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Debate
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En todos estos casos, el mensaje no es lo que se dice, sino lo que se transmite sin decirlo.
Si quieres que los demás sepan que eres rico, podrías limitarte a decir: «Hola, soy millonario». Pero esto plantea dos problemas. Primero, quizá deseas que los demás lo sepan, pero no que sepan que quieres que lo sepan. Segundo, cualquiera podría decir lo mismo, incluso quien no lo es, de modo que tus palabras podrían ser recibidas con escepticismo. Lo que necesitas es una forma de revelar tu riqueza que parezca involuntaria, como un descuido elegante. Una señal que solo pueda emitir alguien que, efectivamente, es rico.
La solución clásica es llevar algo caro, como un reloj Rolex. Este gesto resuelve ambos dilemas. Por un lado, permite una negación plausible: no resulta evidente que el objetivo sea exhibir estatus; puede que, sencillamente, te gusten los relojes suizos. Y, por otro, es algo que una persona rica puede permitirse sin pensarlo, pero una persona pobre no. De hecho, podría decirse que el principal valor de ciertos objetos de lujo es precisamente su precio: si los Rolex fueran asequibles, perderían su razón de ser.
También, de un tiempo a esta parte, se han invertido las tornas: es la gente vulgar la que hace ostentación de lujo crematístico. El lujo contemporáneo ya no se mide por la ostentación, sino por la renuncia. Tener poco, pero escogido con esmero, se ha convertido en una nueva forma de distinción: el minimalismo de los ricos. Un perchero de roble macizo y líneas puras que sostiene, con deliberada precariedad, una sola gabardina de Loro Piana. Una estantería casi vacía, donde solo hay un cuenco japonés de cerámica kintsugi, estratégicamente agrietado. Cada objeto es una declaración, pero también una omisión: lo importante no es lo que hay, sino lo que no se necesita.
El nuevo lujo es poder permitirse no tener. Rechazar el coche propio, pero vivir en un barrio donde todo está a cinco minutos andando. Rechazar la televisión, pero proyectar películas mudas en un muro encalado desde un proyector de 4.000 euros. Rechazar los adornos, pero contratar a un arquitecto para que diseñe una casa de 300 metros que parezca un monasterio zen. Incluso la nevera se convierte en símbolo: vacía, salvo por unas botellas de agua con gas, uvas ecológicas y una terrina de mantequilla francesa comprada en una tienda que cierra los martes. Es la renuncia como forma de dominio: solo quien lo ha tenido todo puede escoger no tener nada.
Esta lógica se extiende más allá de los bienes materiales y entra en el terreno de las creencias lujosas: aquellas opiniones o actitudes que uno puede sostener sin poner en peligro su bienestar, precisamente porque ya goza de una posición privilegiada. Así, defender ideas extravagantes o adoptar posturas intelectuales inútiles puede convertirse en una forma de distinción social. No necesitas convencer a nadie, solo necesitas que todos sepan que puedes permitirte creer eso. Esa es la mayor credencial que puedes exhibir en tu pechera.
También la educación puede estar influida por esta dinámica. ¿Por qué, si no, se enseña latín, griego o incluso sánscrito en algunos institutos de élite? Algunos alegarán su valor cultural, pero desde una perspectiva de señalización, su atractivo reside en su futilidad. Que tus hijos dediquen horas a aprender lenguas muertas indica que no tienen que preocuparse por aprender algo útil para sobrevivir. A diferencia de los niños pobres, que no pueden permitirse el lujo de perder el tiempo. Como con los Rolex, la inutilidad es la virtud.
Clases de arpa, esgrima o caligrafía japonesa. No son útiles en sentido estricto, pero precisamente por eso son una señal de que el futuro económico de tu familia no depende de habilidades inmediatas.
También cabría preguntarse, en un arranque de honestidad poco frecuente en los salones ilustrados, si uno disfruta verdaderamente de Mozart o si, en el fondo, disfruta más de lo que los demás suponen de uno al verle disfrutar de Mozart. Escuchar a Mozart —igual que detenerse con gesto ensimismado ante un retrato de Ingres o un lienzo delicadamente desvaído de Vuillard— no es solo un acto estético, sino una performance social cuidadosamente orquestada.
Sucede lo mismo con el uso de palabras cultas, como si cada término fuera una pincelada de óleo veneciano sobre el lienzo de una conversación trivial. Uno no dice «me gusta», dice «me seduce»; no afirma «no lo entiendo», sino «carece de inteligibilidad». No por necesidad expresiva, sino por distinción. Porque hay algo casi voluptuoso en observar cómo una palabra como inefable cae con elegancia sobre la mesa, y nadie se atreve a preguntar qué significa. Saber hablar de la fermentación de un pét-nat o de los aromas de un café etíope se convierte en un lenguaje de distinción, más que en un verdadero gusto.
También la moral funciona a menudo como una galería de autorretratos: no importa tanto lo que defiendes como lo que revela tu defensa. Al igual que un Rothko en el salón no demuestra sensibilidad artística, sino posición estética, la indignación moral no siempre busca justicia, sino prestigio. Decir que algo “te parece intolerable” cumple la misma función que dejar un libro de Susan Sontag abierto por la mitad en la mesa del café: no es una urgencia ética, sino una estrategia de autorrepresentación.
No en vano, las causas más celebradas son, por lo general, las que menos nos exigen. Compadecerse de los niños tailandeses explotados en la industria textil tiene un riesgo muy bajo y un rendimiento reputacional alto. Mucho más raro es ver a alguien indignarse por algo que le cuesta. Porque, en el fondo, lo que exhibimos no es virtud, sino gusto moral. Y como con todo gusto, hay modas, impostaciones, pequeños gestos de vanidad cuidadosamente barnizados de ética.
Lo mismo acontece con las novatadas en fraternidades, unidades militares de élite o pandillas callejeras. Nadie se dejaría humillar, herir o marcar si no le importase de verdad pertenecer al grupo. Las señales costosas filtran la motivación: pagar cinco euros no significa nada, pero soportar una prueba cruel sí. En el ámbito religioso, los rituales dolorosos funcionan del mismo modo. Circuncidar a un bebé, especialmente antes de que existiera la anestesia, es una señal extrema de pertenencia.
Incluso el dolor emocional puede usarse como señal. Si quieres demostrar que necesitas afecto, puedes simplemente pedirlo. Pero también puedes llorar, que es una señal difícil de falsificar, universalmente asociada al sufrimiento. A veces basta con encoger los hombros y mostrar tristeza para que una madre, un amigo o una pareja acuda sin que hayas pronunciado palabra. Es otra forma de mostrar lo que no se quiere decir abiertamente.
Porque en todos estos casos, el mensaje no es lo que se dice, sino lo que se transmite sin decirlo.
Y, finalmente, esto implica, incluso, a los propios sentimientos. La estética de la renuncia también ha colonizado el ámbito de los afectos. Amar, hoy, no siempre es mostrar: a veces, es saber reprimir. Sentir mucho, pero no parecer necesitado. El nuevo capital emocional ya no se mide en intensidad, sino en contención: no en cuánto te entregas, sino en cuánto puedes permitirte no hacerlo.
En este código afectivo, quien muestra demasiado interés pierde valor, porque revela carencia. La verdadera distinción sentimental consiste en saber desaparecer en el momento exacto, no contestar un mensaje durante horas —aunque hayas leído la notificación al segundo— o responder con un escueto «jaja» a un texto que se desbordaba en entusiasmo. Es el minimalismo emocional: decir poco, pero que ese poco sea devastadoramente eficaz.
Incluso en las rupturas opera esta lógica: no duele quien más llora, sino quien se va sin decir adiós. Y es que el desapego, cuando es voluntario y estilizado, se ha convertido en el nuevo lujo sentimental. Amar sin necesitar. Echar de menos sin confesarlo. Querer, pero desde lejos. Porque, como en las casas de diseño nórdico, lo que no está… también habla.
Ojalá no fuera así. Ojalá pudiéramos simplemente decir: «te echo de menos», «tengo miedo», «quiero que me mires», sin que esas palabras fueran leídas como señales de debilidad o de torpeza emocional. Ojalá bastara con ser sinceros, como cuando éramos niños y la ternura aún no era una moneda envenenada. Pero no. La naturaleza humana, con su sofisticado vértigo al rechazo, al abandono, a la insignificancia, nos ha entrenado para participar en este juego de estatus: el de fingir que no necesitamos lo que más necesitamos.
Medimos cada gesto, cada ausencia, cada respuesta aplazada, como si estuviéramos en una subasta de afecto. Incluso cuando no queremos hacerlo, incluso cuando algo en nosotros —ese niño silencioso y vulnerable que aún tiembla dentro dentro de nosotros— susurra con lágrimas en los ojos: «por favor, solo quiéreme… y dejemos esta farsa ridícula». Pero callamos. Porque sabemos que desnudarnos del todo —sin artificios, sin disfraces, sin estrategias— podría no conmover, sino espantar. Porque sabemos que mostrarnos sería, tal vez, perderlo todo.
SERGIO PARRA
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