DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Los científicos, los moralistas y los políticos son las peores personas del mundo

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    sergio parra
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    El protocolo es, en el fondo, una prótesis cognitiva colectiva: menos brillante, pero más fiable.

    Científicos, moralistas y políticos forman mi top tres de las personas más peligrosas del mundo. Son en quienes menos confío como profesionales. No porque carezcan de inteligencia o convicción, sino porque suelen confundir sus instrumentos con la verdad misma.

    De ellos desconfío más que de un charlatán confeso, porque se presentan envueltos en la pulcritud del método, la pureza del deber o la urgencia del bien común. A ellos les brindaría el mínimo de atención mediática, como quien apaga la luz para no alimentar a los insectos nocturnos. Y, si de mí dependiera, su reputación social sería residual, suficiente para recordar que existen, y poco más.

     

    Lo que sí deberíamos entronizar son los protocolos que diseñamos para sacar rendimiento a científicos, moralistas y políticos. Por ejemplo, la ciencia misma, como protocolo, se ha diseñado porque desconfía de los científicos. La ciencia moderna catapultó la genialidad individualidad en la genialidad colectiva. El salto de la alquimia a la química fue cuestión de protocolo, no de aumento de conocimientos. Si prestamos poca atención al protocolo y entronizamos a la persona, suceden cosas como la actual crisis de replicación.

    Si lo planteamos como un ecosistema de incentivos, el científico tiene capacidad para alterar el mundo físico, el moralista intenta dictar cómo debe vivirse y el político administra el monopolio de la fuerza legítima. El científico que cree que un modelo agota la realidad; el moralista que piensa que su brújula ética apunta al norte verdadero; el político que imagina que la historia obedece a su voluntad como un perro bien entrenado.

    Cada uno, por separado, ya concentra un poder delicado. Cuando los incentivos se desalinean (prestigio rápido, superioridad moral, rentas de poder), se genera una tormenta perfecta. El científico aporta la herramienta, el moralista la justificación y el político el permiso. Ninguno ve el conjunto completo porque cada uno cree servir a un fin superior. Cuando estas tres figuras se alinean (cuando el dato se vuelve ley, la ley se vuelve moral y la moral se vuelve política), el mundo está en peligro.

    Deslices comunes

    Probablemente, de la lista anterior el perfil que más te sorprenda es el de científico. Tengo amigos científicos. Son personas inteligentes, humildes, honestas e, incluso, divertidas. Pero no se trata de la vida personal de la gente, ni siquiera se trata de todos los científicos: son unas inclinaciones ocultas incluso frente a uno mismo que afloran en promedio en los científicos.

    Un ejemplo que recientemente ha causado revuelo es el de Oliver Sacks, un neurólogo que escribió libros tan populares como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Según unas cartas que ahora han visto la luz, Sacks vivió su homosexualidad de forma traumática, se refugió en su trabajo y… acabó exagerando o inventando los casos que refería. Ha estado engañando a neurocientíficos, psicólogos y lectores en general durante décadas. Entronizados tanto su figura que nos olvidamos de los protocolos.

    Otro ejemplo, en este caso de divulgador, es Malcolm Gladwell, que suele ser acusado de «fabricación narrativa» o de «inventar hechos» menores para que sus historias parezcan más mágicas de lo que son. Por ejemplo, la regla de las 10.000 horas: Anders Ericsson, el científico en cuyo estudio se basó Gladwell para Outliers, criticó públicamente al autor por inventar una «regla» que no existía en los datos originales. Más recientemente, en el MIT Sloan Sports Analytics Conference de 2022, durante un panel sobre atletas transgénero en deportes femeninos, Gladwell mantuvo una postura que luego admitió no ser sincera. Explicó que se sintió intimidado por el clima ideológico del momento y que prefirió seguir la corriente dominante para evitar el rechazo social o el daño a su reputación, en lugar de expresar lo que realmente pensaba basado en los datos biológicos que conocía.

    A nivel más general, existe el síndrome de Nobel. La tendencia de algunos laureados a defender teorías pseudocientíficas o irracionales fuera de su campo de especialización, bajo la falsa creencia de que su genialidad en un área los hace infalibles en todas las demás. Entre los ejemplos más chocantes destacan Linus Pauling (Química y Paz), quien se obsesionó con que la vitamina C podía curar el cáncer y el sida; Luc Montagnier (descubridor del VIH), que acabó defendiendo la homeopatía y la «memoria del agua»; y especialmente Kary Mullis (inventor del PCR), quien no solo era un negacionista del sida, sino que afirmaba seriamente haber tenido un encuentro cercano con un mapache fluorescente extraterrestre.

    No son casos aislados. Los científicos pueden mentir sin darse cuenta, pueden estar sesgados, pueden estar mal incentivados a publicar ideas impactantes por encima de la búsqueda de la verdad. Los científicos son seres humanos, con sus miserias, tal infalibles o falibles como un piloto comercial (que debe superar un checklist antes de despegar con independencia de su experiencia u horas de vuelo). Esto ha conducido a un movimiento de Ciencia Abierta, donde los investigadores deben registrar sus hipótesis antes de empezar el experimento, para que no puedan cambiarlas sobre la marcha si los resultados no les gustan.

    Por su parte, las revistas académicas suelen basar sus decisiones de publicación en informes anónimos, cuyos autores solo conocen los editores. Como todo escritor académico sabe, los evaluadores anónimos son notoriamente rápidos para condenar artículos que no se atreverían a criticar abiertamente. El anonimato también permite a los evaluadores ser descuidados y expresar sus celos, animosidades y prejuicios. Sin embargo, la comunidad académica tiende a considerar que las desventajas del anonimato superan sus ventajas, lo que demuestra que la falsificación de preferencias intelectuales es reconocida como algo generalizado.

    Las listas de publicaciones académicas suelen distinguir entre publicaciones arbitradas y no arbitradas. Estas últimas suelen gozar de menor prestigio, ya que se considera que sus editores, al no tener informes anónimos a los que atribuir los rechazos, son menos capaces de mantener los estándares. Una lógica similar limita el prestigio de las revistas que reciben artículos principalmente de autores con quienes los editores interactúan a diario. Se cree que los editores de estas “revistas internas” tienen grandes dificultades para rechazar artículos mediocres.

    La ciencia no es un conjunto de verdades dictadas por hombres sabios, sino un método diseñado precisamente porque no podemos confiar plenamente en los seres humanos.

    ¿Otros poderes?

    Otros poderes existen, pero operan con límites más estrechos. Un periodista ya no tiene el monopolio de la información, su influencia se diluye en un mercado saturado de voces. Un empresario puede arruinar sectores concretos, un gurú puede intoxicar a una comunidad, pero raramente reconfiguran el mundo entero. Un juez puede arruinar una vida, pero solo una. Un policía puede abusar de su poder, pero lo hace en una calle concreta y durante un turno concreto. Incluso un delincuente común es previsible y su radio de daño es corto: roba, agrede, huye. Su amenaza es tangible, local y, en general, reversible.

    El científico tiene poder porque introduce asimetrías irreversibles en la realidad. Su autoridad se apoya en una mezcla peligrosa de opacidad y prestigio: pocos entienden lo que hace, muchos confían en que sabe lo que hace.

    El moralista tiene tanto poder porque opera en una capa anterior al poder visible. No decide leyes ni construye máquinas, pero define qué es pensable, qué es decible y qué es intolerable. Trabaja sobre el marco cognitivo desde el que luego actúan científicos, políticos, jueces o periodistas. Cuando el moralista logra fijar una gramática del bien y del mal, ya no necesita coerción: la gente se autocorrige, se vigila y se castiga entre sí. Su poder no es ejecutivo, es normativo, y por eso es más profundo y más difícil de detectar. Además, el moralista convierte preferencias contingentes en imperativos absolutos.

    La empatía es miope por diseño: se activa con rostros, relatos y proximidad, no con sistemas, escalas o consecuencias de segundo orden. La moral, cuando se desacopla de la duda y del coste, se convierte en una tecnología de simplificación brutal. Reduce la complejidad del mundo a un eje binario y ofrece una coartada emocional para actuar sin hacerse responsable de los efectos colaterales. La mayor parte de las guerras, sobre todo las más pavorosas, son guerras morales.

    Finalmente, el político tiene poder porque cierra el circuito. Es quien traduce narrativas morales y posibilidades técnicas en decisiones obligatorias. Puede no saber, puede no entender, puede no creer, pero decide. El político convierte hipótesis en normas, modelos en decretos y miedos en leyes. Además, opera bajo un incentivo especialmente corrosivo: el corto plazo. Necesita resultados visibles, gestos simbólicos, enemigos claros. Por eso, cuando se alinea con el moralista y el científico, el daño se acelera. Uno dice que es necesario, otro que es bueno, y el político hace que sea obligatorio.

    Su peligro reside en que sus crímenes vienen disfrazados de virtud, progreso o necesidad.

    El experto no existe

    Un experto individual es un oxímoron. Un experto siempre forma parte de una red de expertos. El experto, en realidad, es un ente colectivo. Un fruto de la interacción regida por estrictos protocolos.

    Un experto es la persona más convencida de que su propia conclusión es correcta y que todas las opiniones contrarias son erróneas. Eso es lo que lo convierte en un experto: una confianza profunda e innegociable en su modelo de la realidad.

    Así que cuando alguien exige que entreguemos el poder a “expertos independientes”, en realidad está diciendo: “Démosle las llaves a aquellos que están más obstinadamente seguros de que tienen razón y menos abiertos a que se les ignore”.

    Eso no es independencia. Eso es arrogancia con un doctorado y una insignia del gobierno.

    La verdadera independencia pertenece a los protocolos, no a la clase sacerdotal con cargos permanentes que trata la disidencia como herejía. *(1)

    El método científico, los comités, las guías clínicas o los estándares técnicos nacen como tecnologías sociales para reducir la varianza humana: limitar sesgos, caprichos, egos y errores idiosincrásicos, y sustituirlos por procedimientos replicables que permitan que muchos cerebros mediocres coordinados superen a uno solo extraordinario. Todo esto no los crean solo expertos, sino comunidades que han aprendido, a base de fracasos, que el conocimiento escala mejor cuando se convierte en una regla compartida antes que si depende de una mente excepcional. El protocolo es, en el fondo, una prótesis cognitiva colectiva: menos brillante, pero más fiable.

    Por consiguiente, son los tres tipos de personas a las que menos deberíamos rendir pleitesía, menos bailar el agua, más atar en corto y más desconfiar, los citados científicos, moralistas y políticos. No por lo que son, sino por lo que pueden hacer cuando el protocolo no existe.

    No hay que venerar a las figuras, sino a los incentivos que las atraviesan y las doman. A esos sí conviene prestarles atención, estudiarlos y, si se alinean bien, casi adorarlos, porque ahí es donde se decide si el poder construye mundos habitables o aprende a arrasarlos con buena conciencia.

    La historia no está llena de maldades excepcionales, sino de engranajes desacompasados.

    En suma, menos hagiografías de científicos, moralistas y científicos, y más análisis frío de incentivos, límites institucionales y mecanismos de corrección. Menos genios, profetas y salvadores, y más sistemas que funcionen incluso cuando las personas fallan. Menos veneración de intenciones y más contabilidad de consecuencias. Porque el problema casi nunca es quiénes son, sino qué se les permite hacer cuando nadie les ata en corto. Algo que ellos mismo, incluso, deberían requerir como un vampiro cuando tocan las doce de la noche.

    Tanto los argumentos morales como los de eficiencia en favor del socialismo dependen crucialmente de lo que Hayek llamó ‘arrogancia intelectual’: la suposición de que tenemos un conocimiento tan amplio que lo único que falta son factores subjetivos como la compasión y la voluntad. —Thomas Sowell

    (1)* Y eso genera un bucle curioso: cuanto más complejo es el mundo, más protocolos necesitamos; cuantos más protocolos, más se diluye la voz del experto individual; cuanto más impersonal es esa voz, menos confianza genera. El problema no es quién hace los protocolos, sino qué le pasa al conocimiento cuando se convierte en protocolo.

    SERGIO PARRA
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