DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros NOTAS DE PRENSA Carles Tamayo y un estado de ánimo sobre el mundo

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    sergio parra
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    No son personas. Son un estado de ánimo. El del pedante que gusta de apostar al caballo ganador y resulta ser un asno con birrete.

    ¿Declararse antifascista no resulta un poco redundante, casi una tautología moral? Al fin y al cabo, prácticamente todo el mundo afirma estar en contra del fascismo. Es como proclamarse enemigo del mal.

    Es como declararse a favor de lo bueno o en contra de lo malo.

    O estar a favor de la paz mundial.

    Ser antifascista es casi un mínimo civilizatorio. Si se usa como categoría elástica para designar todo lo que uno detesta en la derecha, entonces el antifascismo puede convertirse en una contraseña tribal pero no significa ser antifascista, significa estar en contra de algunos rasgos de la derecha. O estar en contra de todo lo que no te gusta.

    Nadie (o casi) se declara partidario del mal, pero las sociedades se pelean por decidir qué cuenta como mal. Con el fascismo pasa algo parecido. El desacuerdo no está en si hay que oponerse al fascismo, sino en quién tiene autoridad para definirlo, cuánta continuidad hay entre fascismo histórico y fenómenos actuales, y qué medios quedan legitimados por esa oposición.

    Así es como son, se comportan o expresan algunos creadores de contenido.

    Carles Tamayo

    Carles Tamayo es un periodista y creador audiovisual catalán que se ha especializado en un tipo de investigación muy reconocible. Su último gran trabajo televisivo sobre vivienda, Se nos ha ido de las manos, se ha estrenado en La 1 y RTVE Play el 23 de abril de 2026, y en su primer episodio (Un activo seguro) Tamayo ha creado una empresa inmobiliaria ficticia, Voltor & Voltor, para mostrar desde dentro el funcionamiento del negocio especulativo de la vivienda.

    El documental está financiado con dinero público. Ese dato no es menor, porque modifica la lectura política del producto. No estamos ante un vídeo de YouTube, sino ante una pieza de denuncia emitida por una televisión pública, con toda la autoridad simbólica que eso implica. Tamayo no presenta la vivienda como un desacuerdo técnico entre oferta, demanda, regulación, suelo, crédito o incentivos, sino como una historia de avaricia organizada. La vivienda deja de ser un sistema deformado por múltiples causas y se convierte en una escena moral simplificada (y acorde con la narrativa del gobierno): hay inquilinos vulnerables, intermediarios sin pudor, fondos que hablan en jerga incomprensible y un periodista que entra en ese mundo para descubrir el pastel.

    Lo ocurrido después en X con Jon González encaja en esa misma lógica. Cuando alguien cuestiona el marco del documental desde los datos o desde una explicación alternativa (por ejemplo, la falta de oferta), la discusión ya no se mantiene únicamente en el terreno argumental. Enseguida aparece la pregunta por la posición desde la que habla: para quién trabaja, qué intereses representa, qué biografía económica contamina sus gráficos. Es el paso de refutar una idea a deslegitimar el lugar social del emisor. A veces esa sospecha puede ser pertinente (los conflictos de interés existen), pero también puede convertirse en una forma refinada de censura.

    La vivienda no es solo el resultado de unos cuantos villanos con Excel, aunque también haya actores sin escrúpulos aprovechándose de las reglas. Es una ecología deformada por incentivos, escasez regulada, demografía, crédito, turismo, expectativas, suelo, burocracia, miedo patrimonial y política de escaparate. Si conviertes todo eso en un relato de buenos y malos, ganas fuerza narrativa, pero pierdes resolución analítica. Sobre todo si te fijas en un problema francamente menor. Un problema menor, cabe insistir en ello, que es el que también está proyectando el Gobierno.

    Rebelarse vende

    Tamayo es un lobo disfrazado con piel de cordero. Persigue a los actores sin escrúpulos, siendo él uno de ellos. Es un moralista pero de los que están financiados por el poder. Por esa razón, la mayoría de las piezas de Tamayo, tanto en este documental como en otros, tienen características muy distinguibles.

    Adanismo, chapoteo alegre por lugares comunes, ideas recicladas (o más bien fotocopiadas tantas veces que ya tiene aspecto de manchón de tinta), hacer leña del árbol caído, regodeo en la propia superioridad cognitiva o del pensamiento crítico, servidumbre con el poder, mensaje manso y acomodaticio disfrazado de rebelde y contestatario.

    Estos son los epítetos que le podemos adjudicar al rey que va desnudo, que son esa colección de divulgadores, influencers y creadores de contenido que han alcanzado una enorme popularidad. Carles Tamayo solo es uno más.

    De hecho, este escrito no va contra él. Va contra un manera de entender el mundo que no es ni siquiera superficial, mema u oligofrénica, sino lo suficientemente atinada (solo por los pelos) como para resultar peligrosa. No es que las ideas que se deslizan sean equivocadas, que lo son en cuanto se les rasca el barniz, es que ni siquiera son ideas. Son formas de abordar el mundo, maneras de arrasar con la diversidad en aras de un aplanamiento, un monocultivo, una miopía que resulta repugnante, casi exclusivamente, porque es mayoritaria, aplaudida, procesada, dispensada en un menú de franquicia.

    Es tan rancio que sorprende que sea cool. Pero lo es, al menos entre algunos. Es la misma mierda de siempre, repetida con otro oropel. Deslumbra enseguida, pero basta con ponerse las gafas y analizar el sustrato para descubrir una nadería tan abisal que produce entre náusea y vértigo. Casi es un prurito. Uno que te empuja a abandonarlo todo y echarte al monte. Porque-no-puedes-más. Porque-no-hay-ni-por-dónde-empezar. Porque es infinito, pantagruélico, invertebrado, mimético. No es que cortes una cabeza de la hidra y nazcan dos. Es que hay un millón, cortas dos o tres, y aparecen diez millones más. Es que pisas el suelo y salen más cabezas. Y de las cabezas brotan trillones de semillas de las que nacerán nuevas hidras.

    Porque forma parte de la misma pasta de lo que está hecha la realidad. Uno se pregunta, un tanto quijotesco, que quizá está perdiendo el tiempo incluso haciendo alusión a ello. Total, para que lo lean y asientan cuatro gatos. Es una tarea titánica, inacabable, incluso improductiva, casi masoquista.

    Es gente que habla como si estuviera descubriendo América, pero en realidad lleva años haciendo turismo por los mismos tópicos, con parada obligatoria en «mirad qué listo soy» o «esto que digo es súper original y nunca ha sido dicho antes».

    Una mezcla entre columnismo de trinchera, superioridad moral en oferta y ademánes plúmbeos de Oscar Wilde que en realidad recuerdan a Torrente.

    No son personas. Son un estado de ánimo. El del pedante que gusta de apostar al caballo ganador y resulta ser un asno con birrete. Siguiéndole el rollo a quien le quiera pagar porque de algo hay que comer.

    Así que declararse antifascista hoy no es declararse contra el fascismo histórico, sino contra un espantajo conveniente que permite eludir las preguntas difíciles. Y resulta que el verdadero fascismo contemporáneo no lleva camisa negra: lleva sudadera molona, sonrisa de influencer y un documental financiado con dinero público que aplaude todo el mundo porque dice exactamente lo que todo el mundo quiere oír. El fascismo del siglo XXI no viene con marchas militares, viene con likes, con narrativas reconfortantes, con la certeza de estar en el lado correcto sin haber tenido que pensar demasiado.

    Bienvenidos al parque temático del activismo sin consecuencias. Pagado con nuestros impuestos. Afortunadamente, plataformas como X y substack permiten la existencia de muchos otros Jon González.

    SERGIO PARRA
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