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Debate
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Cada día escucho a más personas repetir con gesto apesadumbrado, que vivimos en una sociedad líquida en franca decadencia, no hay lujos, el turbo individualismo impera a sus anchas, etc… Lo curioso es que lo proclaman con una mano, con la otra hacen exactamente lo contrario de lo que predican.
Se lamentan de la disolución de los vínculos, pero rehúyen tener hijos. Defienden la familia en el discurso, mientras envían a sus padres a la residencia sin causa justificada. Declaran que el núcleo familiar es esencial, pero en la práctica lo consideran un vestigio incómodo, un lastre que interfiere con su potencial de goce. Lo importante, dicen, es empoderarse, viajar compulsivamente, disponer de tiempo para pasear al perro. Ponen el grito en el cielo ante la catástrofe demográfica que atraviesa nuestro país, pero nada debe limitar su libertad individual, ni siquiera la fidelidad, que justifican sin rubor alguno a sus amigos.
Critican la cultura líquida y, sin embargo, consumen con fruición miles de series “woke” en Netflix. He escuchado incontables programas en YouTube sobre políticas suicidas, sobre el declive poblacional en España, sobre la sustitución acelerada de nuestra cultura y de la fe católica. Pero ninguno de esos “youtubers”, tertulianos o políticos tiene hijos. Ninguno. La lista es interminable como previsible. Y aun así se quejan repetidamente y con tristeza de vivir en una sociedad líquida. Si Bauman levantara la cabeza…
Vivimos el triunfo del subjetivismo, la exaltación de la autodeterminación y la aculturación de la separación del vínculo en la sexualidad, en las emociones, en los nacionalismos excluyentes. Una doctrina que se impone en contra de todo lo que suponga pertenencia y comunidad. Si el futuro DSM 6 incluyera un nuevo trastorno mental, debería llamarse el del exceso de estima por uno mismo y la incapacidad de crear lazos duraderos y fieles. Bajo ese diagnóstico, la soledad avanza como una apisonadora, y los tertulianos no se equivocan cuando lo señalan.
Me quejo de esta sociedad líquida donde casi nadie tiene hijos y apenas quedan familias numerosas, salvo entre los extranjeros musulmanes. Pero, contradictoriamente, muchos insisten en que traer hijos al mundo es una carga, una responsabilidad antiecológica, incompatible con el disfrute personal. Así, la sociedad líquida no es un diagnóstico externo: es un espejo en el que cada cual se refleja, aunque finja no reconocerse.
FERNANDO PÉREZ DEL RÍO
Dr. en Psicología | Consulta privada de psicología
Profesor de la Universidad de Burgos
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