La violencia y las neuronas espejo

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Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó Carlos A. Jiménez Vélez Carlos A. Jiménez Vélez hace 1 año, 5 meses.

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    Las neuronas espejo fuera de ayudarnos a reconocer las acciones y los pensamientos del otro, también pueden desempeñar un papel muy importante en la comprensión de los comportamientos violentos, ya que el cerebro interioriza esquemas de acción y de percepción de acuerdo al contexto social y  cultural en que el ser humano se desarrolle. En tal sentido, se hace necesario resaltar que muchos comportamientos violentos se caracterizan por la falta de compasión o de empatía que tiene el sujeto que va actuar en contra de la normatividad social o escolar en que se desenvuelve. Esta ausencia de empatía emocional, acompañada en muchos casos por maltrato intrafamiliar o abusos sexuales, fuera de actuar en detrimento del tamaño de la amígdala y del córtex frontal, originan  la ansiedad y la tendencia a ser instintivo o impulsivo por parte de los violentos. Estas patologías también pueden generar daños neurofisiológicos relacionados con el desarrollo y la cantidad de neuronas espejo, debido a la secreción excesiva de cortizol en el corriente sanguíneo que es el causante de la poda neuronal producto del estrés, la ansiedad y la depresión que originan estos desbalances neuroquímicos.
     
    Resumiendo, si un niño vive en un ambiente violento desde pequeño (donde se produce el mayor grado de mielinización  y de plasticidad cerebral), y continuamente vive inmerso en estos ambientes inhóspitos, las neuronas espejo dentro de su proceso de adaptación biológica se activan para replicar dichos comportamientos violentos que producen copias en su sistema motor y de esta forma tendrá un grado de predisposición muy alta a la actuación violenta, cuando a través del córtex frontal se active el plan neuronal de acción o de ataque. Recordemos que el córtex frontal junto con la amígdala se encarga de controlar los impulsos emocionales del sistema límbico. Por lo tanto existen desconexiones o malformaciones como ya se ha planteado durante el desarrollo debido al maltrato intrafamiliar, accidentes o por alteraciones genéticas, se producen trastornos de la personalidad como el caso de los sicópatas que son seres incapaces de ponerse en el lugar del otro, y por esto hacen tanto daño con placer y alevosía porque al tener amígdalas cerebrales pequeñas no sienten miedo ni compasión por el otro, y esto los hace ser seres impulsivos que en muchas oportunidades se convierten en asesinos en serie caracterizados por poseer estrategias de planificación de alto grado intelectualidad, pero de una ausencia total de empatía emocional, es decir, son seres totalmente desconectados de lo social y sin conciencia.
     
    Para Robert Hare[1] la sicopatía comienza a revelarse entre 3 y 5 años y según este investigador el enfermo no nace, ni tampoco es producto de su entorno familiar. Lo anterior evidencia más aún la problemática de la violencia y es allí donde la Neurociencia juega un papel muy importante en la actualidad al encontrar el funcionamiento de las neuronas espejo que nos permiten plantear otro tipo de hipótesis en la que es necesario mirar las interacciones entre lo genético y lo contextual y como contribuyen a la formación de la personalidad del violento. Para Vicente Garrido “la ciencia ha demostrado sobradamente que el ser humano no nace ni bueno ni malo: nace con unas propensiones o unas tendencias que pueden conducir a una agresividad y a un comportamiento explotador de los demás sino se canaliza bien” (citado por Punset p. 230).
     
    En la actualidad se hace necesario revisar las políticas estatales de prevención de la violencia intrafamiliar y los tratamientos sicológicos o siquiátricos posteriores que no son tan eficaces como muchos teóricos lo plantean. También las políticas educativas de prevención de violencia en las aulas se hace indispensable activarlas y considerarlas de una forma diferente y no como tradicionalmente se hace con los manuales de disciplina y de convivencia. Los cerebros de los violentos como ya hemos dicho funcionan de una forma diferente al cerebro de una persona normal. En efecto, uno de los hallazgos más impresionantes por parte de Robert Hare se refieren a que cuando un sicópata analiza algo que produzca emociones ya sea en fotos o palabras, las estructuras cerebrales que se encienden a nivel neuronal no son iguales a la de una persona normal. De esta forma,  para el sicópata es lo mismo la palabra “asesinato” a la palabra “carro”. Este es el motivo por el cual en sus actos delictivos  las personas son tratadas como objetos, es decir, sin empatía ni lazos emocionales producto en muchos casos de la ausencia de la serotonina la cual inhibe la conducta agresiva, los comportamientos violentos o delincuenciales. Vale la pena aclarar que la sicopatía actualmente es considerada por la ciencia como el principal componente de la violencia, que como ya se había dicho su origen está en la familia y en la escuela a edades muy tempranas que se hace necesario diagnosticar (Cfr: escala de Hare), para producir campañas de prevención de delitos mayores  en la adolescencia o en la adultez, a pesar de que ya existe una alta tasa de homicidios o de actos violentos en las escuelas como las referidas en las matanzas en Estados Unidos (Columbine, Texas, etc.), las cuales se incrementaron desde la década del 90.
     
    Un individuo con comportamientos violentos no necesariamente es un sicópata  y muchas veces un sicópata no se comporta en forma agresiva, pero para Garrido (2008) “los sicópatas en buena medida no manifiestan su comportamiento de manera pública salvo que sean criminales, se les capture, y se les diagnostique como tales” (p.228). Las evidencias demuestran que la mayoría de los sicópatas están integrados en la sociedad, viven y trabajan con nosotros; el 1% de la población de Estados Unidos, aplicando el test de Hare sería sicópatas, es decir más de dos millones, lo que hace concluir que este problema es prácticamente una epidemia comportamental que está absorbiendo el mundo laboral, educativo, cotidiano de nuestro planeta, en el cual dichos comportamientos violentos deben tratarse como enfermedades clínicas y no como actualmente se hace confinándolos a estudios sociológicos, sicológicos o siquiátricos, muchas veces con tratamientos muy prolongados e ineficaces.
     
     
    Es preciso insistir al respecto que el sicópata es consciente de lo que hace, a diferencia de las enfermedades mentales como la esquizofrenia y la sicosis, donde los individuos no son conscientes de sus actos, sino que en muchos casos siguiendo a Laing, la locura es producto de un ambiente inhóspito y no como lo plantea la siquiatría tradicional ubicándola en muchos casos como desorden genético. Con respecto a lo anterior Robert Hare es muy pesimista al afirmar: “no puedo devolver la conciencia al que no la tiene, ni puedo conseguir que un individuo que no conoce la compasión sea compasivo, ni puedo conseguir que un cerebro que no conoce la empatía puede situarse en el lugar de los demás” (citado por Punset p. 235).
     
    Por otra parte, es un hecho que en la actualidad los niños, y los jóvenes no observan ni sienten como antes, debido al incremento de la exposición de la industria de las pantallas que ha confinado a que los niños desde muy pequeños estén durante tiempos muy prolongados (6 a 7 horas), frente a las pantallas del televisor, de los videojuegos, o de las computadoras. Lo anterior ha generado una nueva cultura en la cual según Guillermo Orozco “las pantallas las traemos en la mente”, es decir se encuentran encarnadas en nuestro cuerpo.
     
    La exposición a la violencia, especialmente en los niños tiene un fuerte efecto sobre la violencia imitativa, que puede activar las neuronas espejo sobre la interiorización de comportamientos agresivos que posteriormente se reflejará en las personas de su entorno cotidiano o en los objetos, especialmente en el uso agresivo que se hace de algunos juegos y juguetes. Es así como la continua exposición al uso de estos medios y un ambiente inhóspito de maltrato  familiar se puede convertir en un detonante que inclusive puede generar daños neurofisiológicos, que serian el caldo nutritivo para que florezca la violencia escolar y luego la violencia social incluyendo comportamientos homicidas como los narrados por Marco Iacoboni (2008) en su libro “Neuronas Espejo” y que se refieren a los actos delictivos cometidos en Francia a una niña que fue torturada y asesinada con un cuchillo porque era bonita, utilizando la trama y el cuchillo de la película “Scream”, o los asesinatos que cometieron dos adolescentes de sus maestros con múltiples puñaladas y con robo incorporado imitando una video juego en el que el jugador mata a sus víctimas y las observa desangrar. Para Iacoboni (2009) “las neuronas espejo nos benefician sin ninguna duda, al habilitar sentimientos y acciones de empatía hacia los demás, pero también nos dotan de un potente mecanismo neuronal – biológico subyacente que nos lleva a imitar la violencia inducida” (p.206).
     
    En síntesis, siempre hemos creído que somos seres racionales y libertarios, sin embargo el estudio de las neuronas espejo han demostrado que se hace necesario comprender las raíces neurofisiológicas, para poder entender nuestra limitada autonomía moral, social e intelectual y de esta forma evitar los comportamientos violentos. Para Iacoboni (2009) “las neuronas espejo del cerebro produce influencias imitativas automáticas de las cuales por general no somos consientes y que limitan nuestra autonomía por medio de potentes influencias sociales” (p.204). Recordemos que según la física cuántica 400.000.000 millones de Bits se producen cada segundo en forma inconsciente y sólo dos millones en forma consciente. De esta forma, la existencia de un nivel inconsciente y automatizado en la toma de decisiones con respecto a los actos violentos nos haría repensar el “libre albedrio” y la necesidad de comprender más a fondo la complejidad humana.  
     
    [1] Robert Hare es PHD en psicología de renombre en la psicología criminal, es profesor emérito de la Universidad British Columbia en Canadá. 
     

    Carlos A. Jiménez Vélez

    CARLOS ALBERTO JIMÉNEZ V.
    Magister Comunicación y Educación
    PHD Profesor Titular Universidad Libre Seccional Pereira
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