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Debate
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Hay una paradoja que cada vez resulta más frecuente. Nos quejamos de que existen restaurantes, hoteles, espacios de ocio o incluso determinados servicios que empiezan a reservarse exclusivamente para adultos. Decimos que vivimos en una sociedad que no soporta a los niños, que los excluye y que cada vez hay menos lugares donde puedan estar. Lo único que aumenta son los parques para mascotas (perrhijos). Y por otro lado, resulta que nunca en la historia la gente tuvo menos hijos y estos se necesitan para cumplir el principio de conservación de la espacie.
Pero en esta ocasión nos convoca otra pregunta: ¿qué sociedad hemos construido alrededor de quienes tienen hijos?
Porque cuando un niño llora en un restaurante, tiene una rabieta, molesta a otros o necesita ayuda, lo habitual no es que alguien se acerque a sus padres y les diga: «¿Necesitáis ayuda, puedo ayudarles en algo?». Tampoco es frecuente que otro adulto intervenga para distraer al niño, acompañarlo un momento o simplemente echar una mano. La respuesta suele ser el silencio, la mirada incómoda o el reproche hacia los progenitores. El niño es responsabilidad de sus padres. Y exclusivamente de sus padres.
Un padre me contaba que su hijo de 4 años subía las escaleras y se pasó de piso. Se asustó y empezó a llorar como loco, un vecino abrió la puerta, lo miró y se quejó del escándalo del niño, pero lo más curioso -según el padre-, es que el vecino no ayudó al niño en ningún momento. En menos de 10 segundos llegó el padre y todo se solucionó.
Aquí aparece una transformación profunda de nuestra manera de entender la sociedad y la crianza, tema del que hablamos extensamente en el libro Escuela de padres (2019) editado por la Universidad de Burgos.
Durante buena parte de la historia humana, educar a un niño fue una tarea mucho más colectiva. La familia extensa, los vecinos y la comunidad participaban, de una manera u otra, en la socialización.
Los niños aprendían que existían otros adultos además de sus padres y que esos adultos también podían poner límites. El grupo tenía una función educativa tremendamente positiva.
No se trata de idealizar aquel mundo. Aquella comunidad también podía ser invasiva o injusta. Pero existía algo que hoy parece haberse debilitado: la idea de que un niño pertenece también, en cierto sentido, al tejido social que lo rodea.
Hoy hemos llevado el individualismo hasta la crianza. El denominado turboindividualismo radical también ha llegado a la educación en todas sus facetas. Si un niño se comporta mal, «sus padres deberían educarlo». Si tiene una rabieta, «es cosa de sus padres». Si molesta, «que lo saquen fuera sus padres». Si necesita atención, «que se encarguen sus padres».
Y esto genera una enorme contradicción. Exigimos a los padres que eduquen perfectamente a sus hijos, pedimos que los otros sean los que tengan hijos que nos vayan a pagar las pensiones, pero al mismo tiempo hemos reducido drásticamente la red social que podría ayudarles a hacerlo.
Hay además un fenómeno curioso: cada vez cuesta más que un adulto corrija a un niño que no es suyo. Una persona puede llamar la atención a un menor que está teniendo una conducta claramente inadecuada y encontrarse inmediatamente con la indignación de sus padres. «¿Quién eres tú para decirle nada a mi hijo?».
Dentro de este individualismo depredador también pueden ser los propios progenitores los que no permitan que nadie se acerque a sus hijos.
El resultado es una especie de territorio privado alrededor de cada niño.
Nadie debe intervenir, nadie debe reprender y nadie debe ayudar demasiado. Pero, paradójicamente, después nos preguntamos por qué los padres están agotados y por qué sienten que toda la responsabilidad recae sobre ellos y sobre todo, por qué nos e tienen hijos.
Quizá necesitamos recuperar una idea sencilla: criar es una responsabilidad de los padres, pero educar también es una tarea social.
No significa que cualquiera pueda imponer sus normas a los hijos de los demás. Significa recuperar pequeños gestos de comunidad: ayudar, comprender, acompañar y, cuando sea necesario, poner límites con respeto.
Porque quizá el problema no sea que haya demasiados niños en nuestros espacios. Quizá el problema sea que hay demasiado poco grupo alrededor de cada niño.
FERNANDO PÉREZ DEL RÍO
Dr. en Psicología | Consulta privada de psicología
Profesor de la Universidad de Burgos
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