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Debate
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la razón de que el punto medio de una cuestión no es ningún punto.
La moderación es una virtud con frecuencia mal comprendida. Comencemos, pues, por lo que no es. La moderación no consiste en buscar el punto medio entre dos extremos y allí plantarse con oportunismo. Tampoco es esa insípida ecuanimidad que evita inclinarse hacia una pasión u otra, ni una disposición siempre comedida y carente de ideas en conflicto.
Por el contrario, la moderación se fundamenta en la certeza de que el conflicto es inevitable. Si uno cree que el mundo puede ensamblarse armoniosamente, entonces no necesitará ser moderado. Si consideras que todas tus cualidades pueden conjugarse sin tensiones, no habrá necesidad de contenerse: puedes marchar libremente hacia tu realización personal. Si crees que todos los valores morales apuntan a la misma meta, o que las políticas pueden seguir un curso único y recto hacia la verdad, entonces, ciertamente, la moderación será innecesaria.
La verdadera moderación surge de la idea de que las cosas no encajan con facilidad.
No podemos estar con todos, tampoco podemos estar sin nadie. Por esa razón, debemos formar parte de grupos. Ello implica, inevitablemente, la adscripción a una cosmovisión. Presentarse como equidistante, pues, es la peor receta posible en un mundo social, e incluso adolece de diversos errores conceptuales también en un mundo epistémico.
¿En el centro está la virtud?
La afirmación de que «los extremos son malos» y que «en el centro está la virtud» es una idea comúnmente aceptada en el discurso social y político. Sin embargo, esta insistencia en la moderación como una forma inherente de sabiduría merece un escrutinio más riguroso. Después de todo, ¿qué es exactamente el «centro»? Y más importante aún, ¿por qué se supone que el «centro» es mejor que los extremos?El centro, en muchos casos, no es más que una construcción arbitraria, una posición que se define únicamente por su distancia respecto a los polos opuestos. Pero esta equidistancia no necesariamente confiere virtud ni verdad. De hecho, mostrarse «equilibrado» puede ser una postura tan estratégica como cualquier otra, un modo de adoptar una posición que, más que apelar a la razón, busca proyectar una imagen de superioridad intelectual o moral. El moderado a menudo aparece como el que posee la lucidez de ver lo que los demás, cegados por sus pasiones extremas, no pueden ver.
En efecto, afirmar que uno prefiere adoptar un punto medio es una forma de proyectar estatus intelectual, aunque no necesariamente profundidad epistémica.
Este centrismo calculado también es una trampa. Adoptar una postura de equilibrio puede brindar la ilusión de imparcialidad cuando, en realidad, no es más que otro marco de pensamiento, uno que busca refugiarse de las críticas al sugerir que la sabiduría reside únicamente en el rechazo de los extremos. En su forma más cínica, el centrismo puede ser una estrategia para esquivar la responsabilidad moral o intelectual. Al ubicarse en una posición aparentemente neutral, uno se exime del rigor que exige el posicionarse con claridad. En otras ocasiones, se invoca el centrismo por simple pereza intelectual: la forma más directa de dejar de pensar es creer que todos tienen una parte alícuota de razón.
Solo se posicionan los ignorantes y fanáticos… o los sabios. En el medio quedan los que saben un poco. Ahí reside el centro: no son ignorantes, pero tampoco sabios.
Contexto dinámico
Además, el «centro» varía según el contexto histórico, cultural y social. Lo que una sociedad percibe como el justo medio en un momento dado puede ser visto como radical o incluso retrógrado en otro. Por ejemplo, en épocas de injusticia flagrante, la moderación (el tan venerado «centro») puede ser moralmente inaceptable, un refugio cómodo para quienes prefieren la pasividad a la confrontación del mal.Por consiguiente, no siempre es preferible evitar los extremos. A veces, la verdad o la justicia pueden residir precisamente en lo que parece radical, en lo que exige romper con los consensos cómodos. También es la forma de encontrar propósito, navegar socialmente, actuar con coherencia y, por añadidura, dejar por obvio el aserto de que nadie sabe nada. Naturalmente, nadie sabe nada, pero hablar implica decir algo más que perogrulladas. Sabemos que la libertad es una ficción, así como el sonido, pero existimos en el mundo ficticio del yo, donde existen la libertad y el sonido. Existen también la privación de libertad y la sordera. En ese mundo, podemos opinar, y cuando no se opina, también se está opinando.
Es cierto que la moderación puede evitar excesos destructivos, pero también es verdad que, en muchas ocasiones, se requiere tomar una postura firme frente a lo que está mal, aunque implique alejarse de la posición de equilibrio. No es el centro lo que otorga legitimidad a una idea, sino la solidez y coherencia de sus fundamentos, sean estos extremos o moderados.
Lo paradójico del centrismo es que, en su forma, puede ser incluso más intransigente que las posiciones que se pretenden extremas. Quien se sitúa en el centro suele creer, o al menos proyectar, la idea de que no toma partido, que no está atado a ninguna lealtad o sesgo, que su perspectiva es objetiva y que, en última instancia, no ha alterado las reglas del juego para señalar a los extremos como errados. Y es precisamente en esta pretensión de neutralidad donde yace su mayor obstinación: al convencerse de que no tiene mácula, el centrista puede volverse aún más impermeable a la idea de que puede estar equivocado.
Poner en cuestión a alguien por pertenecer a la ultraderecha o la ultraizquierda implica reconocer que su pensamiento está afectado por un sesgo ideológico. En cambio, quien se posiciona en el centro tiende a presentarse como inmaculado, asumiendo una superioridad moral y racional que lo coloca por encima de las críticas. Desde esa altura de supuesta pureza intelectual, es posible que se vuelva aún más reacio a cuestionar su propia postura, pues su posición, al ser considerada «equilibrada» de partida, se asume como intrínsecamente más razonable. Y en esa aparente racionalidad, el centrista puede caer en la trampa de la mayor ceguera: la creencia de que, al no estar atado a ningún extremo, está exento de error.
Pero la retórica centrista no solo daña intelectualmente al propio centrista, sino que liofiliza el mensaje de moderación que trata de transmitir, que deviene en un simple brindis al sol, despojándose así de ningún valor práctico ni estratégico. Alexandre Dorna, doctor en psicología social de la Universidad de París VIII, es particularmente crítico en este sentido. En su incisivo análisis sobre los estilos retóricos en la política, introduce una tipología que ilustra con claridad las tensiones inherentes al discurso centrista, distinguiendo tres formas retóricas fundamentales: el estilo «de bloque», caracterizado por su ambigüedad y su apertura a múltiples alternativas, el «monolítico», que promueve una única opción con una contundencia que polariza pero consolida, y el «de embudo», que comienza con apertura para luego reducirse a una postura más definida.
Lo fascinante de su análisis es cómo el centrismo, a menudo vinculado al estilo «de bloque», refleja las debilidades estructurales que pueden convertir esta postura en una trampa. El centrismo, tal como lo abordamos antes, se ampara en una aparente neutralidad, evitando las trincheras ideológicas y proyectando una imagen de equidistancia racional. Sin embargo, como señala Dorna, esa misma amplitud y ambigüedad debilita su capacidad para generar adhesiones profundas. El discurso «de bloque» rebaja la polarización, pero a costa de la claridad y la contundencia, mientras que el estilo «monolítico» (predominante en los extremos) concentra el mensaje en una opción única, atrayendo lealtades duraderas que alimentan la polarización pero también fortalecen el apoyo a largo plazo. En términos de persuasión y movilización, el centrismo puede parecer más razonable, pero paradójicamente, su moderación lo deja más expuesto a la indiferencia o al escepticismo de una sociedad que busca claridad en medio de la incertidumbre.
La retórica centrista, aunque más inclusiva en apariencia, se enfrenta a una desventaja inherente: su incapacidad para generar la misma intensidad emocional y fidelidad que los discursos extremos, lo que en última instancia lo hace más vulnerable en la batalla por el corazón de la opinión pública. Y, en definitiva, una postura más vacua.
¿Qué es el centro?
Otro error de la retórica centrista es que tiende a otorgar a una postura un crédito inmerecido simplemente por ubicarse, o aparentar estar, en una posición intermedia entre dos extremos. Este razonamiento es falaz porque no se apoya en la solidez lógica de los argumentos, sino en una apreciación subjetiva de lo que se considera extremo y moderado.El error subyacente estriba en que la verdad no se define por la distancia entre dos posiciones, sino por el rigor del análisis y la evidencia. Ilustremos esto con un ejemplo: en la concepción cristiana tradicional, un hombre puede casarse con una sola mujer; en la concepción musulmana, puede tener hasta cuatro esposas. Si uno aplicara la falacia del punto medio a esta comparación, se podría concluir equivocadamente que la solución «correcta» sería que un hombre tenga dos esposas, simplemente porque está en un punto intermedio. Sin embargo, esta conclusión no responde a ningún análisis ético, cultural o racional, sino únicamente a una falsa conciliación que busca lo equidistante, no lo correcto.
En política, este fenómeno es especialmente difícil de discernir, dado que los resultados de una política no siempre pueden ser evaluados solo mediante la lógica formal; la realidad económica y social es demasiado compleja para encasillarse en simples deducciones.
Es natural que nuestras opiniones cambien de acuerdo con las experiencias inmediatas, como lo que acabamos de leer, descubrir o discutir. En un intento de no parecer volátiles o indecisos, adoptamos una postura de equilibrio. Afirmar que «todos tienen algo de razón» o que «la virtud está en el medio» se nos puede antojar la actitud sabia, pero en realidad puede estar camuflando una forma de evasión. La equidistancia, entonces, no es solo una estrategia de moderación, sino también una herramienta para eludir el compromiso y el riesgo de exponerse a juicios. En lugar de ser una auténtica muestra de apertura o flexibilidad, puede convertirse en una forma de no mojarse, de parecer más reflexivo sin tener que tomar partido.
Además, cuanto más humildes nos creemos, más nos separamos de los «otros», a quienes percibimos como dogmáticos o incapaces de reflexionar. Este elitismo de la duda crea una nueva forma de superioridad moral, tan divisiva como el fanatismo que inicialmente se pretendía evitar. Así, formamos grupos de «humildes intelectuales» que, aunque aparentemente más racionales y abiertos, terminan reproduciendo las mismas dinámicas de exclusión y hostilidad que observan en los demás.
La solución no es rechazar por completo la humildad intelectual, pero quizá debamos complementarla con una humildad moral. Esto implica reconocer que, más allá de los datos y la lógica, muchas de nuestras diferencias políticas o ideológicas no se basan tanto en el conocimiento, sino en marcos morales profundamente arraigados. No es tanto que una persona no entienda los hechos, sino que sus principios fundamentales sobre qué es justo o correcto divergen de los nuestros.
La discusión sobre si los fetos tienen derechos, si la pena de muerte es aceptable o si la libertad individual debe prevalecer sobre la equidad, son todas cuestiones morales antes que intelectuales. Incluso si usamos la lógica o los datos científicos para apoyar nuestras posturas, en el fondo nuestras creencias están moldeadas por una visión moral del mundo, una manera de imaginar cómo debería ser.
Para superar estas divisiones no es suficiente con tolerar las opiniones opuestas. Debemos adoptar un enfoque más activo, uno que fomente la curiosidad sobre las diferencias morales de los demás. En lugar de simplemente aceptar la diversidad de opiniones, podríamos esforzarnos por entender las razones profundas que subyacen en ellas. Este enfoque podría conducirnos a una forma de humildad que no solo sea intelectual, sino también moral, reconociendo que nuestras creencias son, en última instancia, reflejos de una cosmovisión que no es ni más pura ni más verdadera que la de los demás.
Por supuesto, siempre existe el peligro de sucumbir a esa antigua tentación de dividir el mundo en «los que comprenden» y «los que no», creando una contienda entre bandos opuestos. Sin embargo, quizás este enfoque nos permitiría ser un tanto menos quijotescos, evitando la batalla contra molinos que solo asumen la forma de gigantes desde la limitación de nuestra propia mirada. En definitiva, aceptar que hay almas que contemplan el mundo de una manera distinta y que no es preciso dialogar con ellas, ni convencerlas, ni, mucho menos, regodearnos en una pretendida superioridad intelectual, basada en una posición supuestamente equidistante.
Fragmento extraído y resumido del libro Sapienciología ( Vol.I )
SERGIO PARRA
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