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Debate
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Una reflexión optimista sobre el arte de meter la pata con elegancia en estos primeros compases del año 2026.Dejamos atrás el año 2025. Empieza 2026, un año que llega con una sensación curiosa de empuje hacia delante, como si el calendario hubiese decidido acelerar un poco el paso. Según el calendario chino, entramos en el año del caballo, que comienza a mediados de febrero y no el 1 de enero, como solemos olvidar en Occidente. Yo soy caballo, hijo de caballo, así que no puedo fingir neutralidad ante lo que viene.
El caballo, en la tradición china, no es un animal contemplativo. Representa movimiento, energía, autonomía, cierta alergia a las riendas largas y una tendencia a confundir velocidad con dirección. Con todo, dado mi año de nacimiento, soy caballo de tierra. La tierra, en la astrología china, introduce fricción y peso. No apaga el impulso del caballo, pero lo ancla. Lo obliga a medir el terreno, a notar el cansancio en las patas, a distinguir entre correr y avanzar.
En lo personal, siento 2026 como un año para dejar de aplazar gestos que llevo tiempo ensayando en silencio. Emprender nuevas aventuras, sí, pero no en el sentido épico y fotogénico, sino en el más cotidiano: decidir, renunciar, cerrar puertas que ya no conducen a ningún sitio y aceptar que algunas historias han cumplido su función. Me gustaría ser más valiente, a pesar de ser caballo de tierra.
También me gustaría ser mejor persona. Hacer más feliz a la gente que me rodea. Y, en la medida de mis posibilidades, hacer del mundo un lugar un poco mejor. Tal vez, para ello, también debería empezar a salir del lodazal en el que se ha convertido la tierra que me ancla.
¿Qué significa ser mejor?
Imagina que un día encuentras un perro hambriento en la calle y decides darle de comer. Al día siguiente aparecen diez, después cien y, si sigues así, pronto tendrías una riada de animales imposible de gestionar. No es una hipérbole. Mutatis mutandis, es el problema que tiene Australia con los conejos.
Así, un impulso moral muy valioso, la empatía, no siempre escala bien. No porque sea mala, sino porque forma parte de un conjunto de valores que no pueden ordenarse en una misma línea. Ayudar a un ser vulnerable es bueno, pero también lo es impedir que una ayuda puntual se convierta en un problema mayor para muchas otras criaturas vulnerables. En cuanto intentas combinar ambas dimensiones, descubres que no existe un equilibrio perfecto entre ellos.
Esto ocurre porque cada marco moral optimiza un valor distinto. El utilitarismo se centra en maximizar el bienestar total, la ética de la virtud pide respetar derechos pase lo que pase y el contractualismo busca reglas que cualquiera consideraría aceptables si no supiera qué posición ocupa en la sociedad. Todos estos sistemas tienen sentido, pero sirven para fines diferentes y colisionan entre sí cuando se espera que obedezcan una única lógica.
La economía del bienestar intentó convertir el juicio moral en algo agregable: una fórmula capaz de sumar preferencias individuales y producir una decisión colectiva razonable. La idea parecía prometedora porque permitía comparar escenarios, ponderar costes y beneficios y, en teoría, elegir la opción que maximizara el bienestar social. Sin embargo, Kenneth Arrow demostró que ese proyecto tiene un límite insalvable. Su famoso teorema de imposibilidad mostró que no se puede construir un sistema que agregue todas las preferencias individuales y, al mismo tiempo, respete condiciones mínimas de racionalidad, equidad y libertad.
Amartya Sen afinó aún más el diagnóstico. Señaló que, aunque existiera una regla de agregación perfecta, necesitaría información moral que la economía tradicional no puede gestionar, como el tipo de libertad que importan las personas, la distribución real de oportunidades o el daño que sufren quienes se quedan atrás. Su crítica subraya que no basta con sumar utilidades, porque las utilidades no capturan aspectos esenciales de la justicia. Distintos valores apuntan hacia soluciones incompatibles y ninguna teoría puede absorberlos todos sin deformarlos. Por eso el utilitarismo es útil para comparar situaciones concretas, pero insuficiente para abarcar el conjunto de lo moral.
Ningún sistema único puede resolverlo todo, porque la convivencia humana está hecha de equilibrios frágiles que no caben en una sola ecuación.
Aún así, queremos hacer del mundo un lugar mejor. Y me incluyo.
Arreglar sin desarreglar
Y es que uno de los impulsos más profundamente humanos, justo después de rascarse donde pica, es el deseo de arreglar cosas. Llamamos a eso «resolver un problema», que suena noble y técnico, como si nos pusieran una bata blanca en el alma. Pero lo cierto es que resolver un problema es poco más que decirle a la realidad: «lo estás haciendo mal. Ahora verás cómo lo hago yo».
La definición más honesta que se me ocurre sería algo así:
Resolver un problema es intervenir en el mundo con la idea, no necesariamente fundada, de que tras tu intervención las cosas irán mejor que si no hubieras hecho nada.
¿A que suena inofensivo? Casi sensato. Hasta que lo piensas bien.
Antes siquiera de ponerte manos a la obra ya estás suponiendo muchas cosas, todas peligrosamente inciertas. Por ejemplo, que el mundo sin ti irá peor que contigo. Y que eso que tú llamas «mejor» no será, en realidad, «peor» para alguien más.
Todo esto abre un campo de minas fractal, porque puedes equivocarte al:
Diagnosticar el presente.
Imaginar el futuro sin tocar nada.
Imaginar el futuro tocándolo todo.
Decidir qué es «mejor» (para quién, exactamente).
O pensar que lo que ayuda a unos no aplasta a otros.
Además, si profundizamos a nivel epistemológico, afloran otros problemas mucho más espinosos. Si tu marco mental depende del lenguaje, aquello que no cabe en las palabras pierde lustre. Si tu pensamiento depende de la razón, aquello que no puede alcanzarse mediante razonamientos queda fuera de juego.
El problema aparece cuando intentamos justificar esa intuición desde dentro del propio sistema. El lenguaje no puede salir del mundo que él mismo ha creado, igual que un pintor no puede meterse en su cuadro para mostrar lo que queda fuera del lienzo. Solo en la poesía el lenguaje parece asomar un instante más allá de sí mismo. Y la razón, cuando se sigue a sí misma hasta el límite que marcó Gödel, descubre que tampoco puede justificar sus propios cimientos desde dentro. Puede desplegar sus premisas, pero no otorgarse las premisas iniciales que la sostienen.
En ese sentido, la postura posmoderna atina cuando recuerda que el lenguaje tiende a referirse solo a sí mismo y que la razón solo puede desarrollar lo que ya presupone. Las bases desde las que arrancamos no pueden proceder del cálculo racional ni de la gramática. Hay un punto de partida que nace más atrás y más afuera, en la intuición o en la experiencia. Es el pequeño acto de fe que permite que todo lo demás empiece a moverse.
Con semejante menú de meteduras de pata, no es de extrañar que los taoístas optaran por no hacer nada y dejar que el mundo fuera a su aire. Sin embargo, si lo que queremos es actuar, entonces parece que no podemos hacerlo de un modo muy distinto a cómo percibimos la estética o componemos un poema. Algo nos mueve, y vamos a por ello. Algo nos gusta, y lo perseguimos.
No siempre podemos quedarnos quietos esperando a que el universo se corrija solo. Hay incendios que apagar, decisiones que tomar. Y aquí es donde aparece, como una representación en PowerPoint, el coronel John Boyd y su famoso ciclo OODA.
El ciclo OODA
Cuando entramos en un entorno desconocido (un territorio nuevo, una situación vital incierta, un campo de conocimiento que no dominamos) no podemos movernos a ciegas. Antes de actuar, necesitamos construir una mínima sensación de orden. Un marco que hace el mundo comprensible. Una suerte de refugio.
Ese refugio funciona como un sistema de tres capas que se apoyan entre sí, cual palimpsesto.
La primera es la capa física. Es lo material y tangible. Un muro que protege del frío, un casco que aísla del vacío, un instrumento que mide, un sensor que detecta. Su función no es explicar nada. Es el contacto directo con la realidad bruta.
La segunda es la capa de protocolo. Aquí entran las reglas, los métodos y las costumbres. El método científico, pero también los hábitos cotidianos, las normas tácitas de una cultura o una simple lista de pasos a seguir. Esta capa no toca directamente la realidad, sino que organiza nuestra relación con ella. Sirve para decidir qué mirar, qué ignorar y cómo interpretar lo que ocurre.
La tercera es la capa de interfaz, que es donde aparece el significado. No hablamos ya de cosas ni de reglas, sino de experiencia. Cuando los datos físicos y los protocolos encajan, el entorno no es seguro, pero sí legible. Habitable en términos mentales.
Por eso la orientación es previa al movimiento. Nadie explora de verdad un espacio que no entiende mínimamente. Incluso el explorador más audaz necesita un punto de referencia, aunque sea provisional.
El ciclo OODA, que suena como un mantra zen pero fue diseñado por un estratega militar, es una guía para navegar la vida cuando la vida se pone rebelde. Sus cuatro pasos son:
Observe (Observar)
Orient (Orientarse)
Decide (Decidir)
Act (Actuar)
A primera vista, parece el proceso mental de alguien que intenta preparar café en una cocina ajena. Pero es más profundo. Mucho más. Según Boyd, cuanto más rápido y eficazmente repitas este ciclo, mejor podrás adaptarte al caos.
Así que adelante: observa, oriéntate, decide y actúa. Pero hazlo con humildad, con curiosidad y con la certeza de que te vas a equivocar más de una vez.
Es una buena receta para el caballo de tierra. Porque a veces mejorar el mundo no consiste en transformarlo, sino en no estropearlo mientras uno aprende a habitarlo mejor.
Porque el caballo de tierra no sueña con volar ni con quedarse quieto: aspira a avanzar sin dejar un destrozo a su paso. Pero, ah, este año 2026 es caballo de fuego, y el fuego me invadirá, me empujará a actuar abandonando cierto anclaje con la tierra. El fuego es pasión. Acelera, invita a soltar amarras. Me sacará de la comodidad del suelo firme y me obligará a moverme con menos garantías.
Probablemente este año me vuelva menos cauto de lo habitual, más dispuesto a decidir sin tenerlo todo atado. Ojalá sepa encontrar el punto justo: dejar que el fuego me saque del exceso de parálisis por análisis sin perder del todo el contacto con la tierra. No elegir entre prudencia o audacia, sino aprender a sostener ambas mientras sigo avanzando.
SERGIO PARRA
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