DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] El arte que solo puede crear un mono sin pelo

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    sergio parra
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    El arte creado por seres humanos, por wetware, en vez de máquinas, hardware y software.

    Un reciente estudio sobre el impacto de la IA en la industria editorial de libros ha arrojado algunos datos interesantes para ampliar el análisis y el impacto de esta tecnología en la creación literaria.

    Entre 2022 y 2025, el número de nuevos libros publicados cada mes en Amazon Kindle se ha triplicado. En algunas categorías, incluso, se ha llegado a multiplicar por diez. El estudio propone además una métrica de calidad basada en las valoraciones de los lectores, diseñada para poder comparar obras publicadas en distintos momentos.

    Según esa medida, los libros aparecidos desde la irrupción de ChatGPT presentan, en promedio, una calidad más baja. Sin embargo, los mil títulos mensuales más populares de cada categoría muestran un nivel superior al de etapas anteriores.

    También se aprecia una diferencia entre perfiles de autor. Quienes habían debutado antes de la era de los modelos de lenguaje tienden a seguir produciendo obras de alta calidad, y su producción en ese segmento incluso ha aumentado. En cambio, los nuevos autores que han comenzado a publicar en la era LLM generan mayoritariamente obras de baja calidad.

    El patrón sugiere algo más complejo que un simple «la IA empeora la literatura». Lo que se ha producido es una inflación masiva de oferta que ha bajado la media, pero al mismo tiempo ha reforzado los extremos: más medianía en la base y más excelencia en la cúspide. Los autores con oficio previo han utilizado las nuevas herramientas para amplificar lo que ya sabían hacer, mientras que muchos recién llegados han aprovechado la reducción de barreras para publicar sin el mismo filtro de calidad.

    No estamos ante una decadencia homogénea, sino ante una bifurcación del ecosistema: más libros que nunca, más mediocridad estadística y, paradójicamente, también más competencia real por la atención en la franja alta.

    Lo que, de nuevo, revela que los buenos libros son fruto del trazo libre e individual del autor provisto de inteligencia animal, del mago que lanza hechizos al tuntún, de mono sin pelo, lleno de visceralidad y prejuicios, y otros tantos defectos de fábrica, haciendo camino al andar, buscando sin buscar, persiguiendo finisterres que devienen en espejismos. En ese transitar es cuando surge el tipo de arte que los humanos, o al menos algunos de ellos, sabemos apreciar. El resto es interesante, abundante e incluso nutritivo. Pero no es lo que el ser humano busca ni necesita para situarse en el mundo. Afortunadamente.

    El arte que cultiva el wetware

    Tanto de lo mismo puede decirse, también, del arte en general. El arte creado por seres humanos, por wetware, en vez máquinas, hardware y software.

    Ese orden discreto que aparece allí donde la realidad todavía no ha empezado a imitar los esquemas con los que intentamos domesticarla. Es el dibujo irrepetible que deja una corriente al abrirse paso entre sedimentos de distinta densidad, la arquitectura provisional de una nube de desarrollo vertical, la epidermis agrietada de un plátano de sombra después de un verano seco, la filigrana de escarcha sobre un cristal, un ejemplar de The Books of Magic de Neil Gaiman abierto sobre una mesa y el recuerdo preciso de una playa en invierno donde los guijarros parecían haberse colocado solos. Nada de eso responde a una simetría tranquilizadora. Todo ello posee, sin embargo, una coherencia que el ojo reconoce antes de que el lenguaje consiga alcanzarla.

    Quizá por eso la pintura de paisaje nació en China mucho antes de que Europa dejara de contemplar la naturaleza como un simple decorado para las gestas humanas. No se trataba de representar montañas o ríos, sino de registrar esa organización interna que nunca llega a cristalizar en una regla. También hoy un fotógrafo espera el instante exacto en que una cascada deja de ser agua para convertirse en ritmo, o en que una espuma marina, durante una fracción de segundo imposible de repetir, organiza sus burbujas con una precisión que recuerda al mismo tiempo una micrografía metalográfica, un corte petrográfico observado al microscopio polarizante y ciertas pinturas de Cy Twombly, donde el gesto parece improvisado solo para quien no entiende que la improvisación también tiene anatomía.

    Incluso la abstracción más radical acaba regresando a ese repertorio de formas que la materia lleva millones de años ensayando. Las vetas de una corteza, la cristalización dendrítica de un metal, una resonancia magnética funcional coloreada por un algoritmo y un lienzo de Jackson Pollock participan, de maneras distintas, de la misma respiración.

    Lo extraño es que esa belleza nunca necesita justificarse. Se impone con la misma naturalidad con la que uno reconoce una voz familiar entre cientos de voces desconocidas. Después llegan los esteticistas, los ingenieros del gusto, los especialistas en superponer retículas euclidianas, proporciones áureas, ejes de simetría y diagramas que pretenden explicar por qué una imagen emociona, como si la emoción pudiera archivarse en una carpeta de AutoCAD o en un tratado tardío de Alberti. La operación resulta reveladora, aunque probablemente no por las razones que ellos imaginan: confunden el mapa con la corriente, la fórmula con aquello que la fórmula apenas consigue rozar.

    Las burbujas no fascinan porque puedan describirse mediante tensiones superficiales, ecuaciones diferenciales o celdillas hexagonales. Todo eso es cierto y, al mismo tiempo, insuficiente. La geometrización siempre llega después, cuando el fenómeno ya ha ocurrido y alguien intenta inmovilizarlo, del mismo modo que un insecto clavado en una caja entomológica conserva la forma del vuelo pero ha perdido para siempre el vuelo mismo. La naturaleza no es la figura congelada; es la transición entre una figura y la siguiente, ese desplazamiento continuo que ninguna taxonomía consigue retener.

    Tal vez por eso las personas verdaderamente rígidas experimentan una desconfianza casi fisiológica hacia el movimiento. Observan un cuerpo que baila igual que un funcionario observa una anomalía estadística: convencidos de que, si existiera el manual adecuado, cada giro de cadera podría reducirse a una secuencia de instrucciones y cada improvisación a una casilla previamente prevista. Necesitan el diagrama antes que la música, el reglamento antes que el impulso, la línea recta antes que la deriva. Persiguen el orden impuesto desde fuera, porque sospechan que ese otro orden que nadie decreta y que, sin embargo, sostiene discretamente la forma del mundo, los obligaría a admitir que la realidad nunca estuvo esperando sus instrucciones.

    SERGIO PARRA
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