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Amparo BotellaAmparo Botella
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Instrumentos de la escritura
FERNANDO ARAMBU
 

 

La idea parece sacada de un artículo jugoso de Julio Camba. Dicha idea invita a imaginar que son los utensilios de escribir (lapicero, estilográfica, bolígrafo…) y no el ser humano que los maneja los que discurren y redactan los libros. Correspondería a los utensilios decidir de manera individual y conforme a sus posibilidades prácticas tanto el contenido como el estilo de cada texto. Y así, Miguel de Cervantes se habría limitado a sostener una péndola que por su cuenta se habría dictado a sí misma el Quijote, dando ocasión a que al final el usuario del recado de escribir se apropiase injustamente de la autoría y de la fama.
 
Manuel Vilas menciona en un pasaje de Ordesa cierta visita que hizo en 2015 a la Biblioteca Nacional de Madrid por los días en que allí se exponían objetos que pertenecieron a Santa Teresa de Ávila, entre ellos, dice, algunos libros manuscritos. El recuerdo lleva al escritor a ponderar lo que él define como materialidad de la escritura. Y afirma: "Se escribe una cosa u otra según sea el papel, la mano, el boli, la pluma o el ordenador o la máquina de escribir".
 
Suscribo sin reservas las palabras de Manuel Vilas. Quienes tuvimos la suerte o la desgracia de nacer en la segunda mitad del siglo XX y después nos dedicamos con fortuna variable al oficio de expresarnos por escrito hemos pasado por las sucesivas etapas correspondientes a diversos avíos de escritura, empezando por el lapicero de la educación primaria, siguiendo por el bolígrafo del Bachillerato, continuando por la máquina de escribir de la que nos servíamos para pasar a limpio los frutos literarios de nuestra inventiva y desembocando, en mi caso hacia mediados de los noventa, en el ordenador. Por descabellada que parezca, se me figura de todo punto plausible la idea de que el instrumento determina la manera tanto de concebir la escritura como de ejecutarla. Ya veremos qué nos depara en el futuro la inteligencia artificial.
 
La escritura cuneiforme no parece a primera vista indicada para escribir novelas. Convendría añadir que tampoco para descifrarlas. No quiero ni pensar en el número de tablillas que harían falta para contener el Ulises de Joyce ni en los metros de estantería necesarios para albergar en un orden razonable semejante cantidad de arcilla seca. El procedimiento de incisión con cuña debía de exigirle al pobre escriba una dosis desmesurada de paciencia. Harto de la engorrosa tarea, debemos agradecerle que se las ingeniara para desarrollar el dibujo de pictogramas hacia la invención de símbolos fonéticos, preludio del alfabeto.
 
Durante siglos, el cálamo cortado en bisel y la tinta fueron las armas comunes de escribir hasta la invención del plumín de acero a comienzos del siglo XIX. La pluma de ganso (o de cisne o de pavo), en su constante ir y venir entre el papel y el tintero, induce con facilidad a la expresión acumulativa. Cualquiera, provisto de una de tales plumas, puede comprobar que media una dilación notable entre el acto del pensamiento y el de la redacción en la hoja de papel. El desfase resultante, lejos de suponer una pérdida de tiempo, ofrece un provecho creativo y de supervisión indudables. Dicho desfase se ha ido reduciendo a medida que evolucionaban los utensilios con que escribimos, hasta llegar a su mayor acortamiento por ahora con los dispositivos capaces de convertir la voz en texto.
 
Aun en el caso de que el escritor con pluma de ave tuviera formulada en su mente una frase completa, lo más probable es que, si dicha frase sobrepasaba cierto número de palabras, él hubiera de suspender su traslado al papel para hundir el cálamo en el tintero. En tal lapso, al cerebro le da tiempo de imponerle variaciones o rumbos nuevos al enunciado original inacabado. Se entienden así los meandros sintácticos de nuestros clásicos, su propensión a los incisos, las enumeraciones prolijas y la yuxtaposición de oraciones subordinadas, además de aquellos diálogos extensos equivalentes a discursos que hoy nos parecen faltos de naturalidad por encontrarlos alejados en extremo de nuestros hábitos orales.
 
Los partidarios de la pluma, el rotulador o el bolígrafo suelen justificar su preferencia aduciendo una vinculación física con aquello que escriben. Es como si los componentes del texto fluyeran por los vasos sanguíneos desde el cerebro hasta los dedos de la mano, antes de pasar al utensilio, y de este, en una deleitosa continuidad, al papel. La experiencia táctil del texto y la letra personal se pierden cuando el medio de escritura es un teclado. Se esfuma entonces la sensación del trabajo artesanal que agradaba tanto a Ramiro Pinilla, quien escribía sus libros a mano. Hace unos años se me permitió el acceso al manuscrito de El brezal de Brand de Arno Schmidt, guardado en el archivo de su antigua casa de Bargfeld. La novela está enteramente redactada con lapicero. Traté de imaginarme la sensación de trasvase que hubo de sentir el escritor viendo cómo el lapicero se iba empequeñeciendo a medida que la obra crecía.
 
En cuanto a la pluma estilográfica, algunas tuve, recibidas como obsequio dentro de su estuche primoroso. Las reservé sin excepción para las ocasiones especiales: para determinadas comunicaciones epistolares que ya no practico, para dedicatorias y tarjetas de invitación. Digamos que redactar con estilográfica una novela de trescientas páginas sería como conducir un automóvil de gama alta por sendas embarradas. La estilográfica económica, de uso escolar, yo sólo la he conocido a raíz de mi ingreso en el sistema educativo alemán. En mis tiempos, los colegiales empleábamos mayoritariamente el bolígrafo BIC.
 
La máquina de escribir mecánica, anterior a la eléctrica, marcaba el ritmo de la escritura con un inconfundible tac-tac-tac que uno cree percibir todavía cuando lee las páginas de ciertos escritores: Cortázar, Umbral, Benet… El ruido la hacía inadecuada para el trabajo nocturno donde hubiera vecinos. La máquina de escribir se llevaba a matar con los signos ortográficos. La principal culpable era la tecla de las mayúsculas, colocada en un lateral, con frecuencia de pulsación dura. Luego, para volver a las minúsculas, había que desactivarla y, entre una cosa y otra y el reiterado empujón a la palanca del carro, se iba al garete el ritmo de trabajo, por lo que también hubo un tiempo en que me apunté al estilo experimental de las frases unidas sin puntuación, apretadas en bloques de texto no partidos en párrafos. Flujo de conciencia lo llamaban.
 
Desde que triunfó el ordenador, este tipo de escritura corrida ya no se estila, y eso que el ordenador puede con todo, hasta con los textos sometidos a las reglas de la métrica. Yo creo que el ordenador, cuando escribe solo, sin intervención humana, tira de suyo a la expresión utilitaria, rácana de ornamentos. Conviene mantenerse vigilantes para que no nos lleve a confundir la concisión con la simplicidad.