DISCUSIÓN ABIERTA [Foro] Foros NOTAS DE PRENSA El duelo de Victoria Respuesta a: El duelo de Victoria

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Pocas personas llegan a aceptar la muerte como un proceso natural y normal en la vida y aquellas que lo consiguen, probablemente tengan una vida más feliz.
 
La muerte es un escalón desconocido en nuestra existencia y sólo aquellos que hayan pasado por una experiencia al borde de la muerte poseen conocimiento para saber que el sentimiento que acompaña a la muerte es confortable. Las experiencias vividas por estas personas que, en algún momento, estuvieron cerca de perecer coinciden en una sensación agradable.
 
Miedo a la Muerte
 
El miedo a la muerte inhibe nuestra vida porque muchos actos no los realizamos pensando en el peligro que comportan. Nos volvemos débiles, catastróficos porque no entendemos con qué medida se toma la gran decisión de despojarnos de nuestra vida, creyendo a menudo que no es justo. Nos pasamos media vida invocando el perdón de un Dios o resolviendo antiguas culpas para así disponer de la concesión de más tiempo.
 
Pero, ¿tiempo para qué? Para que nuestro cuerpo agotado siga viviendo esta realidad.
 
Cada humano tendrá una filosofía de la vida distinta, con sus creencias y sus religiones y con ello no pienso mostrarme sabedora de la verdad porque, entre otras cosas, no lo soy, pero sí quiero apuntar a vuestro interior porque su fomento crea seguridad y confianza y consecuentemente, una vida más indolora.
 
El Duelo
 
El duelo es un proceso necesario y natural para sanar nuestra mente y se utiliza siempre que perdemos algo o alguien querido. Es necesario que comprendamos y aceptemos nuestros sentimientos con respecto a la muerte, que incorporemos la creencia de que es un proceso natural en una vida y que su significado tiene que ver más con renovación e inicio que con final o castigo.
 
Es un proceso natural que nos conduce a un nuevo despertar, porque hay algo en tu interior que así te lo dice y que llamamos alma, aquella que alberga tu cuerpo físico y que es invisible y adimensional. Este pensamiento proporcionará seguridad y mantendrá alejado el miedo a esa misteriosa experiencia.
 
La actitud que tengamos hacia la muerte depende mucho de nuestro entorno tanto cultural como familiar. Nuestras convicciones las hemos heredado o aprendido de aquello que oímos y es, al madurar y hacernos adultos, cuando a menudo cuestionamos esas creencias tan instaladas en nuestro ser.
 
 
Frente a cualquier situación lo peor que puede pasar es la propia muerte y ello es un hecho totalmente natural, con lo cual son innecesarias emociones tales como ansiedad o depresión.
Se ha estudiado mucho el tema de la muerte en las diferentes civilizaciones que forman parte de nuestro Universo porque el tema supone una incógnita para el ser humano.
 
Muchas han coincidido en hablar de la muerte súbita a causa de la indefensión o desesperanza del ser humano. Martin Seligman fue la persona que más datos escribió sobre el tema, observándolo tanto en humanos como en animales.
 
 
 
Parece ser que cuando los humanos o los animales se dan cuenta de que sus acciones pierden eficacia, de que ya no existe esperanza, se vuelven más susceptibles al proceso denominado Muerte. Perdemos el control sobre los acontecimientos y ello nos conduce a perecer.
 
Algunas situaciones que han generado lo que denominamos indefensión son: reacción depresiva por una pérdida muy cercana como la muerte de una madre, situaciones incontrolables como campos de concentración después de una guerra, la aflicción, etc.
 
Los pasos que se repiten en la indefensión son: pérdida del control, depresión, desesperanza y muerte inesperada. Es algo así como un suicidio pero sin apretar el gatillo o llevar a cabo cualquier acción para lograrlo. Es como un abandonarse a la espera de la muerte.
 
Interculturalidad
 
 
Para la cultura occidental, es más complicado el tema de la muerte, porque fomenta el concepto de aferrarse, de crecer con la idea de “para siempre”, de no hablar de la muerte, lo que dificulta “llevar” de manera sana los duelos.
 
En otras culturas, ya desde niños, el tema de la muerte está tan presente en los ritos, en la vida misma, que se entiende que forma parte de ella y está perfectamente integrada. 
 
Nacemos, crecemos y morimos. Se normaliza y acepta.
 
En México:
 
La sociedad mexicana entró en contacto violento con el cristianismo del siglo XVI, y el catolicismo se impuso sustituyendo a lo que antes de la llegada de los conquistadores eran sus deidades. En el México del siglo XVI, los símbolos nativos se combinaban sin remedio con los católicos.
 
Un buen ejemplo de ello es el Día de los Muertos mexicano. La arqueología ha ayudado a saber que la práctica de ofrendar y que el muerto no se fuera solo (sino con alimentos, armas y riquezas), era algo común desde hace miles de años en diferentes sociedades prehispánicas.
 
Las ofrendas y los altares (llamado Altar de Muertos) son muy frecuentes, y ese día (conocido en España como Día de los Difuntos, el uno de noviembre y en el calendario azteca celebrado en julio-agosto), en México se celebra de una forma muy diferente. La jornada es toda una fiesta en el país y se realizan.
 
Altares de Muertos increíblemente artísticos por todas las zonas de México.
 
En África:
 
El Lumbalú hacía tanto referencia a los cánticos al muerto, como al rito de paso. En el Lumbalú se canta, se llora, se baila frenéticamente y se alaba al muerto, que está presente. La vela dura 9 días, y el más importante es el último. En el Lumbalú todo irradia africanidad. Si al muerto se le honra bien con este rito, consigue traspasar esa frontera al mundo de los muertos y no se queda en la casa familiar.
 
El Lumbalú  mantiene como idea principal la solidaridad e identidad comunitaria. Este tipo de ritos de paso o de transición varían de una cultura a otra, pero sirven para lo mismo: para reforzar los vínculos de grupo.
 
Y es que las sociedades también se refuerzan en vida gracias a la muerte, una experiencia vital que, aunque a muchos les cueste aceptar, es inevitable y necesaria.
 
En general, y sobre todo en nuestra cultura, la occidental, no nos han preparado desde niños para la muerte, para las pérdidas, se nos educa en la cultura del apego, y se considera la muerte como algo tabú, se habla poco, se evita, siempre está rodeada de miedo.
 
El Budismo:
 
En las culturas orientales que practican el budismo, la vida no acaba con la muerte. La persona se reencarna en otra vida y debe aprender en cada vida, lecciones para ir mejorando hasta llegar a ser un ser puro espiritual, que se ha ido perfeccionando a través de esas diferentes vidas.
 
Según la visión budista, la vida es eterna. Ya que atraviesa sucesivas encarnaciones, la muerte no se considera tanto el cese de una existencia como el principio de una nueva. Para los budistas el fenómeno de la trasmigración es obvio, así que la muerte es necesaria.
 
Como morimos, podemos apreciar la maravilla de la vida. Para hablar del modo ideal de morir hay que hablar del modo ideal de vivir. Atravesar de un modo satisfactorio el proceso de la muerte, depende de los constantes esfuerzos que se hacen durante la vida para acumular buenas causas, para contribuir a la felicidad de los demás y para fortalecer la base de la bondad y la humanidad en lo más profundo de nuestras vidas. 
 
El budismo garantiza que quienes practiquen con sinceridad, se acercarán a la muerte en un estado de plena satisfacción.
 
Hinduismo:
 
La preocupación del hindú no es la muerte. Para él, ésta no es el enemigo. Desde su nacimiento, la muerte para él no es un término. Él va a renacer en otro lugar y lo importante es interrumpir la cadena de los renacimientos. Desde siempre, él pertenece a la eternidad. Él es una manifestación de lo divino. Desde el momento en que nació, es un ser extraño al mundo. 
 
Tiene ya una preexistencia, ya ha existido de alguna manera, y cuando él desaparece, no hay paso del ser a la nada.
 
Si el occidental va tras la inmortalidad y desea eludir la muerte que le angustia, el hindú en cambio busca liberarse de la vida, escapar a la existencia terrestre.
 
Él considera su existencia social, histórica, como negación del ser, y su objetivo consiste en renunciar a ella. La existencia es para él ausencia de realidad y no-afirmación de lo que es y deviene.
 
En el pensamiento religioso del hinduismo, la muerte consiste en la unión del alma individual con el alma Universal, por lo que se cree que al morir se pasa no a otra vida como la que conocemos en la Tierra, sino a otra forma de existencia, que es esencialmente espiritual.
 
Según el hinduismo, cada persona vive muchas vidas a lo largo de su existencia. Este ciclo eterno de reencarnaciones se llama “samsara”. Cuando uno muere, su alma vuelve a nacer, reencarnarse, en otro cuerpo. Lo que le sucede en cada vida es el resultado de vidas anteriores.
 
Es decir, uno se reencarnará en un cuerpo bueno si en su vida anterior se ha comportado según su deber en la vida o “dharma”.
 
Si son buenas, se reencarnará en una forma de vida superior. Lo que uno hace bien, le hace bueno y lo que hace mal, le hace malo.
 
En el Tibet:
 
Entre los tibetanos sus actitudes hacia la muerte y la agonía están desprovistas del tabú general que encontramos en Occidente. Allí se encuentran con la muerte con respeto y veneración. Y la existencia de la muerte llega a ser un estimulante para el desarrollo del hombre. Este crecimiento es subrayado durante toda la vida, y especialmente cuando la persona está moribunda.
 
Un principio de base del sistema budista – que impregna la vida de los tibetanos – es el carácter transitorio y el cambio constante del universo entero. Allí la existencia de la muerte es utilizada como un elemento psicológico indispensable para la consciencia del carácter transitorio de la vida, del cambio de todas las cosas y del valor precioso de este momento mismo, del aquí y el ahora
 
 
 
Para cerrar esta reflexión vamos a citar un caso de indefensión en animales, concretamente en un cachorro de macaco, estudiado por el Dr. I. Charles Kaufman que puede encontrarse literalmente en el libro de Martin E. P. Seligman “Indefensión” Ed. Debate (pág.243-244):
 
“La primera muerte se produjo en uno de los cachorros que antes había nacido, con una edad de cinco meses y siete días. Murió al noveno día de ser separado de su madre. La autopsia no reveló ninguna patología que pudiera explicar su muerte. El cachorro manifestó un cuadro de agitación primero y depresión después, una brusca disminución en su juego y un aislamiento de los demás animales, acabando por morir repentinamente.”

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