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Algunos principios básicos de grafología científica

DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Algunos principios básicos de grafología científica

Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó José Francisco José Francisco hace 1 año, 3 meses.

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  • #16990 Respuesta
    José Francisco
    José Francisco
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    La Grafología, una disciplina científica.
     
     
    Muchas personas se preguntarán si es posible, de verdad, que la Grafología conozca, con certeza, ciertas características de la personalidad a través del estudio de la escritura manuscrita. No cabe duda que así es. Los grafos, reflejan, sin lugar a dudas, el carácter simbólico de la persona, que también se proyecta en la expresión global de la misma. Los grafólogos, llevan tiempo determinando las leyes de interpretación de la personalidad humana, quizás ni con más ni menos cientificidad a como lo hacen los psicólogos cuando interpretan los gestos no verbales, o estudian los dibujos, cualquiera pude recordar a este respecto el famoso «Test de la familia» de Corman, o los prestigiosos estudios de la Comunicación no verbal de Ekman. La Grafología, posee un cuerpo científico de conocimientos, que se ha desarrollado durante décadas, que hoy constituye un saber bastante importante sobre el entendimiento de la personalidad, que nadie debería obviar. Cada ciencia tiene su propio campo de estudio que le caracteriza y goza de unos procedimientos adecuados (métodos) para llegar a conocer su objeto de estudio. Esto sucede también con la Grafología, cuando trata de ver cómo en el grafo (y el conjunto de un escrito) revelan la expresión de la mente, porque además de ser una conducta de lo más sofisticada y compleja, que está presente en la naturaleza no hace mucho, pertenece al “último grito” de la evolución.  
     
    La Grafología, desde hace más de un siglo, como citaba hace tiempo Nanot y que resulta válida en la actualidad, en su obra  «Grafología», ha ido decantando su cientificidad según fue abriendo su campo de estudio. El término «Grafología» significa «tratado de la escritura». Las primeras sistematizaciones se lograron con la obra del abate J. H. Michon, realizadas en el siglo XIX. Pero, como también comenta Nanot, fue en 1812 cuando aparece el primer libro, de Eduardo Hocquary, en cuyo título ya se perfilaba algo sobre el carácter que tiene hoy esta disciplina: «El arte de juzgar el espíritu y el carácter de las personas por su escritura». Hocquary, que fue historiador, literato y filólogo, partió de la idea de que existe una relación evidente y estrecha entre el carácter y el gesto de esa actitud traducido sobre el papel.
     
    Fue quizás la primera aproximación histórica que conocemos donde medianamente se define un campo de estudio nuevo. Luego, las investigaciones comenzaron a sistematizarse con el abate J. H. Michon, siendo la más afortunada de sus obras la titulada: «Método práctico de la grafología».
     
     
    Para la Psicología experimental, un autor tan prestigioso como lo fue McGuigan, consideraba que el método científico era un proceso ordenado por el cual las ciencias obtienen solución a sus problemas. La Grafología ha tratado, históricamente, de sistematizar y conocer, el nexo entre la escritura y la personalidad humana. Volviendo a Nanot, nos describió muy bien cómo Michón crea la ciencia grafológica, dándole nombre a un saber, cuyo objeto de estudio era investigar cuál era la relación entre el carácter humano y la escritura, más tarde se pudo ampliar este estudio a la interpretación. Después, hasta hoy, han ido contribuyendo a enriquecerlo prestigiosos grafólogos, algunos de los pioneros fueron: Crepieux, Matilde Ras, Lecerf, Klages, Max Pulver, Francisco la Cueva, F. Vels, Xandró, Moretti, Muñoz Espinalt… (por nombrar algunos). La Grafología es una disciplina con un objeto claro de estudio y ha acumulado, al paso de los años, complejos sistemas para la observación y la interpretación de un escrito realizado a mano.
     
    Obviamente, si tratásemos de hacer una reflexión mínima, caeríamos en la cuenta que el ser humano expresa su naturaleza íntima en todo lo que hace, tanto considerando el interior como lo de fuera, y eso pasa también cuando observamos la forma de desplegar la escritura como conducta. El estudio sobre la producción escrita, tanto en sus aspectos de actividad individual como en su raíz ancestral—la escritura es lenguaje— se descubre en el grafismo, como comentaba Angel Posada hace ya asimismo años en su «Grafología y Grafopatologia», que la «expresión y la manifestación general de la mente y del carácter traducidas en signos exterior, puede ser interpretadas, en su naturaleza gráfica, dentro de la multiplicidad de su realidad, que, en sí mismo brinda planos insospechadamente interesantes para el grafólogo científico». Así, Posada, nos recordaba la importancia que tiene ver la escritura en la relación a las personas enfermas como una manifestación más que singularizaba la enfermedad misma.
     
    La cuestión filogenética-ontogenética y los niños.
     
    En una ciencia como la arqueología (no pongo este ejemplo por casualidad) disciplina que interpreta y reconstruye el pasado humano, a partir de los elementos y la disposición de los restos de yacimientos, basa su saber en la huella humana dejada, con matices diferenciadores, sobre el suelo en el que el hombre vivió. Luis Pericot y Juan Maluquer en «La humanidad prehistórica», al plantearse lo que es la Prehistoria, destacaban la importancia de los testimonios dejados por el hombre primitivo, «todo lo que ha ocurrido ha dejado su huella escrita en el suelo y no falta más que saber interpretar esos vestigios tras contar con la suerte de hallarlos. Así, se advierte en seguida la enorme responsabilidad que supone la lectura de esos ‘textos’, es decir, la excavación». La cronología remota de los restos paleontológicos humanos, en un investigador como fuera Leroi-Gourhan, son todavía hoy impresionantes y fuente de conocimientos e investigación, cuando ponía en relación la motricidad de los primates y el uso interrelacionado entre el faz y la mano, implicándose, finalmente, en el tema de la motricidad, cerebro y lenguaje que hoy la Neuropsicología lo objetiva de forma totalmente evidente. El ser humano prehistórico fue un faber que debe su desarrollo filogenético, en parte, al uso que hizo de sus manos, a la liberación y la oponibilidad del pulgar. A decir de Pericot y Maluquer, «El ingenio, habilidad para fabricar útiles, extendiendo y fortaleciendo el poderío de la mano, es lo que dio al hombre la victoria sobre el resto de los animales, incluso sobre sus primos hermanos, los antropoides», lo cual significa la enorme importancia que todo ello tuvo en el desarrollo posterior de la humanidad y, en concreto, con la adquisición de la capacidad de escribir en esa triple vertiente de motricidad, cerebro y lenguaje. Aunque hoy, la paleoatropología, ha ido mucho más allá, no solo al dar importancia en pro de la humanización creciente el uso de la liberación de la mano sino también en la urgencia que tuvieron para la supervivencia la de la colaboración y la comunicación de los individuos en sus grupos.
     
     
    Estos logros básicos hoy siguen siendo de vital importancia al expresarse de manera recapitulada en el desarrollo infantil, en lo que se ha denominado hace ya tiempo como ontogénesis (“repetición” de la filogénesis en la historia personal de cada individuo). Desde que nacemos, nuestra naturaleza de seres bípedos, nos pone a prueba en la maduración cerebral mediante las diversas adquisiciones psicomotrices, pero también en la comunicacional, social y cultural.
     
    El proceso manipulativo infantil, que comienza con los reflejos, la posterior manipulación de los objetos, cuyas implicaciones de coordinación visomanual fundamenta la capacidad de ir desarrollando aspectos más finos de control motor, van implicando a un cerebro cada vez más expandido en su posibilidad anatómico- fisiológicas y mentales. Es inconcebible, por ejemplo, que la grafomotricidad exista (es la psicomotricidad aplicada al acto de escribir), sin que exprese el movimiento que el niño, mediante el aprendizaje, interioriza a través de su cuerpo, como también lo es a nivel fino el acto de escribir, y eso sería imposible hoy sin el desarrollo que el ser humano experimento en su prehistoria: ejercitado, con múltiples usos, a su anterior bipedestación (dominado su postura y locomoción erecta, el uso y fabricación de instrumentos, la colaboración, la comunicación y la socialización cultural…). Tampoco el niño podría escribir con facilidad sino hubiera garabateado, dibujado libremente, realizado ejercicios grafomotrices, preescriturales y escriturales. Cuando el niño llega a un alto grado de automatismo en la escritura -entorno a los trece años-, o mejor dicho, de dominio sobre el uso instrumental, por su puesto, se debe gracias a complicadísimos procesos en el que está implicada la propia naturaleza biológica, el cerebro, en una acción integradora impresionantemente compleja.
     
     
    Si la ejecución de la escritura es posible gracias a los movimientos interiorizados, representados y simbolizados mentalmente, en nuestro sistema nervioso, en nuestro cerebro, eso significa que la motricidad misma de la escritura es parte importante de la propia naturaleza humana, de sus rasgos distintivos, por eso, su esencia, la personalidad, de quién escribe, forma parte de la escritura.
     
    La escritura, no es posible entenderla sin su alta significación humana. Cuando alguien escribe, no solamente se retrotrae a un aprendizaje instrumental escolar, sino que usa también el potencial propio de su especie. Por lo tanto, incluso, llegando a esa órbita evolutiva, el individuo concreto, emplea algo muy intrínseco a la naturaleza. El grafismo, como sugiere la Grafología, está impregnado de significación psicológica, ineludiblemente. No se escribe con el mimetismo de un robot biológico. El uso de la capacidad instrumental gráfica expresa su sello y su naturaleza singular, en caso contrario, todos escribiríamos de idéntica manera, igual tal vez a como lo hacen las impresoras.
     
    La escritura es posible gracias a un cerebro muy evolucionado, en relación con la movilidad de las manos, pero también por su carácter social y cooperativo.
     
    «Mano, rostro y lenguaje se determinan. Técnica y lenguaje se implican de tal manera que se puede afirmar con todo rigor que el equipo cerebral fundamental, para uno y otro proceso, es en lo básico el mismo. El símbolo y el instrumento están ligados neurológicamente y, a la vez, uno y otro son el equipamiento característicos de la estructura social de la humanidad. Técnica y lenguaje tienen el mismo tipo estructural de funcionamiento: la técnica es, a la vez gesto y útil, organizados en cadenas por una verdadera síntesis que da a las series operatorias tanto su fijeza como su flexibilidad…Acción, comunicación y construcción…»
     
    Ni que decir tiene, lo interesante que resulta, para entender la expresión profunda del lenguaje escrito las ideas desarrolladas anteriormente, con la importancia concreta que el uso de la mano y la oponibilidad del pulgar y el carácter de comunicación y su potencial de colaboración social empapa todo ello.
     
    Dimensionalidad cultural y social de la escritura
     
    Si hablásemos de las pinturas prehistóricas, como un hecho psicomotor de gran envergadura creativa, podríamos deducir aspectos de la personalidad del artista que las generó, independientemente del significado cultural que esta expresión gráfica comporta. Escribían Pericot y Maluquer: «El arte, va a constituir una ventana abierta al alma del primitivo, lo que nos permite alcanzar una visión más perfecta del mismo». En estas manifestaciones estéticas,  remotas, de la cronología humana, podemos ver cómo subyace el individuo que las crea como expresión de un modo cultural. A juicio de Leroi Gourhan, y refiriéndose a las producciones materiales humanas, pensaba que en ellas se refleja la personalidad del grupo que las realizó:
     
    No es necesario creer que la percepción de la belleza de las cosas ha muerto en los que penetran en el mundo de lo primitivo; en realidad, se desdobla más o menos, en un cierto sentimiento de culpabilidad, a veces de vergüenza. Al tener largo tiempo recogido los objetos exóticos y estos poseer una extraña belleza que les permite ceder a impulsos agotados, se otorga al objeto el simbolismo de una necesidad jurídica, de un imperativo religioso e incluso, se deja sin expresar aquello que el sentimiento capta involuntariamente de sus ritmos.
     
     
    La tendencia más natural para la representación gráfica fue el uso de las manos, y claro está, de las funciones mentales, naciendo así el arte plástico como uno de los grandes hitos, no solo de la humanidad prehistórica, sino de toda la humanidad, en el cuál hubo un larguísimo proceso evolutivo, sin lugar a dudas, desde las más toscas representaciones logradas por los seres humanos en el simple intento de plasmar las manos en la superposición con las paredes, hasta las sutileza de los trazados de las pinturas del cuaternario occidental, artistas anónimos que inmersos en nuestra cultura hubieran podido desarrollar con la misma potencia cualquier obra de arte actual, lo cual nos expresa, indirectamente, el desarrolladisimo nivel mental de la especie humana por entonces, motivo por el cual no deberíamos extrañarnos que aparezcan, junto a estas producciones, signos  «raros» calificados por los estudiosos de lo simbólico.
     
    Si ponemos a un grupo de niños, de estas edades, frente a un mural (un papel limpio fijado a la pared) y después de haber preparado una masa de color en un recipiente, con la que el infante embadurna sus palmas, pedimos que ejecuten la actividad de presionar sobre el mural dejando sus huellas, rápidamente observamos que los niños cuando presionan, a menor edad, tienen mayor dificultad de dejar una señal limpia sobre el mismo. La huella de la palma de la mano queda nítida cuando la presión es uniforme, tónica, y existe la posibilidad cerebral de controlar que la mano no se deslice ni hacia arriba ni hacia bajo ni hacia los lados, lo cual supone en el niño el haber madurado sus funciones neuromotoras. Estos elementos básicos de control motor son la esencia para poder llegar a ejecutar luego actos psicomotrices más finos, como lo exigidos por la escritura. Más tarde, a través de los aprendizajes, gracias a la estimulación de ejercicios programados pedagógicamente, se llega a la habilidad instrumental de escribir, para entonces la manera de ser, la personalidad, ya va implícita en el proceso, aunque evidentemente no es vehículo de expresión bien definido hasta que el hábito de escribir no se ha incorporado de una manera automática y surge como si perteneciera a una segunda naturaleza. Pero sobre esto la Grafología y la Psicología tienen mucho que decir y que en próximos debates (o artículos) podríamos ir viendo con detenimiento.
     

    JOSÉ FRANCISCO GONZÁLEZ RAMÍREZ
    Psicólogo, Escritor, Artista y Locutor
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Respuesta a: Algunos principios básicos de grafología científica

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