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Debate
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La neutralidad no se mide por el contenido de lo que mantienes ni por la frecuencia con la que cambias de postura.
Deja de tildar las opiniones ajenas de sesgadas. Si crees que algo es incorrecto, simplemente di que está equivocado y aporta tus argumentos. El uso constante del término «sesgo» se ha convertido en un atajo intelectual que, paradójicamente, delata nuestra propia falta de neutralidad.
En primer lugar, porque al sentenciar que alguien razona bajo un sesgo, lo haces inevitablemente desde el tuyo. No existe una atalaya de observación inmaculada: lo que percibes como una distorsión en el otro suele ser la colisión entre su marco mental y el tuyo. Acusar de sesgo es, a menudo, una forma elegante de descalificar al interlocutor sin enfrentarse al fondo de su lógica. O de sostener que tus ideas son mejores, sin más.
En segundo lugar, no confundas la pluraridad de opiniones con la ausencia de sesgo. Cuando tildamos a alguien de sesgado lo hacemos bajo la asunción de que tiene un conjunto de ideas muy alineadas ideológicamente hacia un mismo sitio. Pensamos, en consecuencia, que si nuestra panoplia de ideas está más desconectada entre sí, es más diversa, apunta a más puntos cardinales entonces claramente nosotros estamos menos sesgados.
Pero es necesariamente así.
Aunque es estadísticamente improbable que un paquete ideológico cerrado acierte en todo de forma objetiva, una mezcla personal de ideas no es necesariamente superior. Ese eclecticismo suele ser producto de arbitrios, casualidades y preferencias estéticas, naciendo de un proceso tan poco crítico como el gregarismo.
Así, la pluralidad de opiniones, por sí sola, no garantiza la objetividad ni elimina el sesgo; a veces solo dispersa la arbitrariedad. Al final, un conjunto ecléctico de ideas puede ser simplemente una «curaduría personal» de sesgos estéticos o emocionales, tan desconectada de la realidad como el dogma más rígido de un grupo ideológico.
El error suele estar en creer que el sesgo se combate con el contenido de lo que pensamos (qué ideas tenemos), cuando en realidad se trata del proceso (cómo llegamos a ellas y cómo las ponemos a prueba).
La verdadera reducción del sesgo no es un estado de «pureza» al que se llega, sino una vigilancia constante sobre las herramientas que usamos para procesar la información. No se trata de qué opinas, sino de si estás dispuesto a someter esa opinión (sea original o heredada) a una métrica externa que no dependa de tus querencias.
Por lo tanto, la neutralidad no se mide por el contenido de lo que mantienes ni por la frecuencia con la que cambias de postura. El sesgo no es una propiedad de la opinión, sino del mecanismo de procesamiento: acumular perspectivas diversas o saltar de una a otra solo camufla la subjetividad si no existe un método riguroso de validación externa. La verdadera reducción del sesgo reside en el rigor del proceso analítico, no en la variedad o la originalidad del resultado final.
Además, hay otra cuestión a tener en cuenta.
El sesgo del sesgo del sesgo
Imagina que ahora mismo expongo una opinión distinta a la tuya. No una discrepancia suave, sino una de esas opiniones que incomodan, como un guijarro que se te ha metido en el zapato.
Podrías acusarme de tener un sesgo conservador. Al fin y al cabo, soy un hombre blanco, heterosexual, medianamente acomodado. Es decir, pertenezco a un grupo demográfico que suele asociarse con posiciones conservadoras.
Pero también podrías acusarme de tener un sesgo izquierdista. Al fin y al cabo, soy escritor, una profesión con cierta aura bohemia, además de ateo y residente en Barcelona. Todos esos datos demográficos suelen vincularse con posiciones de izquierdas. Así que quizá tenga un sesgo progresista.
Para casi cualquier postura puedes encontrar algún sesgo que parezca explicar por qué alguien defiende una idea u otra. Y la operación se vuelve aún más sencilla si uno se inventa sesgos sobre la marcha, fabricados exactamente para decir lo que necesita que digan.
Por ejemplo: ¿estás a favor o en contra de colonizar la Luna? Si estás en contra, quizá tienes un sesgo ludita. Si estás a favor, puedo decir que estás sesgado porque has leído demasiada ciencia ficción.
Si afirmo que la acción regulatoria contra las empresas tecnológicas está impulsada por el populismo antitecnológico, ¿he identificado un sesgo real o simplemente he rebautizado de forma tautológica a quienes quieren regular a las tecnológicas como una fuerza que sesga a las personas hacia la regulación de las tecnológicas? Es decir, ¿no podrían responder ellos que los contrarios a la regulación son tecnófilos fascinados por los oropeles de las startups de Silicon Valley?
Los conservadores se quejan de que algunos medios condenan con dureza el terrorismo de extrema derecha, pero disculpan o contextualizan en exceso el terrorismo islamista. Los progresistas se quejan, a su vez, del celo con el que los medios conservadores protegen la religión cristiana mientras miran con sospecha la religión islámica.
Los conservadores lamentan que cada vez exista más sensibilidad hacia ciertos animales y menos hacia los fetos humanos. Los progresistas responden que algunos conceden derechos a una bola de células mientras se los niegan a un inmigrante irregular. Y así sucesivamente.
En un estudio, los investigadores han mostrado a diferentes participantes un vídeo que pretendía ser neutral sobre el conflicto entre Israel y Palestina. Quienes simpatizaban con Israel han tendido a percibirlo como sesgado hacia Palestina. Quienes simpatizaban con Palestina lo han percibido como sesgado hacia Israel.
Así opera nuestro cerebro. Cuando una idea no encaja con nuestra cosmovisión, con nuestra tribu o con el medio de comunicación que solemos leer, tendemos a asumir que esa idea no ha sido moldeada por la razón, sino por los sentimientos, la maldad, el error o el sesgo.
Jugar la carta del sesgo resulta profundamente atractivo para la mente. Permite ganar un debate, o al menos seguir sintiéndose en lo cierto, sin atravesar la incomodidad de la duda. Sin asomarse a la posibilidad de que algunos pilares de nuestras ideas sean más endebles de lo que nos gustaría admitir.
Supongamos que A y B debaten sobre un tema. Y supongamos que B pertenece a un grupo especialmente concernido por ese asunto. Un hombre y una mujer debaten sobre el aborto. Un ateo y un judío debaten sobre el proceso de paz en Israel. Una persona blanca y una persona negra debaten sobre reparaciones por la esclavitud. Un ciudadano y un inmigrante indocumentado debaten sobre política migratoria. Un científico y un ejecutivo de una tabacalera debaten sobre si los cigarrillos son peligrosos.
¿Quién es más imparcial? ¿A o B?
La pregunta es más difícil de lo que parece. Si trabajamos solo con una definición de diccionario de sesgo, podríamos pensar que B está necesariamente más sesgado, porque tiene más implicación personal en el asunto. Pero hay casos en los que sería bastante poco inteligente descartar a B por estar «demasiado implicado». También puede suceder lo contrario: quizá A tiene más información porque se ha interesado más por el problema. Aunque ese mismo interés podría estar interfiriendo emocionalmente en su imparcialidad. Y lo mismo puede ocurrirle a B.
Podríamos decir que la persona más afectada por una política (por ejemplo, una mujer hablando del aborto) tiene más probabilidades de pensar con claridad sobre ella, porque entiende de primera mano sus consecuencias. Pero también podría ocurrir justo lo contrario: que esté tan implicada que no consiga tomar distancia. Y esa distancia, en algunos casos, ofrece claridad.
Si damos siempre la razón a A, caemos en un sesgo muy documentado: el razonamiento motivado. Es decir, la tendencia a procesar la realidad en función de nuestras emociones, nuestros intereses y nuestras creencias previas. Entonces, ¿debemos hacer más caso a la parte más afectada o a la menos afectada?
Cuidado: tu respuesta a esta pregunta también puede estar sesgada. Usar los sesgos como argumento puede ser, en sí mismo, otro sesgo. Incluso decir que eso es un sesgo puede convertirse en otro giro de la misma espiral.
Por eso apelar al sesgo como comodín para valorar las ideas ajenas puede resultar tan improductivo, incluso tóxico. Sobre todo cuando esas ideas son nuevas para nosotros, cuando contradicen nuestras convicciones más valiosas o cuando rozan los privilegios del grupo al que pertenecemos.
Da igual si eres mujer, hombre, trans, negro, amarillo o verde. Da igual si llevas boina castellana, chapela vasca o barretina catalana. Da igual si hablas un idioma u otro. Incluso da igual tu acento, tu altura o tu índice de masa corporal. Nada de eso, por sí solo, decide la calidad de un argumento.
Además, la mayoría de las personas ya son conscientes de que pueden tener sesgos. O, al menos, lo han oído muchas veces, sobre todo por boca de sus adversarios. Ningún hombre heterosexual se va a sorprender si alguien le advierte de que es hombre heterosexual y de que esa condición podría sesgarle. Esa observación no aporta información nueva. Más bien desplaza la conversación desde un terreno potencialmente fértil hacia un plano más personal, más condescendiente y, por eso mismo, menos productivo.
Imaginemos ahora que yo quiero ser lo más imparcial posible. Que quiero alcanzar la verdad sobre un asunto concreto. Que quiero aprender de mis errores porque me produce placer progresar intelectualmente y mirar al Sergio de hace dos o cinco años con cierta ternura, como si fuese un pobre diablo.
Imaginemos también que tengo una opinión firme sobre el feminismo. Una opinión que se parece muy poco a la opinión hegemónica. Antes de expresarla en público, me pregunto, precisamente para evitar cualquier sesgo, si quizá la defiendo por mi condición, por mis lecturas, por mi biografía o por mi cosmovisión. Entonces vuelvo a examinar el argumento. Durante semanas sigo leyendo, sigo analizando, sigo intentando detectar el fallo. Pero mi opinión sigue siendo la misma.
Por más que la observo, no encuentro en ella ninguna etiqueta que diga: «producto orgulloso del medio blanco heterosexual en el que has crecido».
Vale. ¿Y ahora qué hago? ¿Expreso esa opinión porque sigo creyendo que es correcta? ¿La mantengo, pero me siento culpable por tenerla? ¿La abandono solo porque he crecido en un ambiente propicio para sostenerla? ¿Intento fabricar una opinión arquetípica de otro ambiente que no es el mío?
Desde dentro, la opinión puede seguir pareciendo convincente. Pero desde fuera quizá haya suficientes indicios circunstanciales para sospechar que ha sido producida por un proceso no del todo conectado con la verdad. O, al menos, no tan conectado como para no dudar de ella.
Pero entonces ¿cómo sabemos que una opinión nace limpia de todo eso? ¿Cómo sabemos que procede de mi cerebro y solo de mi cerebro, y no de mis influencias, mis lecturas, mis afinidades, mis heridas, mi grupo, mi época?
Creo que hay dos respuestas.
La primera: es muy difícil, quizá imposible, responder del todo a esa pregunta. Por eso conviene autoanalizarse un poco, pero sin caer en la obsesión ni en la parodia de la retroalimentación infinita. Nuestro cerebro no ha sido diseñado para ser perfectamente racional. Así que no deberíamos aspirar a una pureza imposible. Basta con hablar, escuchar y revisar lo que pensamos con cierta calma.
La segunda: los argumentos claramente perezosos, o aquellos que se mantienen durante mucho tiempo pese a que cambien las circunstancias, probablemente están más sesgados. Con esos deberíamos ser especialmente cuidadosos, tanto cuando los emitimos como cuando los recibimos.
Pero hay un corolario práctico que quizá sea lo más importante de todo: los argumentos de sesgo en segunda persona, del tipo «probablemente estás sesgado en este tema porque X», y los argumentos de sesgo en tercera persona, del tipo «la sociedad probablemente está sesgada en este tema porque X», tienen al menos tantas probabilidades de perpetuar los sesgos como de ayudarnos a superarlos.
¿Cuándo debemos aducir sesgo?
Como guía orientativa, podríamos señalar al menos cuatro situaciones en las que identificar sesgos sí resulta productivo.La primera: cuando aporta información nueva, significativa o inesperada. Por ejemplo, si digo que el estudio que «demuestra» que el tabaco no produce cáncer ha sido financiado por una gran empresa tabacalera, eso no es una descalificación perezosa, sino una advertencia relevante. Sobre todo si la otra persona no lo sabía. Ese dato puede hacerle reconsiderar la fiabilidad de la fuente de una manera mucho más útil que decirle «eres heterosexual», «eres de derechas» o «eres de izquierdas«. Ahí no estamos señalando una identidad para bloquear el debate, sino introduciendo información que cambia el contexto de evaluación.
La segunda: cuando el sesgo puede cuantificarse de algún modo. Por ejemplo, si afirmamos que una gran mayoría de científicos sociales se sitúa ideológicamente a la izquierda, estamos ofreciendo un dato que puede ser pertinente para analizar determinados climas académicos. O si un estudio sugiere que un porcentaje elevado de profesores universitarios en Estados Unidos se siente incómodo expresando puntos de vista conservadores en clase, también estamos ante un sesgo que merece ser tenido en cuenta. No porque invalide automáticamente lo que se dice en la universidad, sino porque ayuda a entender qué ideas circulan con más facilidad y cuáles pueden quedar inhibidas.
La tercera: cuando existe alguna alternativa razonablemente más imparcial. Si me dices que debo dejar de confiar en los economistas porque, por definición, todos están sesgados hacia el capitalismo, no sé muy bien qué hacer con esa objeción. Es demasiado amplia, demasiado cómoda, demasiado difícil de convertir en una mejora concreta. Pero si me dices que debería mirar con más cautela los estudios financiados por compañías farmacéuticas y prestar más atención a investigaciones realizadas por laboratorios independientes, entonces sí estamos ante una sugerencia útil. No se limita a ensuciar la fuente original, sino que propone una forma mejor de orientarse.
A veces, esto nos devuelve a la pregunta que aparecía antes: ¿quién está menos sesgado, la persona más afectada por un tema o la que lo contempla desde fuera? ¿Es una mujer una fuente menos sesgada para hablar de un problema que atañe a las mujeres? ¿O precisamente su implicación puede hacer más difícil cierta distancia? Como hemos visto, no hay una respuesta sencilla. Depende del tema, de la persona, del tipo de conocimiento que esté en juego y de si hablamos de experiencia directa, análisis técnico, interés emocional o incentivos ocultos.
La cuarta: este tipo de observaciones deberían reservarse, en la medida de lo posible, para conversaciones privadas entre personas que confían la una en la otra. Si un amigo inteligente, honesto y bienintencionado, que comprende todos estos matices, me dice que quizá estoy siendo víctima de un sesgo, probablemente me lo tome en serio. Sobre todo si percibo que no intenta ganarme, humillarme o exhibir su superioridad.
Fuera de ese ámbito, el argumento del sesgo suele deteriorarse muy deprisa. Es fácil que se convierta en un arma arrojadiza. Y también es fácil que, al ver cuestionada públicamente mi imparcialidad, yo no me vuelva más imparcial, sino que adopte una actitud más defensiva. La acusación de sesgo rara vez produce introspección cuando llega envuelta en superioridad moral. Más bien activa una pequeña aduana psicológica: a partir de ese momento, todo lo que viene de fuera se revisa con sospecha.
Y, para complicarlo todavía más, todo lo que hemos dicho hasta aquí pertenece al plano teórico. Al mundo pulcro de las ideas ordenadas, de las conversaciones reconstruidas con una precisión casi infantil, como si los seres humanos debatiéramos por turnos, con las emociones aparcadas en doble fila y los incentivos apagados.
El mundo real es otra cosa. En las interacciones reales, las ideas se rozan, chocan, se contaminan, se atraen, se repelen, se mezclan con heridas antiguas, con deseos de pertenencia, con miedo al ridículo, con cansancio, con vanidad, con hambre, con titulares mal leídos y con ese pequeño abogado interior que todos llevamos dentro. Todo ocurre a la vez y demasiado rápido. Por eso, antes o después, acabarás sesgado y acusando de sesgo a todo el mundo.
Así que este artículo debería entenderse como algo parecido a unas instrucciones larguísimas en alemán, traducidas del chino con Google Translate, para una lavadora que, por si fuera poco, tampoco funciona demasiado bien. Y todo ello dando por hecho que en alemán solo sabes decir «buenos días» y poco más.
SERGIO PARRA
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