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Debate
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La cocaína no es una droga nueva, pero quizá nunca haya encajado tanto con el espíritu de nuestro tiempo. En una sociedad marcada por la velocidad, la exigencia, la competitividad y la necesidad permanente de estar bien, esta sustancia parece ofrecer exactamente lo que se espera de nosotros: energía, seguridad, desinhibición, capacidad para aguantar más y, durante un tiempo, la sensación de que podemos con todo.
En ciudades como Burgos, los consumos de cocaína siguen siendo elevados. Detrás de las cifras hay personas, familias y trayectorias vitales que con frecuencia comienzan con un consumo que parece controlado y terminan entrando en una dinámica difícil de detener. La cocaína puede presentarse socialmente como una droga asociada a la fiesta, al ocio o a determinados ambientes profesionales. Incluso se supo que el exministro Ábalos la consumía en fiestas. Esa normalización constituye uno de sus mayores peligros.
Porque la cocaína es, en buena medida, una droga coherente con el momento social que estamos viviendo. Vivimos bajo la obligación de rendir, disfrutar, producir y aparentar bienestar. No basta con estar bien: hay que sentirse bien, demostrarlo y mantenerlo. En ese contexto, una sustancia que proporciona una gratificación inmediata puede encontrar un terreno especialmente favorable.
El problema aparece cuando el consumo deja de ser una elección puntual y empieza a organizar la vida de la persona. Entonces aparecen la pérdida de control, la necesidad creciente de consumir, el deterioro de las relaciones, los problemas económicos, las alteraciones del sueño y del estado de ánimo, la ansiedad y, en determinados casos, complicaciones cardiovasculares y psiquiátricas graves. La cocaína no solamente modifica el cerebro; termina modificando toda la vida.
Además, estamos ante pacientes que pueden presentar numerosas recaídas. Y esto es importante: recaer no significa simplemente «no tener fuerza de voluntad». La adicción es un trastorno complejo en el que intervienen mecanismos neurobiológicos, psicológicos, familiares y sociales. Por eso requiere tratamiento y seguimiento, y no únicamente una recomendación de dejar de consumir.
Una de las dificultades actuales es precisamente la banalización. Cuando una sustancia aparece integrada en determinados espacios de ocio y se percibe como algo relativamente habitual, se pierde de vista su capacidad para producir enfermedad. Que un comportamiento sea frecuente no significa que sea inocuo. La normalización social puede hacer invisible el sufrimiento que existe detrás.
Desde la medicina de las adicciones sabemos que los trastornos relacionados con la cocaína pueden ser graves, persistentes y potencialmente incapacitantes. Si se quiere utilizar una comparación que ayude a comprender la dimensión del problema, podríamos decir que no estamos ante una simple mala costumbre, sino ante una enfermedad que puede llegar a adquirir una gravedad comparable, por su impacto sobre la vida de una persona, a otras enfermedades graves como el cáncer. No porque sean enfermedades equivalentes —no lo son—, sino porque ambas pueden alterar profundamente la salud, el funcionamiento cotidiano y el proyecto vital.
Quizá necesitemos dejar de preguntarnos únicamente cuánto consume una persona y empezar a preguntarnos qué está ocurriendo en su vida. Qué intenta soportar. Qué vacío intenta llenar. Qué ritmo se ha impuesto. Qué precio está pagando por la necesidad de mantenerse siempre activo, siempre disponible, siempre disfrutando.
La cocaína promete velocidad, un estado hedónico, pero la enfermedad termina imponiendo otra: la velocidad con la que se deterioran la salud, las relaciones y la propia libertad. Frente a la banalización, hace falta recuperar una idea sencilla y fundamental: la adicción a la cocaína no es una forma de ocio que se ha ido de las manos; es un problema de salud grave que merece ser reconocido, tratado y comprendido.
FERNANDO PÉREZ DEL RÍO
Dr. en Psicología | Consulta privada de psicología
Profesor de la Universidad de Burgos
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