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    • Julio CavalliJulio Cavalli
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      Vivo estudiando. Leyendo Journals. Comprando en el exterior material actualizado. Invirtiendo en Posgrados y en cursos on line por falta de tiempo que luego  – orgullosamente – comparto a través de Seminarios, Talleres y  Especialidades. 

      Este bagaje, esta vestidura que me pongo diariamente, semanalmente, mensualmente… me hace sentir muy bien.  

      Eleva mi autoestima. Logra ensalzar mi orgullo y vanidad como un hotel de 5 estrellas frente a una favela. Me da la oportunidad de “codearme” con gente valiosa, inteligente, académica que – aunque lo disimule – agudiza mi  deseo de pertenecer a esta isla paradisíaca que se plasma cotidianamente como en un Power Point.  
       
      Es un proceso endogámico del cual me siento orgulloso, seducido y del cual emerjo, conscientemente, feliz. 
       
      Y que me tienta a permanecer en él. 
       
      Y que me tienta a encerrarme en su teoría, en su mundo academicista. 

      Y que me tienta a quedarme en el “topos uranos” de sus hipótesis y teorías con aroma a free shop. 

      Me doy cuenta que soy un cúmulo de saberes encapsulados por mi egomanía y mi tapada fanfarronería. 
       
      Pero… un día despierto. 
       
      Y veo que del otro lado de la isla, está la gente. Mi gente. La que espera de mí una respuesta comprometida,  audaz, voluntariamente correcta. 
       
      No seductora. No mentirosa. No endogámica. 
       
      Sincera. Honesta. Real. 
       
      La de Jorge, que sus dientes de arriba no existen porque su padrastro le pegó con un cinto de acero cuando tenía 10 años. 
       
      La de Carlos, a quien su madre por años lo despertaba con chorros de agua hirviendo. 
       
      La de Juan, cuya tía abusaba de él mientras lo cuidaba de pequeño. 
       
      La de Celeste  a quien su madre  dejaba en “una casa de masajes” para juntar más dinero. 
       
      La de Roberto que llega a la Comunidad empapado en sudor, sacudiéndose en medio de una convulsión y gritando que por favor lo ayuden.  
       
      La de Sergio, un chico de 12 años que lo internaron colapsado de paco y que te pregunta con la mirada si eso es la muerte. 
       
      La de Gustavo, que se viste de gala todos los días de visita  para recibir a sus padres… y éstos nunca llegan. 
       
      La de Jazmín a quienes sus padres la enviaron a la casa de su abuela en Salta y que luego de meses de abuso por parte del marido de su abuela, logra pedirle a su mamá que la vaya a buscar. Le remite el pasaje. Y nunca la retiró de la terminal. Con 14 años vivió 6 meses en la calle. 
       
      La de Pepe, a quien le dicen "el viejo” porque con sus 58 años representan 85, que te pregunta si sus hijos me llamaron. Se queda esperando la respuesta con sus ojos clavados en los tuyos. Vos dudás. Y le decís que sí, que están preocupados, que lo deben querer mucho por la forma en que preguntaban por él. Que cuando tengan algún franco vendrán a visitarlo aunque sea por un ratito. Pero nadie me llamó. Le mentiste. Nunca hubo nadie del otro lado del celular. 
       
      La de la mujer que te mira y te pide respuestas, con los ojos saliéndose de las órbitas, porque su hijo está en coma por una sobredosis. 
       
      Y cuando volvés a tu casa, a tu intimidad, y te quedás solo – como hoy frente a la computadora – te das cuenta que el mundo está cubierto de un velo opaco; de una atmósfera turbia que lo cubre todo. 
       
      Y te recibe tu mujer o tu pareja o tu madre o tus hijos como si desde el momento en que te fuiste no hubiese ocurrido nada en tu vida. Hay una brecha de tiempo que nadie, excepto vos, percibe. Te encerrás en el baño pero  te siguen hablando a través de la puerta. 
       
      Y vuelve a tu mente la chica de 13 años que no sabía cómo decirle a sus padres que estaba embarazada… de su tío. 
       
      O la del adolescente destruido por la droga y el alcohol que intentó suicidarse y difícilmente pase la noche, que te mira y te pide que le tomes la mano, que lo toques… Porque morirse sin otra piel que roce la suya es inhumano, es indigno, es miserable. Y vos le apretás fuerte los  dedos flacos y sucios por el paco. Y esperás a que la muerte  – si ese es el final – se lo lleve en paz. 

      Y tu vida sigue. Y mi vida sigue. 
       
      Porque  sigo estudiando. Leyendo Journals. Comprando en el exterior material actualizado. Invirtiendo en Posgrados y en cursos on line por falta de tiempo… 
       
      Pero ya no a través de esa máscara de hierro. He sido destronado para siempre de mi disfraz endogámico. 
       
      He vuelto a mi esencia.

      JULIO CAVALLI
      Psicólogo | Pedagogo | Profesor | Director SP
      Buenos Aires | Argentina
      @jfku.academia.edu/JulioCavalli
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Respuesta a: La otra mirada

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