿Qué materiales y diseño urbano garantizan la accesibilidad universal sin convertir la calle en un páramo de cemento?

    Al igual que ocurre con muchos debates públicos, confieso que no tengo la respuesta a casi ninguna de esas preguntas. Aunque analizar una política local es más abordable que pretender solucionar los grandes problemas del Estado, no debemos subestimar el inmenso compromiso intelectual que requiere entender, de verdad, lo que estamos votando.

    Imaginemos, por un momento, que adquieres una bola de cristal extraordinariamente útil que le permite prever con precisión absoluta todos los efectos de las políticas propuestas por distintos candidatos. Gracias a ella sabes, por ejemplo, que flexibilizar las restricciones migratorias en España aumentaría los ingresos de los inmigrantes y del español promedio… pero al mismo tiempo reduciría los ingresos de los trabajadores españoles con salarios más bajos.

    La bola de cristal te dice exactamente qué ocurrirá.

    Pero todavía queda decidir si eso es aceptable.

    O imagina otro caso: dispones de pruebas concluyentes de que la pena de muerte disuade de la comisión de algunos asesinatos, pero también sabes que, inevitablemente, a veces se ejecutará a personas inocentes.

    ¿Deberíamos aplicarla?

    ¿Está justificado que el Estado adopte una política que, en conjunto, reducirá muertes inocentes, aun sabiendo que la propia política matará a algunos inocentes en el proceso? ¿Queremos realmente que el Estado esté en el negocio de matar a sus ciudadanos? ¿Es la pena de muerte un castigo proporcional al asesinato?

    Las ciencias sociales no pueden responder a estas preguntas. Pueden decirnos qué ocurre, qué probablemente ocurrirá o qué efectos tendrá una política. Pero no pueden decirnos qué debería ocurrir.

    Decidir cómo ponderar los intereses de distintos grupos de personas, o determinar qué constituye un castigo justo, pertenece a otro territorio mucho más antiguo y resbaladizo: el de la filosofía. Y ahí, como sospechaba Sócrates hace unos dos mil cuatrocientos años, las respuestas rara vez son sencillas. Y casi nunca definitivas.

    Navegamos por un océano de incertidumbres armados apenas con la razón y la empatía, sabiendo que cada ley y cada voto son, en esencia, actos de fe sobre cómo deseamos convivir. Quizá la grandeza del ser humano no resida en hallar esa respuesta definitiva que tanto nos obsesiona, sino en la valentía de seguir buscándola mientras aceptamos, con humilde asombro, que el mapa del «deber ser» solo se dibuja con el rastro de nuestras propias pisadas en la oscuridad.

    Con todo, oh, la gente continúa votando.

    Aunque la filosofía se declare incompetente para dar respuestas definitivas y las ciencias sociales solo nos deslicen probabilidades, la urna no espera a que terminemos la tesis doctoral. El sistema nos obliga a convertir la duda en una decisión visceral.

    Votar es, en última instancia, el acto de arrojar una piedra al agua sabiendo que no controlamos las ondas. Es la transformación de una incertidumbre privada en una voluntad pública. Es un ritual que nos han dicho que es el mejor que conocemos para coordinarnos… algo que, probablemente, tampoco hemos tenido tiempo de estudiar y comprobar.

    SERGIO PARRA
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