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    Xose Gabriel Vázquez
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    El reciente informe ‘Planetary Health Check 202’5 señala que la humanidad ya ha sobrepasado siete de los nueve límites planetarios identificados por la ciencia como necesarios para mantener unas condiciones estables para la vida humana.

    Durante años hemos hablado de crisis climática como quien habla de una amenaza futura. Algo que llegaría. Algo que todavía estaba por venir. Algo respecto de lo cual aún disponíamos de un margen de maniobra relativamente cómodo.

    Sin embargo, el reciente informe Planetary Health Check 2025 obliga a cambiar el tiempo verbal. Sus conclusiones son inequívocas: la humanidad ha sobrepasado ya siete de los nueve límites planetarios identificados por la ciencia como necesarios para mantener unas condiciones estables para la vida humana.

    Ya no hablamos del futuro. Hablamos del presente. Cambio climático, pérdida de biodiversidad, alteración de los ciclos biogeoquímicos, transformación de ecosistemas, contaminación química, presión sobre el agua dulce y ahora también la acidificación de los océanos conforman una realidad que ya no pertenece al terreno de la hipótesis. Las líneas rojas han sido cruzadas.

    En esta columna de opinión, desde hace años, la noticia no constituye una sorpresa. Al contrario, es la confirmación de una trayectoria ampliamente anunciada. En esta misma sección advertí repetidamente sobre la dinámica que estaba llevando al sistema económico global más allá de los límites físicos del planeta. Los artículos titulados Punto existencial de no retorno I, II y III intentaban precisamente llamar la atención sobre un fenómeno que entonces muchos consideraban alarmista: la posibilidad de que la degradación ambiental dejara de ser un problema gradual para convertirse en un problema estructural.

    La diferencia es que hace cinco años, cuando se publicaron esos artículos, discutíamos escenarios. Hoy discutimos evidencias.

    Y las evidencias ya no se expresan únicamente en gráficas, índices de biodiversidad o concentraciones de dióxido de carbono. Empiezan a medirse también en vidas humanas. Varios informes vinculan el calor extremo de años recientes con miles de fallecimientos prematuros por todo el mundo. Además, ganan terreno los incendios, las inundaciones severas, las sequías que no dan tregua y unos fenómenos meteorológicos cada vez más violentos. El cambio climático ya no es un asunto que afecte solo al entorno; es hoy un problema mayor de salud, economía y tejido social.

    Las personas tendemos a creer que lo que ocurre despacio no ocurre realmente. Cuesta captar los procesos lentos. La pérdida de especies, el desgaste del suelo, la falta de vida en los campos o el ascenso gradual de los termómetros carecen del impacto que provoca un conflicto bélico o una quiebra bancaria. A pesar de eso, son retos que terminan por inclinar la balanza del futuro de cualquier civilización.

    La economía dominante muestra resistencia ante esta verdad. Se cimentó en tiempos donde el entorno parecía un escenario infinito y gratuito, que había que aprovechar. Logramos una pericia asombrosa al contar billetes, pero arrastramos una torpeza grave para detectar el desgaste de los recursos naturales que permiten todo movimiento comercial.

    Si cualquier compañía agota sus existencias año tras año sin reponerlas, termina en la ruina. Si una casa gasta sistemáticamente más de lo que recibe, se asfixia por las deudas. Pero cuando la economía mundial tala más bosques de los que crecen, vacía acuíferos antes de que se regeneren o satura la capacidad de la atmósfera, insistimos en llamarlo crecimiento.

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    Mirado con óptica contable, resulta un cuento. Estamos consumiendo el capital del planeta y apuntándolo en los libros como si fueran beneficios. Estamos gastando capital ecológico y registrándolo como si fuera renta.

    La expresión «números rojos» resulta particularmente acertada. Ninguna empresa puede vivir indefinidamente liquidando sus activos fundamentales. Tampoco una civilización. Sin embargo, eso es exactamente lo que estamos haciendo a escala global.

    Lo más preocupante no es únicamente haber superado esos límites. Lo verdaderamente inquietante es la interacción entre ellos.

    El sistema terrestre funciona como una red compleja. La pérdida de biodiversidad reduce la resiliencia de los ecosistemas. Ecosistemas más débiles capturan menos carbono. Menos captura de carbono intensifica el cambio climático. El calentamiento altera los ciclos hidrológicos y afecta a los océanos. Cada problema amplifica a los demás.

    Los fenómenos climáticos naturales continúan ocurriendo. Actúan ahora sobre mares con temperaturas más altas y un aire con mucha más energía. A esto se suma que la concentración de gases de efecto invernadero no tiene comparación en toda la historia de nuestra civilización.

    El resultado es el agravamiento de episodios extremos. Estos eventos terminan siendo mucho más caros, tanto en vidas humanas como en organización social y dinero.

    Por eso el debate ya no consiste en determinar si existe una amenaza ambiental. Esa discusión ha quedado atrás. El verdadero debate es cuánto margen de adaptación conservamos y cuáles son las transformaciones económicas, tecnológicas y culturales necesarias para evitar escenarios progresivamente más inestables.

    La historia reciente nos deja lecciones claras para esquivar el pesimismo. Solo hay que mirar el agujero de la capa de ozono.

    Si los científicos aportan datos, si los gobiernos muestran interés y si los países se ponen de acuerdo, es factible corregir rumbos muy dañinos. No es que nos falten herramientas para arreglar las cosas. Nos faltan otras ganas.

    Quizá la mayor enseñanza del Planetary Health Check 2025 sea que la economía no puede seguir considerándose un sistema independiente de la naturaleza. La economía no flota sobre el planeta. Está contenida dentro de él. Es un subsistema ecológico antes que un sistema financiero.

    Ignorar esta evidencia nos ha permitido construir relatos de prosperidad durante décadas, pero la realidad física acaba imponiendo siempre sus reglas.

    La naturaleza negocia muy poco. Los límites planetarios no son una opinión ideológica, ni una preferencia política, ni una corriente cultural. Son las condiciones biofísicas de posibilidad de nuestra propia existencia colectiva.

    El Planetary Health Check 2025 no anuncia el fin del mundo. Anuncia el final de una ficción: la creencia de que podemos expandir indefinidamente nuestra actividad económica sobre un planeta finito sin alterar las condiciones que hacen posible nuestra existencia.

    Durante años las advertencias fueron interpretadas como predicciones pesimistas. Hoy empiezan a leerse como descripciones. Ésa es la verdadera diferencia.

    Ya no es una advertencia. La cuestión no es si nos acercamos a la línea de no retorno, sino que llevamos tiempo cruzándola y seguimos actuando como si aún pudiéramos ignorarla.

     

    XOSÉ GABRIEL VÁZQUEZ
    Psicólogo Social l Analista Social l Redactor | Columnista |
    Escritor l Profesor de Master universitario UNED l Divulgador

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