Me enamoré gracias a Proust | I fell in love thanks to Proust

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Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó Julio Cavalli Julio Cavalli hace 10 meses.

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    Julio Cavalli
    Julio Cavalli
    Participante
    Les voy a contar una anécdota. 
                                                                             
    Hace mucho tiempo, en mi adolescencia, participaba de un Café literario ubicado en la calle Ecuador, cerca del Hospital alemán, en Buenos Aires. Éramos unas 25 personas, más o menos.
     
    Cursaba conmigo una chica, Emilse, un poco mayor que yo, con la cual formaríamos, de entrada, un dúo inseparable. De la amistad inicial, ese cariño, poco a poco, se fue transformando, recíprocamente, en amor. 
     
    ¿Cómo le decía que la quería? Eran los finales de los 70, principios de los 80… Todo era más lento, más cuidado, más prudente…
     
    En el taller literario estábamos analizando a Marcel Proust. Escuchen lo que pasó. Nunca voy a olvidar ese momento. Parece que hubiese sucedido ayer.
     
    La docente, nos pidió para el encuentro siguiente un bosquejo sobre él. Qué nos atraía de Proust. Qué podíamos extraer de su poesía… Qué textos nos movilizaba interiormente…
     
    Si hasta ese momento Proust había sido mi poeta preferido, después de este día se convertiría en mi talismán.
     
    Llegó la clase siguiente. La profesora solicitó el trabajo. Sugirió que, los que quisieran, lo leyeran en voz alta para compartirlo con los demás. No todos, pero la mayoría comentaron sus apreciaciones personales.
     
    Cuando llegó mi turno le pedí a la profesora si mi trabajo sobre Proust la podía leer Emilse.
     
     
    Le di la hoja y leyó:
     
    "Proust dit que aimer signifie identifier l'autre par les signes qu'il émet. 
    Crois-moi, Emilse, je commence à t' identifier"
     
    “Proust dice que amar significa identificar al otro por los signos que emite. 
    Créeme, Emilse, comienzo a identificarte…”
     
                                                                                II

     
    Muchos años después, la grafología trajo a Proust nuevamente a mi vida. Era el año 1989. Leyendo un artículo de Dominique Layani me preguntaba cómo sería la letra de Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust (1871-1922)[1]
     
     
    Existiendo en él  tantos y tan fuertes miedos a las relaciones sociales, su extrema necesidad y dependencia de los demás, su gran fuerza creadora, su anima prevaleciendo sobre el animus, sus obsesiones y depresiones, su expresividad artística, la imago dolorosa y triste de la madre y la idealización del padre, su asma, su soledad, sus sofocaciones sentimentales, su camuflaje sexual, su lucha entre narcisismo y alocentrismo…
    Todo convergía en una signología absolutamente clara:
     
    Escritura Desorganizada
    Pequeña
    Muy rítmica
    Desproporcionada
    Espasmódica
    Ligada o, tal vez, hiperligada
    inclinada a la derecha 
    Pastosa 
    Condensada
    Curvilínea (recordemos al abate Michon cuando expresaba que no puede existir angulosidad en el alma de un artista; premisa que Moretti también sostendrá y que Pulver explicará desde la mirada psicoanalítica: toda sublimación libidinal artística excluye la agresividad)
    Letras estrechas
    Algunos ángulos, retoques, tachaduras 
    Coligamentos desiguales
    Movimientos regresivos
    Inflaciones no muy pronunciadas
    Posible E en épsilon

     
                                                                              III 
     
     
    Antonio Muñoz Molina al escribir exquisitamente sobre Proust y su pasión por la escritura – que a veces lo llevaba a la cama con 40 grados de temperatura – expresa:

     
    Marcel Proust tenía una letra rasgada y diminuta y escribía sobre cualquier superficie que tuviera a manoEscribía en estrechos cuadernos verticales quizás pensados para ajustarse a los bolsillos de una chaqueta o un abrigo de su época, cuadernos diseñados con una elegancia mundana de pitilleras o petacas de licor. Escribía en baratos cuadernos escolares y en hojas a veces no más grandes que un papel de fumar, en reversos de sobres, en páginas arrancadas de agendasEscribía en los márgenes y entre las líneas de las copias mecanografiadas de los capítulos de su novela inacabable y en el reverso en blanco de esas mismas páginas. Escribía sobre las galeradas ya compuestas y a punto de editarse.  
     
     
    La letra inclinada y mínima se infiltraba como raíces y tentáculos de una planta trepadora entre las líneas rectas y los márgenes fijos del texto impreso, que así recobraba su condición de borrador, de obra en marcha que no puede darse nunca por terminada mientras dure la vida y la imaginación permanezca activa. Lo que había parecido definitivo ahora sucumbía a tachaduras en aspa y borrones furiosos. A lo ya terminado y corregido le brotaba la hiedra selvática de nuevas ocurrencias, de vínculos recién descubiertos y de hilos de intuiciones que era preciso seguir
     

    Él mismo comparaba sus trances de inspiración a golpes sucesivos de olas contra una orilla en la que el mar no se apacigua nunca. En sus cuadernos verticales de anotarlo todo cabe igual una metáfora inusitada que un comentario trivial escuchado al paso por la calle o que uno de esos giros pomposos que infectan de un día para otro el habla común y el lenguaje de los periódicos
     
    Sólo al final de su vida vivió Proust enclaustrado en su dormitorio de cortinajes echados durante el día y paredes forradas de corcho, y aun entonces aprovechó sus penúltimas fuerzas para salir a ver alguna cosa que le interesaba, para visitar de nuevo un lugar que deseaba describir con un máximo de precisión o encontrarse con alguien que le suministraría alguna dosis del material con el que modelaba un personaje.
     
    Escribiría hasta quedarse sin fuerzas, hasta que la mano ya no pudiera seguir sosteniendo la pluma, bajo la luz eléctrica de su dormitorio, sin enterarse de si era de noche o de día, sobre una mesilla inestable de bambú no mucho mayor que una bandeja de desayuno, las hojas del manuscrito desplegadas sobre la cama o caídas por el suelo, la letra cada vez más rápida, más pequeña y rasgada, una línea nerviosa como de sismógrafo, como un registro de los impulsos eléctricos de la actividad cerebral” [2] 
     
     
     
                                                                                 IV
     
    Un 18 de noviembre de 1922, a las cuatro de la tarde, moría Marcel Proust.
    Tenía cincuenta y dos años, mi edad actual.
     
    A los pies de su cama lloraba un enorme ramo de violetas.
     
     
     
    [1] Layani Dominique. "A propos de Marcel Proust". La Graphologie. N° 189. Janvier 1988. 

    JULIO CAVALLI
    Psicólogo | Pedagogo | Profesor | Director SP
    Buenos Aires | Argentina
    @jfku.academia.edu/JulioCavalli
    @facebook.com/portal.grafologico
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