DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] › Foros › DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] › Gibson, el sorprendente asunto de cómo vemos el mundo y la dificultad de que la IA lo vea como nosotros

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    sergio parra
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    Percibir no consiste en añadir significado a un mundo que carece de él, sino en descubrir las posibilidades de un mundo al que ya pertenecemos.

    Hay algo extraordinariamente curioso en el hecho de que podamos abrir los ojos por la mañana, mirar a nuestro alrededor y comprender, casi instantáneamente, dónde estamos. Vemos una habitación, una ventana, una silla, quizá un par de zapatos abandonados junto a la cama, y sabemos sin demasiado esfuerzo qué hacer con todo ello. Podemos caminar hasta la puerta sin estrellarnos contra la pared, esquivar una mesa y encontrar el interruptor de la luz, incluso antes de haber alcanzado un estado de conciencia que merezca propiamente ese nombre.

    Es una habilidad asombrosa, aunque rara vez nos detenemos a pensar en ella. Y lo más curioso es que durante buena parte de la historia de la psicología los científicos han intentado explicarla de una manera que James J. Gibson consideraba fundamentalmente equivocada.

    Gibson era un psicólogo estadounidense que dedicó buena parte de su vida a estudiar la percepción, y que terminó llegando a una conclusión tan sencilla como desconcertante: para comprender cómo vemos el mundo, quizá deberíamos empezar por estudiar el mundo, en lugar de encerrarnos a investigar lo que sucede dentro de nuestras cabezas.

    Puede parecer una observación bastante evidente. Después de todo, si uno quiere saber cómo funciona la navegación, parece razonable interesarse por el mar. Pero en el estudio de la percepción las cosas habían seguido tradicionalmente otro camino.

    En 1979, Gibson publicó El enfoque ecológico de la percepción visual, su última gran obra, aparecida el mismo año de su muerte. El libro contenía una peculiaridad muy llamativa. Aproximadamente la mitad de sus páginas estaban dedicadas a describir el entorno que perciben los animales. No se centraba en el cerebro de los animales, ni en sus procesos mentales, ni en las complicadas operaciones que supuestamente realizan para interpretar el mundo, sino en el entorno mismo: las superficies, la luz, las sustancias, los objetos y las relaciones que existen entre todos ellos.

    Era una elección bastante insólita para un libro sobre percepción. Algo así como escribir un tratado sobre gastronomía y dedicar sus primeros doscientos folios a explicar la geología de los campos de cultivo.

    Pero Gibson tenía sus razones.

    El curioso hábito de reconstruir el mundo dentro de la cabeza

    Para comprender lo que Gibson proponía, primero hay que entender aquello contra lo que se rebelaba.

    La explicación tradicional de la visión partía de un hecho indiscutible: el mundo tiene tres dimensiones, mientras que la imagen proyectada sobre la retina tiene dos. De algún modo, por tanto, nuestro sistema visual debe conseguir que una superficie esencialmente plana nos permita desenvolvernos en un universo de mesas voluminosas, escaleras peligrosas y puertas que, por fortuna, suelen encontrarse donde esperamos.

    Durante mucho tiempo, la solución preferida consistió en suponer que el cerebro reconstruía internamente el mundo tridimensional a partir de la información bidimensional recibida por los ojos.

    Según esta perspectiva, la retina proporcionaba los materiales básicos y el cerebro se encargaba del resto. Recibía señales, las analizaba, completaba lo que faltaba y elaboraba una representación del entorno. Era una especie de arquitecto extraordinariamente laborioso que, cada vez que mirábamos una habitación, tenía que construir una versión mental de ella para que pudiéramos movernos con cierta seguridad.

    Gibson encontraba poco convincente esta explicación. No negaba que el sistema nervioso participara en la visión, naturalmente. Lo que cuestionaba era la necesidad de suponer que percibir consistía en reconstruir mentalmente un mundo que ya estaba ahí, perfectamente disponible para ser explorado. Y, sobre todo, pensaba que aquella tradición había comenzado planteando mal la pregunta.

    La cuestión fundamental no era cómo obtenemos una representación tridimensional del mundo a partir de una imagen plana. La cuestión era cómo conseguimos utilizar la visión para actuar eficazmente en nuestro entorno.

    Pensemos en alguien que camina por un sendero pedregoso. A cada paso ajusta la posición de los pies, evita las piedras más grandes, calcula por dónde puede pasar y modifica ligeramente su equilibrio. No necesita detenerse a construir un modelo geométrico completo del paisaje. Lo que necesita es descubrir qué partes del terreno permiten avanzar, cuáles ofrecen apoyo y cuáles conviene evitar.

    Para Gibson, ahí residía la verdadera función de la percepción: guiar la acción.

    Esta idea lo condujo a una segunda discrepancia, todavía más profunda, con la psicología tradicional.

    La percepción no tiene por qué ser un trabajo de oficina

    Las teorías clásicas acostumbraban a distinguir entre sensación y percepción. La sensación era el efecto físico de los estímulos sobre nuestros órganos sensoriales. La luz llegaba a los ojos, excitaba las células de la retina y producía determinadas señales nerviosas. Hasta aquí, todo era razonablemente sencillo.

    Sin embargo, según estas teorías, las señales sensoriales eran insuficientes por sí mismas para proporcionarnos una experiencia significativa del mundo. Era necesario que la mente añadiera algo: interpretaciones, inferencias, cálculos o conocimientos previos. La percepción surgía cuando el cerebro procesaba aquellos datos y conseguía convertirlos en una representación coherente de la realidad.

    En otras palabras, los sentidos recogían el material y la mente hacía el verdadero trabajo.

    Gibson sospechaba que semejante planteamiento introducía una complicación innecesaria. Y no una complicación cualquiera, sino una de esas dificultades filosóficas que, una vez instaladas, resultan casi imposibles de desalojar.

    Porque si la percepción se construye dentro de la mente a partir de estímulos físicos, ¿cómo podemos estar seguros de que esa construcción corresponde realmente al mundo exterior?

    Tenemos, por un lado, un universo físico donde la luz rebota en los objetos y llega hasta la retina. Y, por otro, una mente que supuestamente transforma esas señales en experiencias significativas. Entre ambos queda una ancha separación que es necesario explicar.

    La psicología tradicional había convertido así la percepción en una especie de problema de comunicación entre dos territorios: el mundo y la mente. El primero enviaba señales; la segunda debía interpretarlas. Y nadie parecía tener del todo claro cómo garantizar que los mensajes fueran comprendidos correctamente.

    Gibson propuso eliminar buena parte de ese problema desde el principio. Su alternativa era la percepción directa.

    Según Gibson, percibir no consiste necesariamente en realizar inferencias inconscientes ni en efectuar complicados cálculos mentales. Consiste en captar información que ya está disponible en el entorno mediante una exploración activa.

    No somos espectadores inmóviles que reciben imágenes y esperan a que el cerebro les explique su significado. Movemos los ojos, giramos la cabeza, caminamos, nos acercamos a los objetos y cambiamos continuamente nuestro punto de vista. Y al hacerlo descubrimos información que el propio entorno pone a nuestra disposición.

    Esta propuesta tenía consecuencias considerables. Si la percepción es directa, la información necesaria para percibir no puede depender de que la mente la añada posteriormente. Debe encontrarse, de alguna manera, en el mundo.

    Y si percibir sirve para actuar, esa información debe decirnos algo más que cómo son las cosas. Debe permitirnos descubrir qué podemos hacer con ellas. Es entonces cuando podemos y debemos invocar uno de los conceptos más interesantes de Gibson: las affordances, que podemos entender como las oportunidades de acción que el entorno ofrece a un animal.

    Una superficie horizontal, firme y situada a una altura conveniente puede ofrecer la posibilidad de sentarse. Una rama suficientemente resistente puede ofrecer la posibilidad de trepar. Una abertura lo bastante ancha puede permitirnos pasar al otro lado.

    Lo interesante es que estas oportunidades no dependen exclusivamente de las propiedades físicas de los objetos, ni tampoco son simples invenciones de nuestra mente. Surgen de la relación entre el entorno existente y las capacidades del animal sensible.

    Un escalón de veinte centímetros puede resultar perfectamente accesible para un adulto, representar un pequeño desafío para un niño y constituir una barrera formidable para un escarabajo.

    El escalón no ha cambiado. Lo que cambia es la relación entre sus propiedades y las posibilidades de acción de quien lo encuentra.

    Así pues, para Gibson, el entorno no era simplemente una colección de objetos esperando a ser reconocidos. Era un mundo lleno de posibilidades prácticas que los animales podían descubrir mediante la percepción.

    Pero todo esto planteaba una pregunta bastante importante. ¿Dónde está exactamente esa información que supuestamente nos permite percibir el mundo sin necesidad de reconstruirlo mentalmente?

    Para responderla, conviene realizar un pequeño experimento imaginario.

    Una habitación llena de niebla

    Imaginemos que entramos en una habitación completamente iluminada, pero llena de una niebla tan espesa que apenas podemos distinguir nada. No se trata de una habitación oscura. Al contrario, hay luz por todas partes. Una claridad blanca y uniforme nos rodea, penetra en nuestros ojos y estimula continuamente las células de la retina.

    Los bastones y los conos funcionan. La luz llega hasta ellos. Desde el punto de vista puramente físico, el sistema visual está recibiendo estimulación. Y, sin embargo, no vemos prácticamente nada. No distinguimos las paredes, ni las esquinas, ni la distancia hasta el techo. Podría haber una mesa a medio metro de nosotros o una enorme estatua de mármol a punto de golpearnos la nariz. No tendríamos manera de saberlo.

    Dicho de otro modo: una cosa es recibir estimulación y otra muy distinta recibir información. La luz que llega a nuestros ojos en aquella habitación estimula la retina, pero no nos informa adecuadamente de la estructura del entorno. ¿Y por qué no Porque la niebla ha dispersado la luz.

    En una habitación normal, los rayos luminosos llegan a nuestros ojos después de haberse reflejado en las superficies que nos rodean. La luz que procede de una pared no presenta exactamente la misma estructura que la que procede de una mesa, una cortina o una alfombra. Las propiedades de esas superficies influyen en la luz reflejada.

    Pero en nuestra habitación llena de niebla, la luz ha sido dispersada tantas veces que ha perdido buena parte de la estructura que permitiría relacionarla con las superficies de origen. La retina sigue recibiendo luz, pero esa luz ya no nos permite descubrir cómo está organizada la habitación.

    Es un poco como escuchar a alguien hablar desde el otro extremo de una estación de ferrocarril mientras un tren pasa rugiendo entre ambos. Nuestros oídos reciben una cantidad considerable de energía sonora, pero eso no significa que podamos averiguar qué nos están diciendo. La cantidad de estimulación, por sí sola, no garantiza la presencia de información útil.

    Ahora imaginemos que la niebla desaparece. De pronto, las paredes recuperan sus contornos, los muebles emergen de la blancura y el suelo vuelve a extenderse ante nosotros como una superficie razonablemente fiable sobre la que caminar. La luz sigue llegando a la retina, exactamente como antes. Pero ahora sucede algo determinante: su estructura guarda una relación sistemática con las superficies de la habitación.

    Y esa relación es el quid de la cuestión. La luz tiene cosas que contarnos Para Gibson, la luz no era simplemente una forma de energía que golpeaba la retina. En determinadas condiciones, era también portadora de información sobre el entorno.

    Pensemos en una mesa de madera. Su superficie tiene una textura particular, una composición material, una forma y una orientación en el espacio. Cuando la luz incide sobre ella, esas propiedades contribuyen a determinar cómo se refleja. La luz reflejada por una superficie lisa y pulida no se organiza de la misma manera que la reflejada por una superficie rugosa. Tampoco lo hace la luz procedente de una pared blanca, de una cortina oscura o de un suelo de baldosas.

    Cada superficie participa, por así decirlo, en la organización de la luz que termina llegando a nuestros ojos.

    Además, las superficies no son entidades misteriosas que flotan independientemente de los objetos. Son los límites donde las sustancias que componen el entorno entran en contacto con el medio que las rodea, normalmente el aire.

    La textura de una pared depende de sus materiales. La apariencia de una roca depende de su composición y de la forma en que está estructurada. La superficie de una hoja revela aspectos de su organización física.

    Por eso, cuando la luz se refleja en las superficies, su estructura puede guardar relaciones con las propiedades de los objetos y sustancias que encontramos. Esto es lo que permite que un animal situado en un punto determinado del espacio obtenga información sobre el entorno a partir de la luz que llega hasta él.

    Y lo importante es que no necesita permanecer inmóvil.

    Al desplazarse, cambian las relaciones entre su punto de observación y las superficies circundantes. Aparecen unas partes del entorno, desaparecen otras y se modifican los patrones de luz disponibles. La exploración activa permite descubrir regularidades que un observador completamente estático podría no encontrar.

    Un ejemplo sencillo es el de caminar alrededor de un árbol. Desde un lado vemos una parte del tronco y determinadas ramas. Al movernos, unas superficies quedan ocultas mientras otras aparecen. El aspecto visual cambia continuamente, pero esos cambios siguen un orden que depende de la estructura del árbol y de nuestro movimiento.

    Para Gibson, esas transformaciones no eran meras molestias que el cerebro debía corregir. Eran una fuente fundamental de información.

    La percepción, por tanto, no consistía en recibir pasivamente una imagen y tratar de descifrarla, sino en explorar un mundo cuya estructura se manifiesta a través de las relaciones entre las superficies, la luz y el observador.

    Una información que no se puede contar en bits

    Llegados a este punto, conviene aclarar algo que ha provocado no pocos malentendidos. Cuando Gibson hablaba de información, no se refería a lo mismo que Claude Shannon y Warren Weaver.

    Shannon había desarrollado una teoría matemática extraordinariamente influyente que permitía cuantificar la información en términos relacionados con la incertidumbre y las posibilidades de transmisión de mensajes. Gracias a ella podemos comprender aspectos fundamentales de las telecomunicaciones y del funcionamiento de los sistemas digitales.

    Pero Gibson estaba interesado en otra cuestión. No quería calcular cuántos bits contenía una señal. Quería comprender cómo la estructura de la energía disponible para un animal podía especificar propiedades del mundo.

    Él mismo lo advirtió expresamente en 1979: la información para la percepción no podía definirse ni medirse como la información de Shannon.

    Para Gibson, la información perceptiva no era una sustancia adicional que flotara por la habitación junto a las moléculas de aire, las partículas de polvo y los muebles. Tampoco era una cantidad misteriosa que pudiera recogerse en un recipiente, pesarse y almacenarse en una estantería. Era algo más sutil: una propiedad relacional del entorno.

    Volvamos por última vez a nuestra habitación, ahora afortunadamente libre de niebla. La luz que llega a un punto determinado del espacio ha sido reflejada por las superficies circundantes y ha atravesado un medio relativamente transparente antes de alcanzar ese lugar. Por ello, su estructura guarda determinadas relaciones con la disposición, la textura y las propiedades de esas superficies.

    La información no es un objeto adicional situado entre la mesa y nuestros ojos. Es precisamente esa relación sistemática entre la estructura de la luz y la estructura del entorno. En cierto sentido, el mundo deja huellas de su organización en la luz que nos rodea. Y esas huellas pueden ser captadas por un observador capaz de explorarlas.

    Esta concepción impone, naturalmente, unas exigencias bastante severas a la teoría de Gibson. Para que la percepción pueda ser directa, la información debe estar ampliamente disponible en el entorno y ser suficientemente específica como para que el animal no necesite adivinar constantemente qué la ha producido.

    Y para que la percepción pueda guiar la acción, esa información debe permitir descubrir oportunidades de comportamiento: superficies sobre las que caminar, objetos que pueden agarrarse, obstáculos que deben evitarse o aberturas por las que resulta posible pasar.

    No basta, por tanto, con afirmar que la luz contiene información. Hay que explicar cómo su estructura especifica propiedades relevantes del entorno y cómo esas propiedades pueden ser captadas por un animal en movimiento.

    Gibson esbozó una respuesta a estas cuestiones en su libro de 1979. Su planteamiento era extraordinariamente sugerente, aunque la exposición resultaba en ocasiones demasiado sencilla para satisfacer a quienes esperaban una justificación filosófica más minuciosa.

    Y no es difícil comprender por qué.

    Afirmar que la información está en el mundo es una cosa. Explicar exactamente en qué consiste, cómo puede especificar propiedades del entorno y por qué permite percibir sin inferencias es otra bastante más complicada. Pero la intuición fundamental de Gibson sigue siendo fascinante.

    Estamos acostumbrados a imaginar que nuestros ojos envían al cerebro una colección de señales incompletas y que este, con una diligencia casi milagrosa, consigue transformarlas en el mundo que experimentamos. Gibson nos invita a considerar que buena parte de lo que necesitamos para orientarnos ya esté disponible en la estructura del entorno, y que percibir consista en aprender a captar esa información mientras actuamos.

    La diferencia puede parecer pequeña, pero transforma por completo nuestra manera de entender la visión.

    En lugar de un cerebro encerrado en la oscuridad del cráneo, intentando reconstruir desesperadamente un universo exterior a partir de mensajes fragmentarios, encontramos a un animal que se mueve por un mundo organizado, iluminado y lleno de posibilidades.

    Inteligencia más allá de la IA

    Y aquí llegamos a una de las consecuencias más extraordinarias de toda esta historia. Una consecuencia que probablemente ni siquiera sospechábamos cuando comenzamos hablando de habitaciones llenas de niebla, rayos de luz y personas que intentan caminar sin tropezar con los muebles.

    Porque Gibson no se limitó a proponer una nueva explicación de cómo vemos. Sin proponérselo necesariamente, nos condujo hasta una pregunta mucho más inquietante: ¿qué clase de mundo tiene que existir para que la percepción directa sea posible?

    Recordemos el punto de partida. Según las teorías tradicionales, el mundo físico no contiene significados. Contiene materia, energía, superficies, longitudes de onda y otras cosas que los físicos pueden medir con aparatos extraordinariamente caros. El significado aparece después, cuando un cerebro interpreta las señales recibidas y les atribuye alguna importancia.

    Una piedra, considerada desde esta perspectiva, no es más que una determinada organización de materia. Que pueda servir para romper una nuez, sostener una puerta o proporcionar un asiento improvisado es algo que el animal descubre o interpreta. La piedra, por sí misma, no sabe nada de nueces, puertas ni traseros cansados.

    Gibson, sin embargo, nos invita a contemplar el asunto de otra manera. Para un animal, el mundo no se presenta como una colección indiferente de objetos físicos a los que posteriormente haya que añadirles significado. Se presenta como un paisaje de posibilidades. El suelo ofrece apoyo, las ramas permiten trepar, los refugios proporcionan protección y ciertos espacios invitan a ser atravesados. Un árbol puede ser un obstáculo para un elefante, una oportunidad de ascenso para una ardilla y prácticamente un universo entero para un insecto.

    Y estas posibilidades no son adornos mentales que colocamos sobre una realidad previamente desprovista de sentido. Son relaciones reales entre las capacidades de los animales y las propiedades del entorno. Esto es lo verdaderamente desconcertante.

    Si Gibson tiene razón, el significado no aparece al final del proceso perceptivo, como una especie de etiqueta que el cerebro pega sobre las cosas después de haberlas examinado. Está presente desde el principio, en las oportunidades de acción que el entorno ofrece a quienes lo habitan. Percibir consiste precisamente en descubrirlas.

    Pero, entonces, si el significado está realmente en el entorno, el entorno no puede describirse exhaustivamente como un conjunto de propiedades meramente físicas.

    La ciencia moderna ha conseguido éxitos prodigiosos partiendo de la idea de que el universo puede explicarse, en última instancia, mediante entidades y procesos físicos. Es una perspectiva tan profundamente arraigada que apenas advertimos hasta qué punto condiciona nuestra manera de pensar. Damos por supuesto que, si conociéramos todas las partículas, todas las fuerzas y todas las leyes que gobiernan sus interacciones, tendríamos una descripción completa de la realidad. Todo lo demás sería, de algún modo, una consecuencia de ese inventario fundamental.

    Pero las affordances plantean una dificultad peculiar. No parecen pertenecer exclusivamente al objeto ni exclusivamente al animal. Existen en la relación entre ambos. Una superficie es transitable para una criatura de determinadas dimensiones y capacidades, pero no necesariamente para otra. Una abertura permite el paso de un cuerpo y se lo impide a otro. El significado de esas posibilidades depende de la clase de ser vivo que se encuentra ante ellas.

    Podemos describir físicamente la altura de un escalón, la resistencia de una rama o la anchura de una abertura. Pero ¿hemos descrito con ello, sin dejar nada fuera, el hecho de que el escalón sea subible, la rama trepable o la abertura transitable? Esta es la pregunta que la ciencia cognitiva radicalmente encarnada no puede permitirse esquivar.

    Porque si quiere sostener que la percepción es verdaderamente directa, y que los animales captan significados presentes en el entorno en lugar de construirlos mediante inferencias internas, tendrá que explicar qué clase de realidad permite que esos significados existan.

    Así, lo que parecía una elegante manera de librarnos de las complicaciones de la representación mental amenaza con exigir algo mucho más ambicioso: una nueva ontología. Una concepción de lo que existe que reconozca las relaciones significativas entre los organismos y su entorno como aspectos genuinos de la realidad, y no simplemente como interpretaciones añadidas a un mundo físico que, en sí mismo, carece de significado.

    No se trata necesariamente de negar la física ni de poblar el universo de sustancias misteriosas. Se trata de preguntarnos si el inventario de la física, por exhaustivo que sea en sus propios términos, basta para describir todo aquello que constituye el mundo de un ser vivo.

    Y es precisamente aquí donde esta discusión, que parecía pertenecer a un rincón bastante especializado de la psicología del siglo XX, adquiere una actualidad inesperada. Porque, mientras discutimos si la inteligencia humana puede comprenderse como un proceso de elaboración interna de información, estamos dedicando cantidades extraordinarias de dinero, electricidad y talento a construir máquinas basadas, en gran medida, en esa misma idea.

    Las llamamos inteligencias artificiales. Y cada vez resulta más habitual escuchar que estas máquinas están acercándose a la inteligencia humana, que razonan como nosotros, que comprenden el mundo y que quizá pronto podrán hacer prácticamente todo lo que hacemos. Hay algo profundamente seductor en esta posibilidad, sobre todo cuando uno conversa con un sistema capaz de explicar la filosofía de Kant, escribir un soneto y recomendar una receta de berenjenas en menos tiempo del que tarda una persona normal en recordar dónde ha dejado las gafas.

    Pero desde la perspectiva de Gibson, toda esta comparación encierra un equívoco fundamental. La inteligencia humana no sería simplemente una capacidad de procesar información, reconocer patrones y producir respuestas adecuadas. Sería, antes que nada, una manera de estar en el mundo.

    Un ser humano no aprende qué es una escalera únicamente relacionando la palabra «escalera» con miles de imágenes de escaleras. Aprende a subirla. Descubre el esfuerzo que requiere cada peldaño, la distancia que pueden salvar sus piernas, la necesidad de mantener el equilibrio y las desagradables consecuencias de calcular mal el último escalón. Su comprensión surge de una relación continua entre un cuerpo dotado de determinadas capacidades y un entorno que ofrece posibilidades y resistencias.

    Para nosotros, una escalera no es simplemente una estructura de peldaños. Es algo que podemos subir, bajar, evitar cuando estamos agotados o contemplar con cierta desesperación cuando descubrimos que el ascensor está averiado.

    Una inteligencia artificial entrenada principalmente con textos e imágenes puede describir todo esto con una precisión admirable. Puede explicar las leyes mecánicas que intervienen al subir una escalera e incluso calcular la fuerza necesaria para hacerlo. Pero de ahí no se sigue que mantenga con la escalera la misma relación significativa que mantiene un organismo capaz de subirla, cansarse, perder el equilibrio o caerse.

    Y la diferencia no es simplemente que a la máquina le falten piernas. Es que, si Gibson tiene razón, la inteligencia humana no puede separarse sin más del cuerpo, de la acción y de las relaciones significativas que establecemos con el entorno.

    Esto no demuestra que una máquina jamás pueda desarrollar una inteligencia comparable a la nuestra. Ni siquiera obliga a negar que los sistemas actuales posean capacidades cognitivas genuinas. Pero sí cuestiona profundamente la idea de que, por reproducir ciertas operaciones intelectuales humanas, estemos reproduciendo necesariamente la misma clase de inteligencia.

    Quizá estemos construyendo algo extraordinariamente poderoso, pero de una naturaleza muy distinta. Y quizá nuestro error consista en confundir la capacidad de hablar sobre el mundo con la capacidad de habitarlo.

    Es una distinción que merece cierta atención. Después de todo, una máquina puede producir una descripción exquisita del sabor de una naranja sin haber tenido jamás una naranja en la boca. Puede escribir una conmovedora reflexión sobre el vértigo sin haber estado nunca al borde de un precipicio. Y puede elaborar un tratado completo sobre las oportunidades de acción que ofrece una silla sin que sentarse en ella haya formado parte de su propia relación con el mundo.

    Lo sorprendente no es que pueda hacer estas cosas. Es que estemos tan dispuestos a considerarlas equivalentes a las experiencias humanas que describen.

    Durante décadas hemos concebido la mente como una especie de ordenador biológico y ahora, después de construir ordenadores capaces de imitar algunas de sus actividades, nos apresuramos a concluir que hemos encontrado el secreto de la mente. Hay en ello una curiosa circularidad. Primero describimos a los seres humanos a imagen de nuestras máquinas y después celebramos que nuestras máquinas se parezcan a los seres humanos.

    Gibson probablemente nos invitaría a mirar de nuevo por la ventana. Porque ahí fuera hay animales que se orientan, exploran, persiguen, huyen, trepan, tropiezan, descansan y encuentran su camino por el mundo sin necesidad de convertirlo previamente en una colección de descripciones abstractas. Su inteligencia no es algo que simplemente posean dentro de la cabeza. Es algo que manifiestan en su relación activa con el entorno.

    Y si esto es así, entonces buena parte de nuestros intentos de fabricar una inteligencia semejante a la humana podrían estar comenzando por el extremo equivocado.

    La carga teórica es inmensa. Tan inmensa, de hecho, que cabe preguntarse si las ventajas de concebir la percepción como directa compensan el esfuerzo filosófico necesario para sostenerla. Tal vez resulte más sencillo aceptar que el cerebro realiza inferencias que revisar nuestra concepción de la realidad. No sería la primera vez que una teoría aparentemente económica termina presentando una factura desorbitada.

    Pero también cabe otra posibilidad.

    Quizá el problema no esté en que Gibson haya atribuido demasiado significado al mundo, sino en que nosotros nos hayamos acostumbrado a atribuirle demasiado poco.

    Pensemos por un momento en lo que significa estar vivo. Desde que un animal comienza a moverse por su entorno, el mundo se organiza para él en términos de proximidad y distancia, peligro y refugio, alimento y obstáculo, caminos posibles y caminos cerrados. No habita un universo de partículas abstractas, aunque esté indudablemente compuesto por ellas. Habita un mundo en el que las cosas importan, en el que las superficies ofrecen apoyo o lo niegan, en el que una sombra puede anunciar protección y un movimiento entre la hierba puede significar que conviene salir corriendo.

    Y todo ello sucede mucho antes de que aparezcan las palabras, las teorías filosóficas, los ordenadores o los científicos empeñados en explicar cómo es posible.

    Quizá por eso la propuesta de Gibson resulta tan difícil de abandonar. Nos recuerda algo que, de tan evidente, habíamos dejado de ver: que los seres vivos no se encuentran frente a un mundo al que deban conferir sentido desde la soledad de sus cerebros. Se encuentran ya inmersos en un entramado de relaciones, posibilidades y consecuencias.

    Empezamos este recorrido preguntándonos cómo conseguimos levantarnos de la cama, atravesar una habitación y encontrar la puerta sin estrellarnos contra los muebles. Parecía un problema modesto, casi doméstico. Uno habría esperado resolverlo con unas cuantas explicaciones sobre la retina, la luz y el sistema nervioso, y poder dedicarse después a desayunar.

    En cambio, hemos terminado preguntándonos si la concepción física de la realidad que domina buena parte de la ciencia contemporánea es suficiente para explicar el mundo que perciben los animales. Y, de paso, si nuestra fascinación por construir máquinas inteligentes no nos está haciendo olvidar algo esencial acerca de la inteligencia que pretendemos reproducir.

    Es un destino bastante extraordinario para una investigación que comenzó con el simple acto de abrir los ojos.

    Y, sin embargo, acaso ahí resida la intuición más profunda de Gibson: que percibir no consiste en añadir significado a un mundo que carece de él, sino en descubrir las posibilidades de un mundo al que ya pertenecemos.

    SERGIO PARRA
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