-
Debate
-
Un estudio publicado hace algunos años en Science y otros trabajos posteriores han señalado algo que, aunque sorprende a primera vista, tiene mucho sentido: una gran parte de nuestras conversaciones diarias gira en torno a otras personas. Algunos investigadores han estimado que este porcentaje puede rondar el setenta por ciento si se considera todo lo que incluye hablar de relaciones, reputaciones, amistades y vínculos sociales.
La idea de que el ser humano dedica tanto tiempo a hablar de terceros podría parecer trivial, incluso banal, pero en realidad revela una dimensión profunda de lo que somos como especie. Nuestras palabras no solo transmiten datos: sostienen la red de vínculos que nos mantiene unidos.
El “gossip” como pegamento social
En la vida cotidiana usamos la palabra “cotilleo” para describir charlas sobre lo que otros hacen, piensan o sienten. En inglés, el término “gossip” se aplica de forma habitual, y en la literatura científica no siempre tiene la carga negativa que tiene en castellano. Hablar de otros no se limita a rumores o habladurías maliciosas, sino a intercambiar información sobre la vida social. Eso incluye relatar una anécdota sobre un amigo, compartir noticias familiares o comentar lo que hizo un compañero de trabajo.
Robin Dunbar, un antropólogo británico conocido por la famosa “número de Dunbar” —que sugiere un límite cognitivo al tamaño de nuestros grupos sociales—, ha propuesto que el lenguaje evolucionó en gran medida para reemplazar el acicalamiento físico que otros primates usan como forma de cohesión. Mientras que los monos se asean mutuamente para reforzar vínculos, los humanos “se acicalan con palabras”. Hablar de otros sería la manera en que mantenemos la cohesión de grupos sociales mucho más grandes.
¿Se trata realmente de un 70 %?
La cifra del 70 % no debe tomarse como un número rígido y universal. Los estudios difieren en cómo definen lo que significa “hablar de otros”. Algunos incluyen únicamente referencias a personas ausentes, otros amplían la categoría a toda mención de vínculos sociales. Lo que sí parece constante es que, más allá de variaciones culturales, una porción muy significativa de nuestro tiempo de conversación se dedica a lo social.
Un metaanálisis de investigaciones sobre el “gossip” sugiere que en torno al 60-65 % de los fragmentos conversacionales espontáneos se refieren a personas. Cuando la definición es más estricta, el porcentaje disminuye; cuando se incluyen más tipos de referencias sociales, se acerca a ese 70 %. De cualquier forma, lo que revelan estas cifras es claro: hablar de gente es un rasgo fundamental de la comunicación humana.
¿Charla superficial o conocimiento útil?
Decir que dedicamos la mayoría de nuestras conversaciones a hablar de personas podría sonar a frivolidad. Sin embargo, los investigadores insisten en que este intercambio tiene valor adaptativo. Compartir información sobre otros nos permite coordinar, advertir, reforzar normas, transmitir reputaciones. Es, en palabras de algunos antropólogos, una “inteligencia colectiva sobre el comportamiento humano”.
Imagina que vives en un pueblo o una pequeña comunidad. Saber qué vecino es más generoso, quién tiende a incumplir acuerdos o quién ayuda primero en situaciones de emergencia, es muy valioso para la cohesión social. El cotilleo no es un lujo ocioso sin más, sino un mecanismo que mantiene cohesionada la vida social. Incluso en la actualidad, aunque vivamos en sociedades complejas y urbanas, seguimos necesitando esa información.
Además, no todo “hablar de otros” es chisme o rumor. Muchas veces se trata de compartir experiencias comunes, reflexionar sobre lo que alguien dijo o hizo, elaborar emociones propias a través del relato de relaciones. El lenguaje social cumple funciones de identidad y empatía.
Dimensiones emocionales: lo que sentimos al hablar de otros
Hablar de personas no es solo transmitir información, también es expresar afecto, admiración, frustración o crítica. Cuando contamos a un amigo lo que nos hizo otro compañero, estamos procesando una emoción y buscando apoyo. Cuando relatamos la hazaña de un familiar, reforzamos el orgullo y la pertenencia.
La psicología social ha mostrado que compartir narrativas sobre terceros contribuye a regular las emociones, a hacerlas más comprensibles y soportables. Conversar sobre otros es una manera de conversar también sobre nosotros mismos, porque en el espejo de las historias ajenas se proyectan nuestros valores, nuestras aspiraciones y nuestras dudas.
El lado oscuro: rumores y desinformación
Claro que no todo es positivo. El mismo mecanismo que permite fortalecer vínculos también puede dañar reputaciones y propagar rumores falsos. La historia humana está llena de casos en los que hablar de otros ha servido para excluir, marginar o manipular. En la era digital, con las redes sociales, el “gossip” se ha amplificado hasta límites inéditos: basta un comentario, un tuit o un video para que la reputación de una persona cambie en cuestión de horas.
Aquí entra la necesidad de distinguir entre información social útil y rumor malintencionado. No toda conversación sobre terceros es dañina, pero cuando se convierte en ataque sistemático o en propagación de falsedades puede tener consecuencias devastadoras. La investigación contemporánea intenta entender cómo funcionan estas dinámicas en contextos digitales, donde la viralidad multiplica el impacto.
Conversaciones, felicidad y bienestar
Un hallazgo curioso es que la calidad de las conversaciones influye en el bienestar personal. Investigaciones como la de Matthias Mehl y sus colegas en 2010 mostraron que las personas más felices no necesariamente hablan menos de otros, pero sí tienen más conversaciones significativas y profundas. Esto sugiere que no basta con el simple hecho de hablar de gente, sino que importa el modo en que lo hacemos.
Las charlas superficiales cumplen su función social, pero los diálogos en los que se comparten reflexiones más íntimas, opiniones honestas o relatos personales profundos contribuyen más a la satisfacción vital. Así, el reto no es dejar de hablar de personas, sino aprender a hacerlo de forma que enriquezca nuestras relaciones y nuestro propio bienestar.
¿Sucede lo mismo en todas partes del mundo? Las investigaciones comparativas muestran matices. En culturas más colectivistas, como muchas asiáticas, la conversación sobre otros suele estar más ligada a reforzar la armonía grupal. En contextos individualistas, como en gran parte de Occidente, puede tener tintes más competitivos o evaluativos.
Sin embargo, el patrón general se mantiene: hablar de otros es un acto humano universal. Cambian las formas, los énfasis, los temas, pero en todas las culturas el lenguaje social es central. Desde los mercados tradicionales donde se comenta la vida de los vecinos hasta los grupos de WhatsApp familiares, la humanidad parece incapaz de renunciar a este recurso.
Lenguaje digital: la expansión del “gossip”
Hoy buena parte de nuestras conversaciones ocurre en redes sociales, chats, foros digitales. Allí también predominan los temas sociales. Comentamos fotos de amigos, compartimos noticias de celebridades, discutimos conductas de figuras públicas. El cotilleo se globaliza y se acelera.
Lo interesante es que, aunque cambia el medio, las funciones siguen siendo las mismas: reforzar vínculos, establecer reputaciones, coordinar conductas. Lo que antes se decía en el café ahora se publica en un estado de Facebook o se comparte en un hilo de Twitter. La diferencia está en el alcance: en lugar de unos pocos oyentes, puede haber miles.
Que una proporción tan alta de nuestras conversaciones diarias gire en torno a otras personas no es una anécdota curiosa, sino una ventana hacia la naturaleza humana. Somos criaturas sociales y nuestro lenguaje refleja esa esencia. Hablamos de otros porque necesitamos comprenderlos, juzgarlos, imitarlos, diferenciarnos de ellos, aprender de sus experiencias y reforzar nuestra pertenencia a grupos.
La próxima vez que te descubras relatando la historia de un compañero de trabajo o comentando lo que hizo un amigo, no lo veas solo como un chisme banal. Estás participando de un mecanismo ancestral que mantiene unida a la sociedad. La clave está en usarlo con responsabilidad, buscando construir más que destruir, compartir más que manipular.
En definitiva, hablar de personas es hablar de humanidad, y en ese espejo colectivo descubrimos tanto nuestras virtudes como nuestras fragilidades.
Referencias
Dunbar, R. (1996). Grooming, Gossip and the Evolution of Language. London: Faber & Faber.
Foster, E. K. (2004). Research on gossip: Taxonomy, methods, and future directions. Review of General Psychology, 8(2), 78–99. https://doi.org/10.1037/1089-2680.8.2.78
Mehl, M. R., Vazire, S., Holleran, S. E., & Clark, C. S. (2010). Eavesdropping on happiness: Well-being is related to having less small talk and more substantive conversations. Psychological Science, 21(4), 539–541. https://doi.org/10.1177/0956797610362675
- Debes estar registrado para responder a este debate.
